


Me salto el segmento precedente llegando al número 20. Aquí desarrollo la base orgánica que permitió a Perón extender su influencia e imponer su personalidad entre los oficiales nacionalistas del Ejército, descontentos con el gobierno conservador y la égida militar del general Justo.
DE LOS ALPES ITALIANOS A LAS NIEVES ANDINAS. LA FORMACION DEL G.O.U.
“La ambición es un vicio, pero puede ser madre de la virtud”. Marco Fabio Quintiliano
De nuevo en la nieve, el probable disgusto hará que sus reflejos solares le marquen para siempre ambas
La realización de la nueva logia será el medio que la dé muy pronto a conocer, junto al estado real de las deliberaciones en la oficialidad joven del Ejército.
Las tradiciones en este tipo de organización [adoptada de la masonería], juramentada en el secreto y amparada por el funcionamiento clandestino de sus miembros, se remontaban a las épocas de lucha por la Independencia, con la creación en Cádiz de la mítica logia “Lautaro”; refundada en América por José de San Martín, y muy efectiva a la hora de aglutinar patriotas y disponerlos al combate libertador, a lo largo de duras campañas.
La segunda fue la “Liga de Oficiales” de 1890, formada por capitanes, tenientes y subtenientes para apoyar el alzamiento popular instigado por la alianza entre Mitre y Alem contra el corrupto gobierno de Miguel Juárez Celman, partícipe del durísimo combate del Parque (en Plaza Lavalle) durante el largo asedio de un cuartel, cuyos efectivos, jóvenes logiados (entre los que se contaba el teniente primero José Félix Uriburu) resistieron numantinamente los ataques gubernamentales.
El alzamiento militar fracasó como tal, obteniendo en cambio la renuncia de un Presidente, reemplazado a instancias de Roca por el vice Carlos Pellegrini, quien rápidamente lo nombró ministro de Guerra. Tras lo cual declaró “el zorro” una conveniente amnistía militar amansadora de gallos jóvenes, pronto asimilados a su corral miliciano. Con el dramático suicidio de Alem, tras la ruptura de la vieja “Unión Cívica” por el general Mitre, su sobrino Hipólito Yrigoyen se lanzó a conquistar para su nueva “Unión Cívica Radical” y su esporádica táctica insurreccional, a las espadas jóvenes del Ejército.
Aquí no podrá mentarse logia alguna, sino un importante fraccionamiento militar ante la agotada fórmula roquista, y la urgencia de un relevo que organice democráticamente la nueva sociedad argentina.
Los incesantes complots armados de Irigoyen en pos de este objetivo fracasarían uno tras otro, pero su presión constante y la creciente autoridad política que había ganado desintegran el frente oligárquico y su base militar, que tiempo después aceptará las liberalizadoras reglas de juego elaboradas por Sáenz Peña, con el visto bueno del difunto Pellegrini y el anciano Roca; a punto de seguirlo en el viaje.
En los años 20 del nuevo Siglo, con el desgaste de la autoridad de Irigoyen ante las FFAA y bajo el aliento de una nueva hornada de jóvenes oficiales, junto a la del influyente coronel Justo —que como ya se apuntó, no participará frontalmente en nada—, se constituye la logia “San Martín”, inspirada en el propósito aparente de despolitizar el Ejército, rescatando a la oficialidad de la influencia irigoyenista.
Visto en perspectiva y extensión, su real desarrollo como virtual escuela de cuadros golpista fue incuestionable, perviviendo mucho tiempo sus ecos en las FFAA. En su interior circulaban constantes bandos y boletines doctrinarios criticando al gobierno, junto a listas de oficiales sumisos al poderío del arrogante caudillo popular, a quienes en lo posible, se retiraba hasta el saludo. El fatal ascendiente de Justo sobre la logia, se explicaba a partir de su intervención como subdirector y luego al frente del Colegio Militar, desde 1913 hasta 1920. La formación castrense de siete promociones —entre las que figuró la de Perón—resultó decisiva, tanto en la realización de la “San Martín” como en los asuntos militares hasta finales de la década siguiente.
Ascendido al importante grado que Justo tenía 20 años antes y que ya lo habilitaba para imponerse ante los mandos medios en tales circunstancias, el flamante coronel Perón procuraba retomar la tradición, tentando la experiencia que en aquella otra partida había asimilado su maestro, Bartolomé Descalzo, quien una vez le confesó.
“He pertenecido a una logia que me ha enseñado más a conocer a los hombres, que los muchos años de vida que tengo”.
Arturo Rawson y Pedro Pablo Ramírez, en fila entonces desde la caballería para ascender a grados superiores, fueron dos, de entre otros tantos cuadros destacados que fundaron la“San Martín”, lejos de imaginar que luego serían sucesivas víctimas de otra organización semejante.
Menos marcadamente conspirativa que las anteriores y posteriores, la penúltima gran logia de las FFAA había oficializado las deliberaciones políticas dentro del arma, concentrando en su interior a los cuadros jóvenes poco subordinados a la Constitución. Su funcionamiento erosionó considerablemente la obediencia sin reservas del Ejército a un poder civil, en adelante más debilitado.
La forma disidente y fraccional de organización paralela al control oficial, había acentuando el descontento hacia los resultados prácticos del sufragio; labor de zapa que se dirigió en apariencia contra el personalismo de Irigoyen, sin que llegase a menguar demasiado en épocas de Alvear. Por entonces, su virtual inspirador y titular de Guerra había impuesto un gasto militar cercano a los mil millones de pesos de aquel tiempo, lo que suponía un importante refuerzo corporativo del sector, estimulando sobre todo el sueño autonomista de su importante arma de Ejército.
Cuando Uriburu y Justo abatieron la democracia en 1930, arrastraron tras de sí a la joven oficialidad influida por la logia, y aunque en los hechos no operase desde tiempo atrás quedó claro que la fracción antipopulista, integrada por autócratas evidentes y encubiertos había conseguido desbancar, junto al poder constitucional, a los oficiales fieles al radicalismo en las FFAA.
En abril de 1936, cuarenta y cinco cuadros radicales, integrantes de varios alzamientos contra el gobierno de Justo constituyeron la logia “Corda Frates”. Bosch, Cattáneo y Pomar inspirarían desde la clandestinidad este intento de reorganización de la oficialidad democrática, que funcionó periódicamente al menos hasta 1938, y que luego se desvaneció sin dejar rastro. El fuerte acento civil del radicalismo y la presencia de Alvear no estimulaban la contraofensiva militar a un régimen frente al que, a estas alturas comenzaban ya a integrarse.
En la realización de la siguiente logia, equiparable en magnitud a la “San Martín” y en la que participan mandos que no superan el coronelato, se advierten acentuados signos de descomposición institucional en el Ejército; lo que ya desde el comienzo otorga importante seña de identidad a un proyecto que nace— como el del 90— enfrentado a la pasividad de los generales ante el deterioro de la situación política.
La razón específicamente militar que permitió su génesis, fue la fractura de la cadena de mandos por las disputas entre liberales y nacionalistas: los variopintos autócratas de la década anterior. Justo, a través de sus ministros de guerra, y luego el tándem Márquez-Ortiz, enfrascados en sus luchas de poder habían descafeinado el nivel superior de la plantilla, que se redujo en número frente a los tenientes, capitanes, mayores, tenientes coroneles y coroneles. La cadencia en los ascensos se ralentizó fatalmente, resintiendo la cohesión de una institución vertical, basada en el control, tutela y mando del superior.
No obstante, la oligarquización militar preparada por la “San Martín”, manifestada abiertamente por el golpe de Uriburu y asentada por el amparo tutelar de las FFAA al fraude electoral, pervivía en la entente con Castillo. Ahora se trataba de reforzar un proceso debilitado por la anemia de los mandos, producto del efecto disolvente del corrupto poder conservador.
El sueldo y los privilegios de los que gozaba un general de la nación en aquella época habían adormecido el instinto patriótico en los viejos jefes. La política presidencial mimaba su plantilla sin fijar su atención en el descontento que empezaba a manifestarse más allá de la superficie.
En el trasfondo, las circunstancias de la Guerra Mundial elevaban a un primer plano nacional la cuestión de la defensa y con ella la importancia de los militares, facilitando la emergencia de jóvenes oficiales ansiosos de defender a la patria y alzarse con el poder.
El impulso original de organizarse contra la decadencia militar y la podredumbre política, había partido de Miguel Ángel y Juan Carlos Montes, simpatizantes probables de la “Corda Frates” y miembros de una familia de raigambre castrense llena de antiguos partidarios de Irigoyen, a la que Juan Perón frecuentaba siendo cadete en el Colegio Militar. Además de prender en su naturaleza rebelde, la iniciativa de sus amigos ganó también el entusiasmo de Urbano y Agustín de La Vega, Emilio Ramírez, Aristóbulo Mittelbach y Arturo Saavedra. A ellos pronto se agregaron más hasta totalizar una plana superior de 19; diez de los cuales eran oficiales de Infantería y cinco de Caballería.
El coronel de la reserva Juan V. Orona, sostiene que altos mandos prestaron cierta ayuda logística a éste núcleo. Sin mencionar al general Basilio Pertiné (próximo Alcalde “de facto” de la Capital Federal), lo retrata solicitando a la viuda del coronel García ,primer jefe de la logia previa, los estatutos de aquella. Pronto quedará claro que tampoco los generales Ramírez, Farrell y Sosa Molina ignoraban los planes de sus jóvenes subordinados.
Entre las causas directas que inflamaron los debates preliminares del grupo, se contaban maderos combustibles como el del Palomar, el negociado de algunos jefes con la compra de materiales para el Ejército y las fiestas homosexuales celebradas entre oficiales y cadetes del Colegio Militar; escándalos públicamente sonados que dañaban seriamente el prestigio de las FFAA.
El intercambio de ideas que promovieran un cambio en el panorama militar se desarrolló profusamente durante el resto de aquel año, en el que Ramón Salustiano Castillo creía consolidar el feudo presidencial para los conservadores tras deshacerse por completo del cadáver aún caliente de Roberto Marcelino Ortiz y sus planes democratizantes.
La incorporación de Perón en el plan supuso un aporte decisivo en la posterior materialización y desarrollo de la organización en ciernes. Su prestigio entre los camaradas acreditaba gran solidez por su entrega al Ejército y la capacidad que demostraba en todas las misiones que se le habían ordenado, desde su graduación en 1913.
Además de esto, las relaciones con el cuerpo eran cordiales tanto hacia arriba como hacia abajo, y si se excluye la enemistad con algunos mandos de la Armada, que databa de aquel encontronazo que siguió a su conferencia de 1938 en la Escuela Naval, más propio de la rivalidad entre armas que de hombres —sin descartar lo que entre esos hombres sucedería luego—, la estima global de los mandos medios por un par tan destacado era considerable en las vísperas de 1943.
Las inquietudes políticas de Perón habían revelado gran ímpetu durante su estancia de dieciocho meses en Europa. De los muchos oficiales que en aquel momento revistaban en Italia, Alemania, Francia, España o Portugal, fue el que exploró con más entusiasmo una hidra corporativa, que desde su formación autoritaria estimaba benéfica en el trasplante a tierras del Plata. El largo viaje había atemperado su duelo en la viudez inicial, pero la pérdida de Aurelia no resultó compensada en el área sentimental, sumándose a ella las de su querido tío Conrado y el estimado Fasola Castaño, valores activos cuya ausencia abultó la cuenta de otras bajas importantes.
La tendencia a redoblar el trabajo como fórmula para paliar la angustia ante las desgracias y la soledad, le permitía mantener el equilibrio emocional bajo auspicios de una disciplina rigurosa, aunque sin frenar del todo una carga agresiva que potenciaba su ambición política.
En octubre de 1942 Perón cumplió 49 años reales, pese a los 46 que le acreditaba su partida de nacimiento. Era hora de exprimir todo lo que podía dar a la patria y a sí mismo. Calibró entonces que tal como pintaban las cosas y de no hacerlo con su propio proyecto, los políticos y su Ejército títere lo exprimirían de otra manera, para luego jubilarlo como coronel en alguna frontera o borde cordillerano. O quizá como general con edecán y chofer en reparticiones sin importancia.
Los helados Andes mendocinos y el retiro del Cuartel de Montaña señalaban la presunción.
Sin darse por aludido se había proyectado a una intensa actividad como instructor de tropas, planificando los referidos ejercicios tan apreciados por sus superiores, y casi siempre esquiando entre cumbres y despeñaderos. Como contrapartida, su desfamiliarización y retracción emocional eran realidades difíciles de asumir, si bien no de compensar del todo para una naturaleza inquieta y muy activa, que siempre tendió a canalizar sus energías hacia asuntos públicos, en los que podía controlar y en parte gobernar su entorno.
Los contactos con los Montes y el resto de los miembros que luego constituirían la logia, no se oficializaron con amplitud hasta principios del año siguiente. Ya en ese entonces Perón había subido un grado más, siendo destinado a un nuevo organismo: la “Inspección General de Tropas de Montaña”, plantado en la capitalina zona de Palermo. Su Jefe, designado tiempo atrás en un cargo hasta ahora solitario y ambulante, era Edelmiro Farrell, a quien ya había cultivado años antes desde los comunes terrenos del arma de Infantería.
En su previo periplo europeo, el viajero había sido atendido en audiencia reservada junto a otros oficiales y funcionarios de la embajada argentina, por el flamante Papa Pío XII. Hasta él llegó con el pretexto de obsequiarle la película, que como cameraman militar y protegido del general Rodríguez había impreso del Congreso Eucarístico, celebrado en Buenos Aires durante la presidencia de Justo, y del que entonces era primera figura el cardenal Eugenio Pacelli; retornando al país con varias bendiciones del pontífice destinadas a jefes de las FFAA. Entre algunos amigos y otros impulsores de su carrera a los que llevó el mensaje, figuraban Descalzo, Fassola Castaño (recibida al final por su viuda), Rotjer, Martini, Accame y al parecer Farrell. El último era un sujeto alto, calvo y de facciones simiescas, al que apodaban “el mono”.
Nacido en 1887 en la barriada sureña de Avellaneda y criado en el suburbio obrero de la ciudad de Lanús, le gustaba payar rasgando la guitarra y disfrutar de la vida en los vivaques militares, con las tiras de asado crepitando sobre la parrilla humeante y siempre regadas con buen vino tinto; aunque también fuera de ellos, en especial si rondaban las hembras. No era un típico militar de gesto adusto y aire intrépido como los previos mentores de Perón, por la sencilla razón de haberse transformado ya este último en alto oficial con gran experiencia, importante madurez y ambiciones de altísimo vuelo.
Sin embargo aún precisaba de apoyo entre sus camaradas y del amparo de algún general importante. Farrell, descendiente de inmigrantes irlandeses con cruza criolla lo era, y el carácter bonachón que resguardaba su astucia, lucía una sencillez provinciana bien abrillantada, y salpicada con los destellos pícaros del hombre que sabe rodar bien por el mundo (llevándolo a permanecer en este hasta los 93 años).
Los oficiales y tropa a sus órdenes le estimaban más que a otros jefes por ese talante tan escaso en mandos solemnes y lúgubres, cuando no caprichosos y sádicos. Como Perón, cubrió destino en los Alpes italianos en los años ´20, ampliando este detalle la natural simpatía entre jefe y subordinado de una misma rama de Ejército. Con su irrupción, aparece en la etapa madura de Perón un valioso aliado de nuevo cuño: el superior campechano, manipulable y en el fondo atado al vigor de su personalidad. Pero Farrell no será el único alto oficial al que guíen las maniobras de más de un coronel, en aquellos meses previos al poder.
La temulencia de los mandos superiores ante el resto se revelaba mediante arquetipos nada casuales. Don Edelmiro estaba lejos de poseer el intelecto de Descalzo o la fogosidad principista de Fasola Castaño; en cambio sabía distinguir a un grado inferior de talento y capacidad con su amistad. Y esto, que ya probó antes arropando el destierro en Covunco Centro, que el corrompido general Rocco le impuso en 1941 a Domingo Mercante, lo reafirmó con Juan Perón, al reclamar el concurso de ambos al ministro del arma, para su nuevo staff, organizado en la oficina capitalina de Inspección de Montaña.
En el origen de una alianza estratégica que duraría cerca de cuatro intensos años, anidaba el complemento de lo que uno podía darle al otro, y viceversa. A pesar de las bien dirigidas lisonjas de Perón, el protector sentía que no daba la talla para ser líder del Ejército o el Gobierno; en cambio desde su prestigio y campechanía podía cubrir su itinerario de poder contra enemigos de alto rango. A la vez, la inteligencia y movilidad del protegido le prometían cierta gloria que sin su ayuda no alcanzaría jamás.
Realmente, aquel amante del folklore y de las folkloristas pechugonas era un conformista, aunque no un conformista cualquiera y pronto lo demostraría. De hábitos sencillos como Perón, le gustaba fraternizar con los humildes y a menudo se lo podía encontrar cantando una zamba o una vidalita junto a soldados rasos, con la casaca del uniforme y la risotada a medio abrochar. Farrell actuaba como un conservador paternalista cercano al estilo de Mario Perón, criollo campechano que no detestaba a los pobres e impulsó el reformismo natural del hijo desde los comienzos, alentando sus ambiciones.
La logia resultó el primer vehículo importante de ellas y como tal, fue impulsada desde la “Inspección de Tropas de Montaña” por el coronel, bajo la silenciosa protección de Farrell y con el concurso inapreciable de Mercante, también arrimado al fogón capitalino por el general. Rápidamente, éste otro artillero conectó con las ideas de aquel chispeante oficial, tan activo para plasmar sueños patrióticos con la máquina de escribir, como lo cuenta su hijo en una de las evocativas semblanzas de su libro “Mercante, el corazón de Perón”.
Uno de los factores que precipitó la realización del primero de aquellos sueños lo brindó la muerte del general Justo en enero de 1943, pocos días de haber sido corrido bochornosamente a tomatazos en público. Su presencia, siempre activa bajo forma encubierta en la vida política y en los asuntos del Ejército, había atrasado el reloj de cualquier cambio importante en el seno de las FFAA, donde todavía gozaba de cierta autoridad a pesar del constante deterioro de sus posiciones desde 1941.
Mercante, sensible ante la situación de los trabajadores por carta de origen, se erigió en virtual canciller del equipo de Perón desde aquellos inicios. Estaba bien al tanto de lo que pasaba en varias guarniciones y acantonamientos por los quince años de servicio en el neurálgico cuartel de Campo de Mayo y sus Escuelas especializadas, de donde había surgido el primer contacto con Perón en los años ´20, y cuyos egresados revistaban luego en otros centros.
Pero sin duda la captación de varios jefes de este cuerpo, en el que sirve a la patria la élite de la juventud militar, se realizará en firme cuando sea incorporado a la plana directiva del GOU el coronel Eduardo Ávalos, director de la Escuela de Artillería y simpatizante radical, como ya había probado (sin mayores consecuencias para su ulterior destino) en las sediciosas jornadas de 1930.
El creciente desencanto con el cuadro político y moral que presentaba la nación trece años después, estaba bien abonado por la polémica en los cuarteles de Bahía Blanca, Córdoba y Paraná, visitadas asiduamente por Mercante en aquellos días, como enlace entre Perón y sus camaradas más próximos, junto a varios candidatos a integrar la logia.
La reunión que precedió a su constitución (realizada poco después en el sótano de una confitería de Buenos Aires) se realizó a finales de febrero en casa del coronel y contó con la participación de varios oficiales, encabezados por el ya nombrado Mercante, los hermanos Montes, yrigoyenistas —e inmediatamente enemistados con Perón a causa de su devoción por Uriburu—, Urbano de la Vega —que era jefe del neurálgico Servicio de Informaciones Militares (SIM)—, Aristóbulo Mittelbach, el mayor León Bengoa, Argüero Fragueiro, Guilentegui, los coroneles Filomeno Velazco —con excelentes contactos en la policía— y Emilio Ramírez, al mando de la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral.
El anfitrión y uno de los Montes habían llevado dos borradores con bases programáticas. Allí se resolvió que el primero redactase el definitivo, presentado a consideración de todos los asistentes en la reunión realizada el 10 de marzo de 1943. Esta otra resultó más concurrida, definiéndose ya nombre y programa. En adelante sería mentado como el “Grupo Obra de Unificación” (GOU) y sus principios se basarían en “La defensa del Ejército contra sus enemigos internos y externos”.
El resto giraba alrededor de cuatro elementos que definían su propia cohesión: “1) Temor a un alzamiento comunista. 2) Claros indicios de la intromisión norteamericana en la tradición argentina de neutralidad y su posible quiebra final ante esas presiones. 3) Solidaridad entre oficiales. 4) Resentimiento por la intromisión de la política en el Ejército”.
Otro aspecto importante era su consideración de la debacle moral y política que asolaba al país, culpando de ella a los políticos y sus apoyos en el exterior, sobre los que descargaba la responsabilidad de los fracasos y los males del mundo contemporáneo, citando entre ellos a la Revolución Rusa y la Guerra Civil Española. La reflexión pivotaba sobre la conciencia militar, resuelta en estos términos:“...una cosa es hacer política y otra cosa es conocerla para prevenir al Ejército contra los profundos males que esta pueda ocasionar. Tal es la obligación moderna del militar. Con ello se hubiera evitado el comunismo en Rusia y la Guerra Civil en España. En ambas, jefes y oficiales, como aquí, repetían a menudo “yo no me meto en política” y cerraban conciente o inconscientemente los ojos ante el peligro Rojo que debía devorarlos...”.
Los riesgos del “peligro rojo” o de un Frente Popular al estilo español en la Argentina de 1943 no eran inminentes. Pero los militares del cono sur estaban acostumbrados a despertar fantasmas para adormecer su terror a ser ignorados por la sociedad civil, y los argumentos de estos oficiales despertaban la sensación de ese drama ocultado el otro, que en la realidad incubaban sus desmesuradas ambiciones de poder.
Según el plan, las catástrofes más tangibles para la salud moral y la soberanía de la nación serían enfrentadas por la secreta y esforzada labor de los miembros de la organización, cifrados inicialmente en un primer “escalón” de 19 camaradas, que debía autoreproducirse sucesivamente en cinco “escalones” más. Como primer inscripto figuraba Mercante y como último Perón.
En su inicio, el grupo era muy cerrado y compacto en materia de principios, de forma tal que los que encabezaban y cerraban la lista tenían claro que defenderían el avance corporativo sobre la sociedad. No había jerarquías, aunque sí un núcleo de orientación —que era el que realmente lo guiaba— y un Secretario, el primero de los cuales fue el teniente primero Arias Duval y el póstumo (ya en los albores del peronismo) el capitán Héctor Russo.
Su funcionamiento no se articuló en formato asambleario, sino celular. Cada uno de sus 19 integrantes se comprometió a enrolar cuatro camaradas y funcionar por separado con cada uno de ellos, transmitiendo las resoluciones o ponencias sin que nadie llegase a conocer —salvo los constituyentes— al resto de los miembros.
El proyecto inicial desembocó en un grupo compuesto de vastas ramificaciones entre la juventud militar. Uno de los requisitos más importantes, y sorprendentemente acatados para integrar la organización, era la entrega voluntaria al comando de la misma de una solicitud de retiro del Ejército debidamente cumplimentada, firmada y sin fecha de emisión. Servía como una prueba de adhesión y lealtad, al poner en manos de la organización el futuro militar del enrolado; medida sin precedentes en las logias anteriores que demostraba ahora el notable suceso de la fórmula.
Perón intentaba mediante juramentos de honor comprometedores —y muy respetados en la milicia de la época— capitalizar la enorme experiencia del empírico golpe de 1930 y su caos organizativo de origen caudillista, reemplazándolo ahora por un funcionamiento acerrojado y celular, más o menos copiado de otras organizaciones conspirativas y de algunas célebres sectas de historial feroz.
En inicios muy a tono con su propósito, el coronel impostaba la voz, dándole un acento profundo y misterioso. Al parecer lo arrancaba de un ritual logístico japonés de origen militar, probablemente inspirado en la llamada “Fracción Kodo-Ha”. El auge de las logias en un Ejército de fanáticos fue decisivo en los años ´20. Sus miembros se consideraban sin distinción de grados, herederos de los samuráis, señores de “las cuatro clases”, adaptando su “Código de Honor” o “Bushido”, mediante el que los miembros de la casta militar guardaban fidelidad al Emperador hasta la muerte. Estos coroneles nipones fueron quienes a posteriori impusieron la política belicista de almirantes como Yamamoto y generales como Tojo, los líderes del alto mando en la guerra contra los EEUU.
La influencia al completo de dicha especie miliciana sobre los criollos del GOU, fue algo menos profunda —dadas las circunstancias y la geografía—, sin dejar de basarse ambos segmentos en un sentimiento común de injusta postergación y ausencia de movilidad social por parte de oficiales oriundos de la pequeña burguesía media y baja, ante el poder de unos pocos generales y sus mandantes civiles.
La ferocidad de un fundamentalismo muy encrespado con la sociedad política, les había conducido a ultimar “en salvaguarda del Emperador”, al primer ministro en 1932, y luego a varios miembros de la “Dieta” (o parlamento) acribillados en sus casas por comandos en febrero de 1936. La intervención personal de Hiro-Hito contuvo nuevos desmanes, al tiempo que acentuaba la militarización de su propio poder en vísperas de la invasión a China.
El desprecio que profesaban los coroneles argentinos por sus políticos, era semejante en la raíz. Se sentían más cercanos a Ejércitos despóticos que a los regimentados por una democracia que les destinaba bajos presupuestos y escaso prestigio social.
Perón, que había sido ayudante de Rodríguez y testigo de la creciente subordinación de los Altos mandos de las FFAA a la corruptela civil, creía que los políticos iban finalmente a entregarse a los aliados, y es probable que no se equivocara.
La anécdota, que lo retrata en las sesiones del GOU impostando la voz según estos libretos orientales, podrá parecer ridícula y su acción juzgarse extravagantemente copiada de las películas en episodios, o del “Doctor Mabuse” de Fritz Lang, pero era parte de una escenificación que apuntaba a crear atmósferas de misticismo y autosugestión útiles para reforzar el espíritu de secta. Hitler, Mussolini y entre los bolcheviques el Trotsky fundador del Ejército Rojo habían orquestado fórmulas escénicas de este tipo, para afirmar o mantener su liderazgo en las primeras épocas del fascismo o el comunismo.
En cualquier proyecto de complot armado, la morbidez ritual y el olor imaginario a sangre enemiga, estimulan la agresividad en sus miembros. En el caso concreto de Perón, su ideología claramente fascistoide del comienzo no presenta fisuras. A mediados de 1942, la marcha de la Guerra en Europa y el Pacífico es menos favorable al Eje que en 1940/41, aunque todavía pueden vencer. La perspectiva de un triunfo de éstas fuerzas, encarnadas por la exaltación nacionalista, el predominio militar y los planes de conquista mundial, le subyugan. Políticamente, el coronel del GOU es un reaccionario que exhibe curiosas teorías justificando regímenes atroces.
Sin embargo, su arquetipo personal no termina de armonizar con sus formulaciones. Se trata de un militar mundano y sociable, con una inteligencia muy superior a la de su medio profesional, y una capacidad que concita el respeto de jefes y tropa. Su enfoque reivindicador de los más humildes en asuntos sociales, presenta además otros acentos que los puestos por el nacionalismo militar o clerical, invariablemente basados en el mesianismo y la represión del proletariado.
La contradicción de Perón, se irá resolviendo en los tres años siguientes a través de cierta evolución que desembocará en una fórmula histórica inédita y por demás sorprendente. Pero en los inicios del GOU y su enfoque plano de la realidad, nadie podía adivinar lo que el futuro estaba reservando a la República en la persona de Juan Perón.
En principio, la selección de candidatos a ser enrolados por el naciente GOU era cuidadosamente supervisada por él y Mercante. La consigna que regulaba los ingresos era la prohibición de introducir civiles o generales en sus filas, si bien se aceptaban colaboraciones y aportes que luego podían discutirse en su seno. Mediante dicha cláusula, se adoptaba la tesis uriburista de predominio militar sobre los miembros de la sociedad política, cerrando el paso al poder o influencia decisiva de cualquier teórico civil perteneciente a las varias familias del nacionalismo, como Jordán Bruno Genta, Juan Carulla, Marcelo Sánchez Sorondo (hijo de Matías) o Bonifacio del Carril, ansiosos —entre otros— por invertir la ecuación, incorporando voluntades armadas a SUS propios cenáculos.
El interés de los coroneles criollos no era el de sus pares brasileños encumbrando al abogado Getulio Vargas en el Estado Novo de los años ´30. Pero, por otra parte ningún núcleo de la burguesía argentina tenía, ni la potencia ni la audacia y claridad conceptual para engendrar un poderoso caudillo de las características de Vargas. En cambio su Ejército, probaría que sí.
En el terreno teórico, la flexibilidad de éstos militares logiados se probaba forzosamente mayor. El único campo abonado por las teorías del nacionalismo civil —incapaz de articular un partido político propio—eran precisamente las FFAA. La influencia de Carlés, Carulla, Lugones, Julio Meinvielle, Gustavo Franceschi, Manuel Gálvez y otros, había complementado el auge europeo de Mussolini, Hitler, Franco y Salazar como principales modelos del fundamentalismo militar. El respeto ganado en ciertos segmentos de la oficialidad por las batallas teóricas de FORJA durante la década infame, junto a textos de Scalabrini Ortiz, el economista Alejandro Bunge y algunos otros del francotirador José Luis Torres —denunciante del caso “Palomar” y autor de otros trabajos sobre la enajenación del patrimonio nacional—, condujo a que varios ensayos nacionalistas fuesen recomendados a sus camaradas por los jefes del GOU. Fuera del punto, las buenas migas entre los oficiales logiados y algún civil meritorio no inundaban la mesa del banquete próximo.
Semanas antes del 4 de junio, a los documentos impartidos por el núcleo directivo se fueron agregando boletines con noticias y comentarios. Consciente del valor de la propaganda interna, Perón ya estaba ensayando en la logia lo que poco después perfeccionaría desde las reparticiones, los ministerios y el corazón del Estado. Ante la vecindad del poder un nuevo documento secreto cerraba filas en torno a la noción de élite.
“Los civiles jamás entenderán la grandeza de nuestro ideal. Por lo tanto tendremos que eliminarlos del gobierno y confiarles la única misión que les corresponde: trabajo y obediencia”.
El estilo de la frase retrataba al nuevo aprendiz de brujo. Una de las lecciones asimiladas por el capitán de 1930, era la de no mezclar después de un golpe militar, los uniformes con los trajes hechos a medida.
Desde la primer reunión oficial del GOU, asomaba junto a la de Perón otra cabeza brillante: la de su antiguo amigo del Colegio Militar y ferviente admirador de Hitler, Enrique P. González, a quien todos llamaban familiarmente “Gonzalito”, agregado un tiempo a tareas en el Estado Mayor del Ejército Alemán y con quien paseó largamente por las calles de Roma comentando las alternativas bélicas, con el azaroso ingreso de Italia en combate. Éste capacitado oficial era un miembro de Inteligencia ahora destinado a la II División de Caballería de Paraná, Capital de la litoraleña Provincia de Entre Ríos. Allí también revistaban dos miembros importantes de la secta: los coroneles Emilio Ramírez y Orlando Peluffo, en contacto con importantes núcleos del nacionalismo entrerriano, que luego colaborarían con la logia.
Desde su puesto de Secretario del nuevo ministro de Guerra (Pedro Pablo Ramírez), había favorecido González el pase de Perón a Buenos Aires, reforzando la demanda de su traslado emprendida por Farrell.
Inicialmente, se dijo que la ideología del nucleamiento era nazi. Los contactos de Perón y González con miembros del espionaje alemán y su embajada quedaron luego acreditados, pero la documentación hallada posteriormente no les incrimina en una perspectiva común con el “Tercer Reich”. En el GOU había de todo. Los historiadores atribuyen un cerrado odio antimarxista a la logia, influida en sus inicios por personajes como Jordán Bruno Genta (luego habitual conferencista del Círculo Militar), y el cura Meinvielle, o molestos agentes de la curia con espoleta antisemita como Gustavo Martínez Zuviría, escritor de turbias novelas de atmósfera fascista y director de la Biblioteca Nacional desde 1930.
Sin desestimar presencias liberales —invariablemente anticomunistas— como la de Ávalos o los hermanos Montes, es posible afirmar la hegemonía casi absoluta de ideas marcadamente autoritarias y militaristas en el interior de la partida. Pero esas eran las señas de identidad del nacionalismo militar, los huevos de su serpiente, y el maquiavélico coronel Perón no anhelaba sustraerse a ellas en la primera fase de lucha por el poder. Como patrones espirituales, los conspiradores adoptaban por unanimidad a San Martín y, parcialmente, a Uriburu. La inclusión del segundo por uno de sus segmentos, era bastante menos clara que la del primero, sólo si no se comprendía el valor simbólico que encarnaba el fracasado “Von Pepe” para unos oficiales desencantados de los resultados prácticos alcanzados por Justo, ahora tan muerto como él, aunque bastante más sepultado para la logia.
Su plana mayor había participado —salvando excepciones apuntadas— en el derrocamiento de Irigoyen; de manera que los integrantes de los primeros “escalones” estaban muy bien entrenados en la gimnasia de la conspiración y el golpe de Estado.
En el otro extremo del arco militar, los discípulos del general Justo se habían quedado sin el vital acceso a los mandos de tropa, aunque conservaban ciertas posiciones como reaseguro para la salud política del propio Castillo, interesado en equilibrar el sostenido avance nacionalista con una estrategia que favoreciese la permanencia de algún segmento liberal favorable a sus “pucherazos” electorales. El juego del Presidente conservador dentro de los habituales funambulismos de quien ejerce el cargo, pasaba por sostener a rajatabla la neutralidad ante la guerra, entregando áreas estratégicas al control militar, para mientras tanto aceitar los ferruginosos muelles de su Partido en la preparación de un próximo fraude nacional.
Era una nueva adaptación de la vieja división del trabajo, que creyó poder sostener y consolidar hasta más allá del relevo de 1944, sin pensar que, manipular los votos o a los decrépitos generales del ejército no era taponar la evolución política interior de la institución, mucho más amenazante que visible para un anciano cerril.
El GOU criticaba en principio el estado de la sociedad, sin atacar de forma explícita a un presidente que no era enemigo de las FFAA y mantenía a raya al departamento de estado; pero se diferenciaba del conservadorismo que representaba centrando al principio su cohesión en la moral militar, y sus ataques en los políticos liberales y sus agentes justistas en la corporación. Su constitución delata un renovado impulso corporativo en el Ejército y su embrionaria preparación, para desembarazarse de los anteriores acuerdos de su hegemónica ala liberal con el frente conservador.
A medida que se acerca el momento, Perón se sale de la vaina por definir un pronunciamiento. En sorpresiva y poco prudente reunión general, convocada por su iniciativa el 15 de mayo, Mercante cuenta que dijo abiertamente.
“¡Vamos a hacer la revolución!”.
Horas después se entera, de que gracias a un chivatazo iban a allanar su piso de Coronel Díaz y Arenales de un momento a otro.
“No pienso entregarme. Voy a defenderme a balazos y me tendrán que sacar muerto de mi casa”.— advierte por teléfono a un incondicional, que de inmediato resuelve acompañarlo”.
A mediodía, Mercante llega como un solo hombre al piso de Perón, que ya había puesto sobre la mesa dos pistolas y varios cargadores. Al dúo se suman Juan Carlos Montes y Tomás Ducó y empieza a discutirse su actitud; hasta que por fin, a las tres de la tarde, llama desde la Secretaría del ministerio de Guerra “Gonzalito”, anunciando que la orden de arresto quedó sin efecto.
La solidaridad entre los miembros del grupo y el reaseguro benevolente del general Ramírez protegieron la cohesión del GOU y la carrera de Perón ante una de sus raras, pero casi siempre fatales precipitaciones. ¿Fue realmente el episodio un arrebato de “guapo”, o el cálculo puesto en afirmar su liderazgo de un grupo de mando colegiado, lo que le impulsó a escenificar una ópera rebosante de coraje?
El límite entre lo uno y lo otro parece borroso. Empero, el desgaste del gobierno conservador y el retroceso del ala liberal del Ejército, fuera del ministerio de Guerra y los mandos de tropa, facilitaron tanto la salud militar de Perón como la de la logia, y la de una conspiración que en cualquier caso no se detuvo. En los borradores que se conservan de la secta, hay apuntes de puño y letra en los que él detalla una lista de oficiales remisos ante la causa, todos pertenecientes a la “Cadena Geniol”.
Era una muestra del típico humor vitriólico que destinó en el futuro a los rivales, aludiendo para el caso, a la fama de genio que arrastraba el finado Justo como líder militar, vinculando su mondo perfil a la caricatura publicitaria de la cabeza coronada por clavos y tornillos que sonreía aliviada por haberse administrado un popular analgésico argentino (“Geniol”) semejante a la “Cafiaspirina” .
En esa línea llama “cipayos”, tachando seguidamente un término que era frecuente en los papeles de FORJA; leídos y convenientemente asimilados en silencio por estas fechas.
Si se piensa que Perón admiró a Justo, como lo prueba su actuación final el 6 de setiembre y lo documentan varias cartas a sus amigos en los iniciales años ´30, y que más o menos recién ahora ventila semejante aversión por él, no podrá evitarse el paralelismo de su empeño en impulsar una logia, cuando todavía el grado no le alcanza para controlar el pulso de la institución. Justo empleó igual táctica en 1921, cuando era un brillante coronel con una impecable foja de servicios y aún no había llegado a ser titular de Guerra.
La “San Martín” sobrevivió apenas tres años a sus juegos desde la cartera. ¿Cuanto duraría el GOU, una vez asegurado el poder de Perón dentro del Ejército?
En otro orden de juegos, el del viejo mandatario tramposo imitando al difunto general fullero, no llegaría demasiado lejos. Como aquellos “generales cabestreadores” que ignoraron la existencia o el poder de influencia de la logia, Castillo era incapaz de conocer su grado de desarrollo por las mismas razones que ignoraba la levedad de su propia investidura. La “Concordancia” se había cubierto de lodo hasta un límite asfixiante, y ya no había manera de justificar el fraude ni la corrupción de una clase política que, habiendo fracasado, cedería en muy poco tiempo el paso al depurado poder del Ejército. En el fondo, esto último era lo que planteaba el GOU.
En escasos meses, su miembro más brillante y capaz probaría el acierto del invento, junto a su gran habilidad para utilizarlo como arma de presión y acción en la sombra, contra un orden político a punto de derrumbarse a plena luz del día. En una fría mañana de nuevo paseo militar. Exactamente, la de un 4 de junio de 1943...
EPÍLOGO
Mientras la flamante logia y Perón se aprestaban a echar a Castillo, las alternativas de la Guerra Mundial adoptaban meses antes un curso inesperado.
Ahora Hitler debía enfrentarse a una realidad que se alejaba vertiginosamente de los días felices de 1940, cuando sólo Gran Bretaña y la solidaridad del Commonwealth resistían con gran sacrificio su terrible acoso. El ingreso de EEUU y la URSS en la contienda modificaron las perspectivas de una casi segura victoria del Reich, ralentizando en principio las ofensivas en el Oeste y el Este. Seis semanas empleadas en la ocupación de Yugoslavia y los Balcanes, habían retrasado el inicio de la “Operación Barbarroja” en territorio ruso, precipitando luego el largo azote de un invierno siberiano, para colmo anticipado, sobre las tropas de Von Paulus.
No fue éste el único error o imprevisión con el enemigo a batir.
El cálculo del “Führer” y sus estrategas sobre la duración del ataque carecía de realismo. La subestimación patológica de los pueblos no arios y una delirante suficiencia, soportada en inconscientes deseos de autodestrucción revestidos de seguridad y determinación, estimulaban el grueso error.
El pueblo ruso no adolecía del espíritu de combate contra el invasor, detectado por los servicios secretos alemanes, ni el Ejército Rojo yacía tan desmantelado como las purgas estalinianas lo hicieron prever a finales de los años ´30, cuando la invasión de Finlandia se cobró 200.000 bajas entre sus filas
Además de esto, el factor de la brutalidad, abonado por un adiestramiento criminal verdaderamente genocida en las tropas de la “Wehrmacht”, contra una población a la que se consideraba carne de trabajo forzado, campo de exterminio o ejecución sumaria, produjeron en los invadidos la reacción contraria a la esperada.
Trocado en esfinge, Stalin tardó ocho días en reaccionar, pero el 30 de junio se calzó las botas de mariscal al asumir con gran decisión la defensa nacional. Aquí es donde por primera vez el comunismo soviético llama “a defender la patria” y no “a los proletarios sin pan”, revelándonos el nacionalismo subyacente en su propia naturaleza estatal. Bajo el comando de un dictador con frecuencia agresivo hacia sus pobres compatriotas, y que no para de invocar la unidad nacional, se aceleró extraordinariamente la producción de armamento, mientras en el Ejército Rojo, dirigido por oficiales competentes como Rokossovsky, Zhukov y Buddieny se organizaban operaciones defensivas, coordinado acciones de guerrilla civil y una política de “tierra arrasada” contra el invasor.
Al mes de haberse iniciado el ataque, un Hitler exultante anunció al mundo que “había sido destruida la eficiencia combatiente del Ejército Rojo”.
La realidad aplastaría muy pronto aquel espejismo; aunque en principio, las batallas más importantes entre alemanes y soviéticos, desarrolladas entre junio de 1941 y octubre de 1943, se centraron en cuatro grandes escenarios desde los cuales se fue fraguando la derrota final del invasor. Éstos son Leningrado, Moscú y Crimea, junto al decisivo y a la postre fatal de Stalingrado.
Los dos grandes regímenes de Partido Único y feroz dictadura sobre las masas, rivales ideológicos, aunque no en sus formulaciones totalitarias, basadas en el monopolio absoluto de la verdad, chocaban al fin, luego de haberse impuesto una frágil tregua de apenas dos años, quebrada por el más feroz y equipado de ambos.
El teatro de operaciones del frente Este terminaría siendo el más devastador de toda la guerra, medido en vidas humanas. Las cotas de sufrimiento, abnegación y voluntad combatiente del pueblo ruso en defensa de su tierra, antes que de su régimen, únicamente podrá compararse a la de los británicos en su soledad inicial ante los cruentos bombardeos de la “Luftwaffe” y a la de los judíos mártires del ghetto de Varsovia.
El ingreso de Norteamérica en la contienda será decisivo, debido a la creciente envergadura de su industria bélica —incrementada significativamente por el gobierno desde 1939—, y la ampliación de sus bien entrenadas fuerzas armadas. Pronto los recursos de esta gran potencia auxilian activamente a sus aliados en todos los frentes, aunque todavía en 1942 las tropas americanas, absorbidas desde junio por el contraataque a Japón, no actuaban de lleno en territorio europeo.
En su bota peninsular, el corrupto imperio de Mussolini hacía agua por todas partes, profundizando mes a mes su erosión y descrédito popular. Ante la falta de recursos materiales y tropa, el fascismo había decretado el Servicio Nacional obligatorio para hombres y mujeres de entre 14 y 60 años; medida inútil e impracticable que fabricó gran cantidad de rebeldes partisanos, puestos a las órdenes del renacido “Partido Comunista Italiano”.
Como jefe del estado según la Constitución, el Rey Emperador, junto a burgueses, terratenientes, militares y una mayoría de los jerarcas fascistas, entre los que se contaba Galeazzo Ciano —el yerno que como parte de las magias posibles en el fascismo, convirtió en condesa a la hija de una sirvienta y un romagnolo de oscuro origen— pensaban desembarazarse del mayor responsable público del fracaso nacional. Su base personal y la del régimen atado a la monarquía, se probaba bastante menos sólida que la del discípulo teutón y su gavilla de asesinos; e Italia, a mucha distancia del poderío industrial y militar de Alemania, no estaba preparada ni militar ni psicológicamente para intervenir en una guerra que comenzó a perder desde el principio. De ahí que, a mediados de 1943, tras una gran oleada de huelgas en el Norte, ya en plena invasión del Sur por las tropas norteamericanas y luego de un intenso bombardeo aliado sobre Roma, bastó una reunión del “Gran Consejo Fascista” para borrarlo de la nómina de funcionarios estatales.
Efectivizado por una decisión burocrática estimulada por la Corona y la magnitud del desastre en octubre de 1922, el poder del “Cavaliere” Mussolini expiraba a manos de otra y en medio de un desastre mayor, veinte años después. La solución posterior resuelta por los nazis, ocupando Roma junto al norte de Italia y rescatando mediante el paracaidista Otto Skorzeny de su encierro al “Duce” para instalarlo en una “República Social” a orillas del lago Garda, en Saló, calcaba la solución francesa de 1940; si bien corregida y aumentada por la desesperación de Hitler ante el retroceso alemán en todos los frentes.
En el fondo, el calmo Pétain, ese falso abuelo glorioso que asumió “La Révolutión Nationale”, era tan patético como un Mussolini ahora transformado en caricatura de sí mismo, al frente de aquella grotesca “República Social”, que cambiaba la antigua dependencia fascista de la corona peninsular por la del comandante militar en Roma, junto al control de Karl Wolf, jefe de las “SS”, y en especial el de su “embajador” herr Rhan.
Carente de una Constitución y camuflada por enunciados propagandísticos sobre la socialización de las empresas y otros retornos inconducentes a la vieja ideología fundacional de los años ´20, este pálido engendro crepuscular criado en los viveros de la “SS” y la GESTAPO estaba encabezado por jerarcas sanguinarios y más dóciles al amo nazi que a su patético títere, al estilo de los odiosos Pavolini, Farinacci o Buffarini-Guidi. En su Ejército de 250.000 hombres, operaban varias brigadas negras de jóvenes fanáticos adiestradas en Alemania, cuya crueldad con los “partisanos” no hizo más que agudizar los ataques de éstos contra los lumpenizados “republichini”, locos de terror y más proclives que nunca al asesinato .
Mussolini, como antes Pétain, acreditó la dudosa gloria de permanecer en un poder prestado por el opresor de su patria, aceptando desangrarla antes que abandonar la partida. El lado más oscuro y brutal de un fascismo carente de verdadero fervor de masas, lo arrimaba en su agonía a uno de sus símbolos más perennes, y a la vez menos respetados por él mismo: la muerte.
Pero como en cualquier guerra, ella estaba presente en todas partes. Durante esta renovada y larga instancia universal de crimen y destrucción, las nociones sobre diferentes tipos de organización política nacional y su correlato económico y social, se situaban en primer plano, subordinando en términos globales a las sencillas ideas patrióticas que las naciones esgrimían en la primera.
La formulación de un supuesto moral que afirmaba el predominio de una raza elegida, de un imaginario burocrático ideal, o de un orden imperial o neocolonial, democrático en las metrópolis, pesaba en la conciencia de las sociedades en conflicto mucho más que en el pasado.
Así, los aliados —incluida la URSS— luchaban por la democracia y la libertad de los pueblos, y sus enemigos principales: el fascismo, los nazis y el militarismo japonés.
En los territorios bajo influencia del Eje o en los sometidos a su dominio, se combatía contra la plutocracia del viejo imperialismo, y la decadente democracia de los aliados al comunismo, financiados por “el judaísmo internacional”.
Para los países latinoamericanos, y en especial en el caso de aquellos que ya contasen con un cliente poderoso como Gran Bretaña, EEUU o Alemania, la guerra lejana había ensanchado las perspectivas de un comercio francamente próspero.
Durante los años ´30, países como Chile exportaban minerales e importaban manufacturas de Alemania. Otros como Brasil tenían, al igual que los trasandinos, un comercio bastante activo con Alemania, pero también con Gran Bretaña, Italia, Checoslovaquia y los EEUU. Para los argentinos y uruguayos la plaza comercial fuerte seguiría siendo Inglaterra hasta bien entrada la década siguiente. En todos los casos y al iniciarse la Guerra Mundial, la singular política de estos cuatro países vecinos fue la neutralidad, quebrada por Getulio Vargas a favor de los yanquis, recién hacia fines de agosto de 1942 —casi a la par de México—, en medio de una mini crisis con la cúpula del ejército, partidaria de la neutralidad.
El factor que inclinó la balanza a favor de Getulio y su canciller Oswaldo Arhana, fueron las 22 embarcaciones torpedeadas por submarinos alemanes e italianos durante febrero y parte de agosto. Los países vecinos se solidarizaron de inmediato con Brasil, y Buenos Aires no dejó de hacerlo aunque desde el sostén de la neutralidad.
La tradicional hondura de esta abstinencia ante conflictos mundiales y el papel arbitral del Ejército en la vida institucional, junto a su rol de salvaguardar la seguridad de la nación, garantizaban por el momento la muy pronto solitaria posición argentina. El gobierno de Castillo mantenía esta actitud contra viento y marea, aunque su fragilidad de origen, la actitud proaliada de un sector del conservadorismo y el resto de la importante sociedad política no auguraban —como en el caso de Vargas—, una resistencia prolongada de la diplomacia criolla ante el creciente acoso de Cordell Hull.
El GOU salió a reforzar dentro de su corporación dichas posiciones, basándose en que las élites políticas no tenían en Argentina la implantación que en Brasil había dado lugar a la dictadura de un Vargas, quien pese a estar sostenido por su sus militares nacionalistas, le había impuesto al fin la ruptura de la neutralidad, a instancias del hábil canciller Aranha y sus amigos norteamericanos. Por otra parte, Alemania e Italia (la última ya fuera de combate) habían vendido armas al gigantesco vecino antes de la ruptura, y para colmo de tanta ocasión perdida, la obsolencia de equipos en las FFAA criollas resultaba a estas alturas alarmante.
Pero sin duda, los tradicionales contactos entre Berlín y los círculos militares argentinos, o los muy frecuentes de la embajada alemana con varios oficiales, unida a la actividad propagandística que desde el Continente se hacía llegar a través de varios conductos al Cono Sur, al financiar incluso periódicos pronazis de cierta importancia como “Cabildo” o “El Pampero”, y poco después “La Fronda” (en segunda versión y dirigido ahora por Manuel Fresco), pesaron en el ánimo y las esperanzas de muchos militares.
Impresionadas por la intensidad de la conflagración y las conquistas de la maquinaria bélica alemana, las cabezas logiadas imaginaron (al menos entre 1942 y 1943) que una vez tomado el poder y aplastada la oposición política, el Tercer Reich podría colaborar (como lo hizo en épocas del segundo) con el rearme de un Ejército apto para defender la nación y controlar el Río de la Plata en caso de conflicto. La estrategia seguida luego del 4 de junio, procurando abastecerse secretamente de él usando vías de alto riesgo, lo probaría.
El fracaso último de tal previsión, ante la insinuada debacle de Alemania y las fuerzas del Eje, fulminó uno de los secretos objetivos del naciente GOU. Aunque no otros, que poco a poco y con el correr de los meses fueron transformando las ideas iniciales sobre la marcha del país y el mundo, en la perspectiva de poder de sus más importantes protagonistas...







