Quizá
alguno achaque mi odio por los editores españoles, al hecho de que mis
experiencias con ellos no fueron buenas. No podían serlo por razones
obvias de país y circunstancias. Esto comprende también a la Argentina
actual y sus editores, escritores, politicos, etc. Hay naciones
cosmopolitas donde el pensamiento débil se ha
generalizado por la vía del silencio forzoso de los sepulcros (España),
o la muerte y desfallecimiento de gente talentosa, de gran sensibilidad
y oficio, por la devestación dictatorial y secuelas globales aún no
superadas (Argentina). El tejido cultural se ha visto afectado, como reflejo de ese
profundo deterioro social, pese al cierto equilibrio español, muy
aparente, entre sociedad, economía e industria editorial. La apariencia
quedó actualmente en cueros. Una sociedad civil débil y sin conciencia
política no puede generar una cultura de calidad. La de la Transición y
sus representantes reflejó ese estado de cosas. Los últimos treinta y
cinco años España exportó muchos libros. Consumió pocos; mierda en su
abrumadora mayoría. Me lo dijo la fallecida Ana María Moix, mitad
rebelde, mitad cómplice de todo aquello, verbalmente, y en un mensaje
que conservo. Decía la verdad. El caso argentino es diferente. Hoy, casi
el 50% de esa sociedad está carenciada, y sus estamentos intelectuales
de clase media, viejos y jóvenes, navegan en la desorientación,
tendiendo a refugiarse en su pobre torre de papel, evocando sumisamente a
Borges y Cortázar. Glorias del pasado sin descendientes a la vista. El finado
Fogwill es un ejemplo de los primeros, Roque Larraquy de los segundos.
Sobre los editores no cabe extenderse. Son gerentes de multinacionales
del libro.
Otro tanto sucede en otro país que, con seis millones de parados y ocho millones de pobres enfila en la misma dirección; la España actual, pese a que José Manuel Lara, presidente del grupo Planeta, es español. Aunque parafascista, claro. Igual que los grandes empresarios locales y el papá fundador, intimo del Caudillo.
Ambos comparten desde hace tiempo sendas parcelas en el infierno. Pero el caso es que, en ese mismo fuego, arden hoy buena parte de los ensayos, poemas, novelas, cuentos y otros géneneros, nacionales o importados, bastante degenerados. Muchnick y la señora Ramirez (puestos en página más abajo) comparten, junto a otros, gerentes de multinacionales, la responsabilidad, pasada o actual de editar basura, erigida en castillo amurallado sin puente levadizo. Edificado logreramente piedra sobre piedra sobre el puro beneficio, y resguardado por cañones, para impedir cualquier vecindad del pensamiento social avanzado y, naturalmente inconformista.
Otro tanto sucede en otro país que, con seis millones de parados y ocho millones de pobres enfila en la misma dirección; la España actual, pese a que José Manuel Lara, presidente del grupo Planeta, es español. Aunque parafascista, claro. Igual que los grandes empresarios locales y el papá fundador, intimo del Caudillo.
Ambos comparten desde hace tiempo sendas parcelas en el infierno. Pero el caso es que, en ese mismo fuego, arden hoy buena parte de los ensayos, poemas, novelas, cuentos y otros géneneros, nacionales o importados, bastante degenerados. Muchnick y la señora Ramirez (puestos en página más abajo) comparten, junto a otros, gerentes de multinacionales, la responsabilidad, pasada o actual de editar basura, erigida en castillo amurallado sin puente levadizo. Edificado logreramente piedra sobre piedra sobre el puro beneficio, y resguardado por cañones, para impedir cualquier vecindad del pensamiento social avanzado y, naturalmente inconformista.
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