Prometedor oficial de Inteligencia y miembro del Estado Mayor del Ejército, probado en la Guerra del Chaco, Juan Perón fue enviado a Chile con la misión concreta de espiar los avances armamentísticos de su Fuerza Armada.
Mi enfoque unió en la ocasión, el panorama social y político chileno con sus maniobras, a cubierto parcial merced a su agregaduría militar en la Embajada argentina, y las simpatías que despertaba el criollo en el entonces Presidente Arturo Alessandri, un caudillo civil de larga tradición en la escena política del país trasandino. La posterior aparición del Mayor Eduardo Lonardi, futuro derrocante de Perón en 1955, introduce un ingrediente curioso y trágico de cara al porvenir.
En el capítulo interviene Aurelia "Potota" Tizón, la primer esposa del Mayor Perón, colaborando en su trama de espionaje. En cierto modo despunta una operativa que el futuro Líder criollo aplicará a sus dos restantes esposas.
De personalidad modesta, esta pundorosa maestra de escuela primaria, diplomada en piano y solfeo, será superada en envergadura histórica por Evita, destacando en materia de honestidad y sencillez sobre las dos restantes.
El contraste que Aurelia presenta con la última (me refiero a Isabel Martínez Cartas, alias "Isabelita") acompañará el periplo que media entre la etapa juvenil del biografiado, y la de su declinación final...
PERÓN EN CHILE. EL POPULISMO CHILENO DE ALESSANDRI. LA SOCIEDAD TRASANDINA. LAS MANIOBRAS MILITARES DE JUSTO Y LOS PRIMEROS ROCES ENTRE PERÓN Y LONARDI, REMATADOS POR EL FRACASO DE LA TRAMA.
“En octubre de 1935, Rodríguez, ya consumido por el cáncer, me recibió en su casa”. “Mi general –le dije— quiero irme de aquí. Lo he servido por tres años. Gracias a usted he roto el cascarón y necesito probar fuerzas en el mundo”. Y aquel hombre que jamás sonreía entornó los labios fraternalmente”.”Está bien, váyase”, me ordenó”
Juan Perón
En este párrafo, evocativo y teñido de atmósfera paterno filial, propia de las reinvenciones históricas que a veces nos ha destinado, la coquetería panamericanista de Perón enmascara en el apartado militar de su novela la naturaleza de las misiones que Rodríguez y el Alto mando le encargaban, desde al menos dos años antes...
En apariencia la diplomacia de Justo procuraba pacificar a los vecinos en guerra desde junio de 1932, en esfuerzo simétrico al que desarrollaba su “amigo” Getulio Vargas desde el norte. Intereses comerciales y realidades geopolíticas de Argentina y Brasil, conducían objetivamente al sendero opuesto. Es decir, a la rivalidad y la venta de armas, con avituallamiento a dos bandas de Paraguay, Bolivia y sus 100.000 caídos en combate, mediante operativos militares secretos. Así, los primeros días de enero de 1933 encontraron al mayor (según documentos que obran en poder de Paraguay) coordinando envíos a los guaraníes, calzando uniforme de ese Ejército —para no ser fusilado en caso de ser descubierto por oficiales del Altiplano—, en la zona fronteriza de Paso de los Libres.
Tres años después, éste curtido cuadro de Inteligencia militar fue nombrado agregado en la Embajada Argentina en Santiago de Chile, por orden del Estado Mayor, y hacia allí partió acompañado por su mujer, que seguía desconsolada por la mala salud de su influyente madre.
Siempre remiso a volar en avión, viajó cruzando los Andes por el Paso de Uspallata en su descapotable.
Del paseo quedó una imagen elocuente del matrimonio. En absoluto primer plano, con ropa deportiva de la época y recostado contra la voiturette, nuestro hombre repite la pose que le conocimos en aquella otra, que comparte siendo un niño con su hermano. En ambas, la distensión le ampara el gesto. En la última, más resignada que sentada, asoma la presencia algo oscura de Aurelia Tizón, de la que se conservan pocos retratos. Perón sonríe y domina como astro absoluto en todas partes. Pero en Chile tendrá que sofrenar algún ímpetu si quiere llevarse el gato al agua.
Las relaciones con el largo país bañado por el Pacífico eran oficialmente cordiales. Sin embargo, la realidad de un viejo pleito limítrofe en el Sur por las islas del sureño Canal de Beagle, unido a la rivalidad militar, empañaban con frecuencia la hermandad histórica entre los vecinos.
Tras el éxito de su contrabando de armas y de la misión rastreando tipografía y límites en 1935 —unida a la correspondiente publicación de su meticuloso trabajo—, el mayor había disertado en el ministerio de Guerra sobre el valor estratégico de aquellos territorios, impresionando a los mandos. Si algún alto oficial estaba capacitado para evaluar la importancia de la delicada misión que debería cumplir en el país trasandino, ese era Juan Perón. Por cierto no se equivocaban; continuaría siendo un buen espía.
Arropado por su cargo en la embajada, debía obtener fotos reveladoras del poderío militar chileno, además de girar a Buenos Aires informes confidenciales sobre movimiento de tropas, compras de armamento y posibles planes de invasión a través de la Cordillera de los Andes. La misión requería pies de plomo, mucho tiempo y gran habilidad para no ser avistada por los servicios secretos chilenos, en cuyo caso la cierta estabilidad entre los vecinos cedería ante el encono, y el prestigio del mayor se iría al garete junto a su carrera militar.
En verdad, el peligro de guerra estimulado por la rivalidad histórica era relativo. Pero los Estados Mayores, sin mucho empeño en imitar la del Chaco entre paraguayos y bolivianos en el Cono Sur, apostaban con ese riesgo, a que los diputados y senadores de sus países votasen sin dificultad cuantiosos presupuestos para su milicia. Activo as de esa partida, el “topo” debía agenciarse los contactos que le brindaran informes estratégicos celosamente custodiados. Munido de paciencia y de una tentadora maleta con sesenta y siete mil pesos fuertes, esperaba encontrar su chivato ideal entre la tropa vecina.
El piso ocupado por los Perón en el centro de Santiago era sencillo, y según la costumbre de Aurelia no hubo personal de servicio. Desde allí se veían la Catedral y la Plaza de Armas, perpetuamente unidas a sus peatones y visitantes.
De los trotes junto al Pacífico del nuevo Agregado militar argentino, se conservan varias instantáneas. La más significativa destaca de nuevo su sonrisa inconfundible en uniforme de gala, junto al plantel de la embajada. Se observan varias personas, y él es el más distante; pero su luminosidad es tal que las restantes se desdibujan. Esta es una característica invariable que el Perón uniformado conservará de por vida, merced a las galas de un atrezo que parece inventado para su lucimiento. Es como una segunda piel, que resalta su personalidad desbordante de milico de alma, junto a ese arrollador ímpetu de los que nacieron para fertilizar la Historia.
En tanto esparcía las primeras semillas, empleaba la mejor estrategia para conocer gente y ganarse su confianza. Con ese fin se paseaba muy orondo con “Potota” por el centro de Santiago, acudiendo a recepciones escoltando al embajador Federico Quintana. Y mientras leía “El Mercurio” o los periódicos argentinos que llegaban recién por la tarde, apoltronado en la confitería del club “Ñuñoa”, se bebía barriles de “Panimavida”, una popular gaseosa que le adosó el apodo de “che Panimavida”.
En apariencia su vida social era relajada, pero su rutina laboral empezaba puntualmente a las siete de la mañana, prolongándose a menudo hasta la medianoche. Periódicamente era su mujer (a quien adiestró en el manejo de armas de fuego) quien viajaba en avión a Buenos Aires cargando maletas rebosantes de investigaciones y trabajos, que él le alcanzaba a último momento en la escalerilla del avión. Era el apartado más concentrado y subterráneo de toda la misión. De él dependía el visto bueno de sus jefes y la luz verde para continuar con todo el resto, si bien ese resto era como bailar el Cascanueces en la cima del Aconcagua.
Desde otro ángulo, los virtuales dos años que el mayor revistó en Chile, le agudizaron la mirada política al confrontar dos experiencias de organización de estado, partiendo de límites comunes. El tercer censo efectuado en 1930, declaraba en la república 4.287.445 habitantes.
En el centro de esa década la democracia atravesaba una fase de estabilización, tras la crisis política de los ´20, con su interregno cívico–militar y la presencia del votado Gobierno autoritario y reformista del general Carlos Ibáñez del Campo, finalmente derrocado por las grandes movilizaciones populares de 1931. Entre julio de aquel año y setiembre de 1932, el furioso oleaje cívico militar en medio de la depresión económica desató una crisis de tal magnitud, que en su marejada institucional arrastró el mandato de ocho presidentes.
Tras una brevísima experiencia socialista que duró semanas —encabezada por el Comandante en jefe Marmaduke Grove— y en medio de una enorme balcanización militar, el cargo retornó al firme pulso de Arturo Alessandri Palma, abogado y político perteneciente al Partido Radical (chileno) que había inaugurado un primer mandato en 1920. Luego, el creciente intervencionismo del Ejército y las intrigas de Ibáñez, a la sazón ministro de Guerra, forzaban su renuncia y exilio. Pero los extrañamientos territoriales no eliminarían el patriarcalismo en la política chilena, ni el ascendiente más o menos alternativo de los omnipresentes Alessandri e Ibáñez, en los siguientes cuarenta años.
El primero era un hábil político y agitador de masas del norte industrial, apodado “León de Tarapacá”, por apoyar con gran ímpetu y empuñando una “Smith y Wesson” la huelga de los obreros del nitrato en esa localidad, mientras atacaba a la oligarquía. Ya mandatario se escoró prudentemente a la derecha, conservando posiciones de centro que refrendaban las leyes sociales impulsadas durante su primer gestión. Sin embargo, en 1921 ordenó al Ejército reprimir a sangre y fuego a los combativos obreros que él mismo había agitado, causando 73 muertos y 600 heridos.
Perón llegó a Chile, cuando al borde de sus setenta años el viejo “Leon” había domado al fin a los Cuerpos armados en nombre de la burguesía con medidas de excepción, promediando una segunda presidencia más pacífica, aunque no menos enérgica, en medio de la que germinó un Frente Popular resuelto a ganar las elecciones de 1938. De hecho, fue Chile el único país de América donde acrisoló la fórmula, desarrollada en aquel momento en Europa Occidental.
La clase obrera, encolumnada en la “Confederación de Trabajadores” desde 1936, junto a la pequeña burguesía más influida por la poderosa izquierda socialista y los comunistas, eran la columna vertebral de este frente reformista, que el agregado Militar argentino observó avanzar ante las narices de un Ejército impotente. Alessandri se había encargado de castrar su poderío, oponiéndole una “Guardia Republicana de Carabineros” convenientemente armada en la mitad de los ´30, como medida cautelar para impedir cualquier liderazgo en los pleitos políticos.
En el pasado, los militares chilenos se habían plegado a las tendencias de cambio que ansiaban las clases medias, sin guardar las acusadas fobias antiobreras de los pares argentinos, desde al menos 1907, cuando varios oficiales jóvenes formaron la “Liga Militar”, presionando a los parlamentarios de la oligarquía y arrancándoles algunas reformas sociales descompresivas.
La burguesía chilena no generó un caudillo liberal al estilo de Irigoyen, pero gracias a las peculiaridades del país el entonces jacobino Alessandri desempeñó un rol equivalente, aliándose en un tira y afloja constante a este sector de la oficialidad poco comprometido con la vieja clase política. Así, echó a andar el bloque cívico-militar impulsando reformas sociales con la decisión de modernizar el país.
Ibáñez, oficial nacionalista con acusados matices corporativos, surgió de aquel núcleo, liderando el enfrentamiento con los primeros fracasos de un socio civil que, jaqueado además por los legisladores reaccionarios de la vieja república parlamentaria, había renunciado en 1925 tras disturbios políticos y sociales reprimidos con más de tres mil muertos. Sin amilanarse por las frecuentes masacres que conmovían sus protestas, ya a finales de los años 20 y en parte gracias al desarrollo industrial, los proletarios chilenos contaban con mas de 200 sindicatos, ampliados ya los beneficios sociales a las masas, la educación popular, las obras públicas y las condiciones de empleo. Todo fue acordado por Ibáñez a cambio de una tolerancia política poco amplia hacia los comunistas: perseguidos, deportados y, en no pocas ocasiones, torturados o asesinados.
El subsiguiente desarrollo económico de Chile llegó a ser espectacular durante tres años. Pero el crac financiero sumó malas nuevas a la economía de un territorio que dependía de sus menguadas exportaciones minerales, en manos de empresas multinacionales. La crisis que liquidó al civil Irigoyen en la Argentina, hizo otro tanto en 1931 con este militar —formado como Perón por los instructores prusianos que modernizaron el Ejército chileno–, al que también le toco el turno de exiliarse en Buenos Aires hasta principios de 1937. El agregado militar tomó nota de las reformas sociales impuestas por Ibáñez y Alessandri sin pasar por alto la sinuosa táctica de ambos, coincidente en puntuales aspectos con las que empleó luego.
Los iniciales años ´30 fueron muy duros para las naciones del continente y no perdonaron a Chile, que soportó altísimas cotas de paro y dramáticos retrocesos en las exportaciones del cobre, tanino, nitrato y carbón; sus mayores riquezas en un mundo atenazado por el retroceso de sus fuerzas productivas. Alessandri no se amilanó y con la ayuda del economista Gustavo Ross, junto a la tranquilidad militar que le aportaron la creación de la“Guardia Republicana” y el profesionalismo del circunspecto general Oscar Novoa, desarrolló planes industrialistas, subiendo los aranceles a productos importados que muy pronto fueron reemplazados por manufacturas nacionales con las que se abasteció al 97% del mercado.
Para fortalecer las arcas estatales, gravó además la exportación de minerales y monopolizó las divisas extranjeras, obligando a los exportadores a vendérselas a un precio bajo para luego beneficiar las arcas del Estado con su venta a otro más elevado.
La burguesía chilena apoyó sin reservas estas medidas claramente intervencionistas, que duplicaron en pocos años el parque industrial y expandieron a una clase obrera organizada en sindicatos legales, amparados en su funcionamiento por las leyes dictadas en los años ´20.
El gobierno del último Alessandri era fuertemente presidencialista, según una nueva constitución promulgada en 1925, que había eliminado la vieja omnipotencia del parlamento; aunque sus ramalazos autoritarios de caudillo latino no vacilaran en reprimir rebeliones campesinas, como la provincial de Cautín, donde sus carabineros masacraron a más de cien ocupantes de tierras. La instauración del Estado de excepción y el cierre congresual por tres meses con el fin de eliminar una desestabilizadora Huelga ferroviaria, fueron medidas complementarias que aseguraron la paz social mediante el consabido chaleco de fuerza.
Pese a las dificultades que conoció este segundo asalto presidencial, los planes ordenancistas del caudillo navegaron viento en popa desde la segunda mitad de los años ´30, cuando las riquezas minerales de Chile dispararon sus precios gracias al crecimiento de la demanda externa. Con el auge exportador se consolidó el mercado interior, dinamizándose el sector de la construcción y mecanizándose el campo, que en un 20% extendió las tierras cultivables. Paralelamente se regularon los precios de los productos básicos para el consumo popular, a través de un organismo heredado de la fugaz “República Socialista” del comodoro Grove.
Sin embargo, tras la fachada de progreso que ofrecían los organismos gubernamentales, un estudio de la “Sociedad de Naciones” sobre la economía y la sociedad había hecho público un dato escalofriante: el 75 % de los chilenos recibía una alimentación deficiente.
El mayor Perón tomó nota de las medidas industrialistas y de las maniobras financieras estatizantes de Alessandri, así como de su maquiavélica actitud, siempre a caballo entre los terratenientes, la burguesía industrial y las clases populares. Tampoco pasó por alto el factor de riesgo que comportó para las ambiciones de poder de un militar y la buena salud de los cuerpos armados, la presencia de un caudillo civil implantado en la sociedad. Por ello, y sin dejar de estimar la habilidad del mandatario Perón se identificó mucho más con el general exiliado, y así lo acreditó, cuando ya ejerciendo la Presidencia de la Nación por segunda vez, el anciano Ibáñez retornase al poder constitucional en 1952.
El capítulo de sus relaciones con los pares vecinos dieciséis años antes resultó óptimo, debido a la común raíz prusiana en la formación de los dos ejércitos y en los lazos que sin duda estableció, con una tendencia ibañista que, pese al exilio del jefe y tener que obrar en continuo repliegue ante el celo presidencial, oscilaba entre el populismo de su inminente adhesión al Frente Popular y la admiración por los regímenes autoritarios de Hitler, Mussolini y Oliveira Salazar. Ésta dispar fusión de ideologías opuestas, sería eje central de la llamada “Doctrina Peronista” y el credo personal de su líder.
La evaluación de la política y la sociedad en el país trasandino fueron de gran utilidad para la formación de Perón, aunque a tal efecto se mencione más a menudo su experiencia posterior en Italia.
Por lo pronto, había descubierto un Estado dispuesto a paliar los peores efectos de la miseria de las masas, y a un Ejército que en su momento supo jugar un papel algo más avanzado que el de sus pares argentinos. Por eso declara en 1944 ante periodistas chilenos: “que la legislación social observada en su país durante su agregaduría militar influye en su gestión como Secretario de Trabajo y Previsión”.
Empero, la diferencia social real entre los cultivados amos de la tierra y los peones agrarios, era en el fondo semejante a la de Argentina y Brasil; aunque al igual que en este último país, la oligarquía y sus personeros no constituían —como en la tierra de Perón—, una fuerza política dominante y excluyente. En la comparación, los medios materiales argentinos, tan superiores en la época a los de Chile o a los del gigante carioca, resultaron a éste oriundo de la pobreza cruelmente fastuosos y peor empleados que en el caso de los vecinos atenuando la miseria de las masas. El eterno contraste entre pobreza y opulencia, su vieja obsesión heredada de la infancia y reflejada palmariamente en los cuarteles, los campos y los talleres de su patria, sería pues un tema cotidiano al que siguió enfrentado el agregado Militar; conquistado durante más de dos años por aquel sencillo pueblo que en poco tiempo lo había vuelto cosmopolita.
¿Qué diferencias de fondo, separaban al “roto” chileno del “croto” argentino, en el alfabeto de la miseria a la que les relegaban la injusticia de los poderoso de allá y de aquí? ¿Qué distanciaba físicamente a unos de los otros, sino fronteras que debían fundirse en una sola nación, emergente y altiva frente a oligarcas e imperios a cuya voracidad sería menester poner coto mediante la unión de los pueblos?
Su panegirista oficial Enrique Pavón Pereyra exalta este aspecto americanista (a menudo bastante idealizado) al referir un interés permanente por los problemas cotidianos de las mayorías populares, cuya tradición política y sindical es aquí masivamente socialista, a pesar de haber nacido parcialmente impulsada por el comodoro Grove, primer presidente de la formación que luego llevó al poder a Salvador Allende.
Empeñado en proteger a los pequeños lustrabotas y canillitas que merodean por el centro de Santiago, Perón les alquila un local para que practiquen deportes. Casa dentro de las aficiones que ya vimos reflejadas en el personaje y su tendencia a proteger, desde su investidura, a los que siendo aún débiles, sembrarán el camino del futuro. La actitud amistosa hacia la tierra que lo hospeda asoma también en los discursos que debe pronunciar en sus fiestas patrias. Independientemente de una misión concreta que le obliga a espiar, Perón es (como Alessandri) un entusiasta teórico de la fraternidad latinoamericana (en éste caso, bajo control argentino) y en la verba de aquellos días el protocolo cortés y frío de sus predecesores enmohece, ante el vigor de enunciados que arriman en vez de enfrentar, sentando un precedente de notable habilidad diplomática en un militar.
El rasgo es uno de los más marcados y trascendentes de su personalidad, anunciando envolventes relaciones con países vecinos y otros afectados por la Guerra Mundial.
En ocasión de celebrarse un nuevo aniversario de la independencia, el estado mayor del ejército lo invita a disertar sobre su tema favorito: la estrategia. Los oficiales de la guarnición de Santiago quedarán muy impresionados, y el profesor de Historia de su Academia de Guerra no duda en calibrar su talla, ensayando una profecía con estas palabras: “El magnetismo que irradia la personalidad del señor agregado argentino le ligará, tarde o temprano, a un destino político. En él hay algo más que un cerebro bien organizado; hemos escuchado a la cabeza visible de un pueblo”.
Ésa cabeza política estaba todavía lejos de visibilizarse, pero los deseos existían embastándose con un mérito profesional que apuntalaba su carrera militar, junto a grandes ansias de protagonismo. Los esfuerzos iniciales y el prestigio ganado en la nueva misión se vieron recompensados, de momento, con el ascenso a teniente coronel el 31 de diciembre de 1936, mientras en Buenos Aires nuevos disensos militares que ahora no provenían del irigoyenismo insurreccional, se manifestaban ya con cierto ímpetu.
En los primeros días de Chile había podido leer la encendida carta abierta que su amigo, Fasola Castaño, dirigió al presidente Justo luego de pasar a la reserva. Herido como ya se ha dicho en septiembre del ´30, alcanzó el generalato, pero las secuelas de aquellos balazos en la pantorrilla interesaron zonas motrices y su salud declinó con el tiempo, en la proporción que crecía su indignación ante la situación política y social del país. Las frases destinadas al inventor de la “Concordancia” constituyen una radiografía de la infamia, en la que no se priva de llamarlo “presidente de la oligarquía” e “hijo espurio del 6 de setiembre”.
Pero además de denunciar el fraude patriótico y las maniobras del mandatario con políticos venales, éste maestro ideológico de Perón anticipa conceptos que su alumno desarrollará luego.
“Si el pueblo supiera que V.E. tortura sus horas e interrumpe su sueño pensando en sus problemas y lo viera luchando titánicamente como lucha el presidente Roosevelt para resolver los suyos, lo seguiría como a un redentor, con la fe y la esperanza de un apóstol. El señor Irigoyen, con todos sus defectos, tenía esa virtud: parecía condolerse de los males de los humildes, y a su manera, les tendía la mano cada vez que ellos acudían a él. Por eso reinó y manda todavía desde su sepulcro en algunos corazones argentinos. ¿A qué humildes tiende usted la mano?...”.
Justo reacciona y en pocas horas ordena su arresto, ampliado en medidas que alcanzan a suspenderlo un año del servicio en reserva, sin goce de sueldo y con prohibición de usar el uniforme.
Pero Fasola Castaño no era el único general díscolo. El jefe del EM del Ejército, Ramón Molina, diserta sobre la situación política y social del país, reclamando mejoras para las clases humildes además de una serie de medidas que contemplen el interés nacional en el comercio exterior y el tema del petróleo. Molina es uno de los oficiales con más prestigio y se sabe que simpatiza con los socialistas y el radicalismo. Consciente del peligro que lo amenaza por su izquierda el presidente lo destituye, arrestándole dos meses en un buque de la Armada, sin llegar a los extremos empleados con Fasola. Empero, ambos casos son claros ejemplos del ensañamiento con el que el amo del poder premia la sensibilidad social de sus camaradas, apoyándose en la desvertebración política de la sociedad argentina.
Perón respeta de lejos a Molina, otro de sus maestros militares. En cambio aprecia a Fasola desde más cerca, y de inmediato le escribe.
“Siempre he creído, mi general, que los hombres no pueden atarse a un incidente de su vida. Los tropiezos son obstáculos para algunos hombres. El hombre de los valores reales encadenará siempre algo de las veleidades de su propio destino a su voluntad; hará y vivirá su vida por encima de las miserias fisiológicas y morales. El éxito, el triunfo y la gloria están muchas veces ocultos en caminos que jamás se nos hubiera ocurrido recorrer; para alcanzarlos se necesita EL HOMBRE, NO LOS HOMBRES”.
De nuevo se dirigía a otro pensando en sí mismo. En la simbiosis establecida con el superior, los elogios y sugerencias dirigidas le retornaban. El antiguo mentor, enfermo y lleno de amargura se había quemado para siempre en el patio de casa. En cambio, su protegido del EM hacía patria en la casa de al lado, sumando un mérito profesional francamente prometedor al serle otorgada por el gobierno chileno la Gran Cruz de O’Higgins. Al tiempo que ésta cruz pendía de su pecho, otras menos honoríficas sembraban la historia del otro lado de los Andes. La honda penuria popular agitaba el avispero social en aquel año de emergencia obrera y popular en Buenos Aires, con una huelga general en enero, un primero de mayo de masas en la calle, y el eco de sus disensos militares apuntando desgarramientos en un orden que, pese a todo permanecía inconmovible.
Perón se había solidarizado con discreción y a través del correo con el desuniformado general, sin atacar abiertamente a Justo. Él también resultó defraudado por la larga astucia del más zorro entre los modernos generales del Ejército, pero ahora estaba lejos y en comisión, felizmente inhabilitado para intervenir en las polémicas interiores de las FFAA y sometido a las decisiones de un nuevo ministro de Guerra: el general Basilio Pertiné.
Con la muerte de Rodríguez había desaparecido otro de sus valedores de mayor peso. Su reemplazante no era precisamente hostil a Perón, aunque tampoco le dispensó los favores del finado. Pertiné era un aristocrático mandón que había desempeñado en el Berlín de los años diez las mismas funciones que él en Chile, constituyéndose poco después en uno de los pilares del proceso de prusianización en la formación militar. Su prestigio nacionalista y las simpatías por Alemania no le impedían llevarse bien con Justo por la vieja amistad que los unía; factor generacional muy importante en los asuntos internos de la institución.
Pertiné era para el presidente un miembro algo atípico de su equipo centrista. En materia de alianzas políticas o militares se mostraba contemporizador con las variantes de centro y aún con las de derecha; frente a las que tenía la partida ganada de antemano, valiéndose de ellas para equilibrar cualquier emergencia por su izquierda. Por eso toleró durante tantos años la oposición sostenida del coronel Juan Bautista Molina, encabezando desde el fundamentalismo labores conspirativas que al fin habían deflagrado sin pena ni gloria en 1937. En la emergencia, Justo ni siquiera se tomó el trabajo de expulsarlo del Ejército y aplicando una perversa estrategia lo ascendió a general, al tiempo que lo destinaba al arma de Ingeniería, lejos de cualquier cuartel importante y sin mando de tropa. Molina llegó a presidir poco después el “Círculo Militar”, conservando su pálido rol como referente visible del fascismo “ligth” en las FFAA.
Ante un personaje de tales características, la figura del general-Presidente se veía comparativamente reforzada. En cambio, Fasola o el liberal de izquierdas Ramón Molina ponían sobre el tapete asuntos más conflictivos y peligrosos para la estabilidad de su tinglado.
Durante el verano de 1937, el espabilado mandón resolvió restar peligrosidad a sus rivales, afilando el dedo índice en busca de un sucesor civil que le cuidase el rancho durante seis años, tras los cuales pensaba volver. Entre tanto, el nacionalismo castrense seguía avanzando en los países vecinos. Con su soporte, la dictadura populista de Getulio Vargas había inaugurado en el Brasil de 1937 la etapa del “Estado Novo”, adaptación portuguesa de signo abiertamente corporativo.
En México, el general Lázaro Cárdenas ponía fin al caudillismo “revolucionario” del general Plutarco Elías Calles y sus predecesores, entre los cuales el más destacado fue el general Álvaro Obregón, ultimado por Calles en uno de los trágicos episodios que marcaron el turbión político durante los veintes. El viejo orden porfiriano había sido liquidado, pero las disputas entre caudillos militares partícipes de la revolución impedían estabilizar un nuevo régimen.
Cárdenas (a quien los humildes llamaban “El Tata”), elegido por voto popular en 1934 bajo el padrinazgo inicial de Calles, deportó a su protector a la Habana e inició un democrático proceso de consolidación de la nueva burguesía azteca, en alianza con los políticos civiles y los sindicatos obreros y campesinos, subordinando al Ejército con ayuda de los generales Joaquín Amaro Domínguez, Miguel Henríquez Guzmán y Manuel Ávila Camacho. El primero profesionalizó los cuarteles, el segundo reprimió con energía la rebelión derechista del general Saturnino Cedillo y el tercero sucedió a Cárdenas, una vez finalizado su mandato en 1940.
La creación del “Partido Revolucionario de la Revolución Mexicana” (PRM) —luego llamado “Institucional” (PRI)— apartó al país de las crisis militares que asolaron las tierras americanas durante el siglo, sin alejarlo de la baja política y la corrupción que sucedieron a Cárdenas, ya insinuadas durante el mandato de Ávila Camacho.
Los pequeños países que limitaban con Argentina no estaban eximidos de frecuentes convulsiones político militares. En Bolivia el presidente Salamanca debió ceder el poder a Tejada Solórzano, y éste a su vez fue derrocado por los coroneles David Toro y Germán Busch, animadores de un tibio programa de estatizaciones petrolíferas y minerales. Otro amago de solución política en Paraguay la procuró el coronel y héroe del Chaco Rafael Franco, mediante la implantación de una dictadura con rasgos asistencialistas, que fue derribada por la poderosa influencia de Buenos Aires.
En 1934 y más al norte, el sociólogo nacionalista José María Velasco Ibarra ganó las elecciones en Ecuador, pero fue expulsado por el ejército al querer imponer una dictadura populista. Lo sucedieron dos civiles breves hasta que los uniformados designaron presidente al ingeniero Federico Páez, que matizó el nacionalismo con algunas medidas sociales beneficiando a obreros y campesinos. Al ser derrocado en 1937 lo continuaron hasta 1940 siete mandatarios, que totalizaban 14 contados desde 1931.
El Perú se había estabilizado a medias desde 1933 mediante la dictadura del general Benavides, gracias a ciertos avances en la legislación social y la protección a los indígenas, a quienes se otorgaron tierras cultivables. La presión del APRA y su caudillo Haya de la Torre desempeñó un importante papel en los aspectos avanzados de un régimen que concluyó con las elecciones generales de 1939.
En Uruguay, donde la inversión de capital británico llegaba ya en 1910 a los 44.000.000 de libras esterlinas, el período democrático impulsado a comienzos de siglo por Luis Battle y Ordóñez se interrumpió unos años a partir de 1933, cuando los generales Terra y Baldomir reajustaron las cláusulas políticas hasta la nueva Constitución de 1942; si bien este interregno autoritario —comparativamente moderado— está lejos de parecerse al de otros países del área.
A medida que se avanzaba hacia al norte, las dictaduras militares latinoamericanas o sus remedos civiles tenían un carácter más represivo y francamente pro imperialista.
Rafael Leónidas Trujillo y Anastasio Somoza, eran en la República Dominicana o Nicaragua, auténticos legados consulares de una invasión armada. En lo concerniente al general salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez, el guatemalteco Jorge Ubico, el hondureño Tiburcio Carias Andino y el venezolano Juan Vicente Gómez, eran meros representantes del poder discrecional de la “United Fruit Company” o el de las grandes haciendas de los oligarcas nativos.
Sin duda la dictadura militar con mayor arraigo, pese a su carácter caótico y casi impersonal ofrecido por la brevedad de sus mandatarios, era la de Haití; media isla donde la miseria nacional compartía espacio con frecuentes incursiones punitivas de tropas dominicanas, intentando frenar el ingreso masivo de famélicos haitianos fugitivos de su infierno desde la frontera común.
Las secuelas de la invasión norteamericana habían facilitado en Cuba el ascenso al poder de Gerardo Machado, uno de los déspotas más sangrientos de la zona. Éste gobernó largos años apoyado por la “Enmienda Platt”, autorizando la presencia de gobernadores yanquis, siendo derrocado finalmente en 1933 por el sargento Fulgencio Batista, taquígrafo del Ejército. La enmienda colonial fue derogada en acuerdo con la administración Roosevelt, mientras Batista, ascendido a coronel saltándose seis graduaciones, manejó desde entonces los hilos de fugaces presidencias hasta asumirla directamente en 1940.
Frente al convulso panorama político y militar del nacionalismo en los alrededores, y la subordinación a EEUU de los países del norte y centro, salvando a México y en parte Cuba, Costa Rica y Colombia; la estable dictadura “liberal” de Justo había sentado un precedente contrario y casi balsámico para los negocios de la oligarquía argentina y su cohorte política. El problema que enfrentaba hacia el fin de su mandato era perpetuarlo conservando su registro espurio.
Los dilemas de Perón en Chile eran otros. Debía obedecer, actuando con enorme confianza en sí mismo en un delicado operativo desde su nuevo grado militar, para llegar más adelante a coronel, y después a general. ¿Realmente, todo terminaría allí?...
De aquel periodo tan poco mentado en su vida, sobrevivieron dos testimonios significativos que nuevamente aporta Tomás Eloy Martínez en “La Novela de Perón”.
“Lo conocí muy de cerca”—evocó mucho después la hija del embajador, María Teresa Quintana.
“Papá le profesaba un espontáneo afecto. Aún retengo su imagen fresca y patente. Era un hombre chispeante y sumamente refinado...Cuando partió se le brindó una despedida excepcional en la Embajada, a la que asistió el propio canciller chileno. Por esos días llegó el nuevo agregado militar, Mayor Lonardi. No era tan brillante como Perón y mi recuerdo de su estampa es vago. Por candidez o torpeza se vio luego enredado casi de inmediato en una historia de espionaje que afectó mucho a papá”.
La historia que afectó tanto al embajador dañó muchísimo más a Eduardo Lonardi, y sus ecos pervivieron durante casi dos décadas afectando por acumulación de otros factores el destino de Perón.
Antes de abordar el incidente, convendrá citar otro testimonio sobre el futuro Líder de los trabajadores argentinos. El de la esposa del cónsul en Chile, Enriqueta Ortiz de Rozas de Ezcurra.
“Se creía superior y pensaba que podía llevarse el mundo por delante. La embajada era por entonces un club de amigos: Ludovico Loizaga, Tulio de la Rúa, Adolfo Beccar y Federico, el embajador, con quien Perón tuvo un horrible incidente... Él lo invitó a comer. Todos fuimos vestidos de gala. Las damas de “soirée”. La mujer de Perón ¡pobre! resultó un fiasco. Era una cosita insignificante. Yo, de puro curiosa le pregunté qué impresión se había formado de nuestro cuerpo diplomático. Me contestó que a nuestros maridos los enviaban al exterior más por sus apellidos y relaciones que por sus reales conocimientos.”Hay muchos asnos sueltos”, dijo. Para rematar la frase con un: “Yo los arreglaría con un mes de instrucción militar...”. Con ademán elegante, el embajador nos insinuó que pasáramos por alto el atropello”.
Las dos semblanzas sobre la vida social de Perón en Chile se contradicen en apariencia.
El primer testimonio es fiable cuando puntualiza el afecto de su padre por él, correspondiendo además, con el talante del mayor hacia ambos. Es “un hombre refinado y chispeante” con quien le estimula ésas cualidades. Por lo general ninguno de los aristócratas que trató en su juventud de espadachín lo hacía.
Resultando ejemplar peculiarmente intuitivo a la hora de captar a las personas, quizá no era tan empeñoso a la hora de prodigarles afecto. En cambio, con bastante frecuencia podía ser atento, gentil y encantador. La hija del embajador completa sus recuerdos con una percepción de Eduardo Lonardi, coincidente con la que finalmente recogió la historia.
La Ezcurra critica en cambio duramente a Perón, muchos años después, probablemente influida por hechos muy posteriores al incidente en la legación. Pero la respuesta que pone en sus labios ante la interesada pregunta de la interlocutora, coincide con la fobia del personaje por la holgazanería de ciertos petimetres de doble apellido y escaso mérito profesional. En ellos, el mayor ya veía a los oligarcas que gobernaban fraudulentamente gracias al servil laissez faire de las FFAA, y ante los cuales era imposible refrenar un desprecio, que justamente le había sumado algunos enemigos cuando practicaba esgrima en el “Jockey Club de Buenos Aires”.
Con buen instinto de clase, la mujer del cónsul advirtió que detrás del “refinamiento y la brillantez” que apuntaba la señorita Quintana, había un fuerte carácter; poco conciliador con ejemplares que le rodeaban despreciando a su ejemplar y sencilla Aurelia; maestrita de párvulos tan piadosa con los niños desamparados, como entonces afectada por la muerte de su madre.
Las futuras batallas de Juan Perón contra la oligarquía argentina ya estaban presentes en aquellas escaramuzas de alto vuelo.
El “elegante ademán” de Quintana ante el exabrupto del agregado con la dama, fue el adecuado en un profesional de la diplomacia. Pero como padre de una hija inteligente y bien criada, estimaba las virtudes de aquel mayor, que constituía un lujo para la embajada y ante el cual los oficiales y diplomáticos que enviaba Buenos Aires no daban la talla, ni por asomo. En 1945, el hijo varón de Federico Quintana, diplomático de carrera, fue nombrado Encargado de negocios en España por el antiguo agregado militar; en estas fechas coronel y hombre fuerte del gobierno argentino...
La historia que en Chile terminó afectando tanto al embajador e hizo temblar la carrera de Lonardi, la había preparado con sigilo su antecesor en el cargo contactando con Diego Arzedo, que era el representante del sello “United Artists”, y con el ex miembro del Ejército Carlos Hainez. A su vez, obtenía éste la información a través del capitán Llabaca. Las tratativas giraron en torno a lo que el argentino esperaba comprar: copias microfilmadas de documentos originales de la Fuerza Armada chilena, documentando su actual potencia y sobre todo sus invariables proyectos anti argentinos. El plan dispuesto preveía que Perón fotografiase el material con una “Contax” en la embajada y pagase a Hainez con el dinero aportado por su EM. A él le importaba cerrar brillantemente la operación para impresionar una vez más a su superior, Abraham Quiroga, un duro general que sólo apreciaba la máxima eficiencia en los subordinados, y que por cuestiones envueltas en una formalidad imbécil ya le había apercibido en el pasado. Pero pocas semanas antes le llegó una extraña orden de retorno impartida por el ministerio de Guerra. Por la misma, su presencia en Chile tendría que remitirse a detallar el operativo a su reemplazante, para que éste lo ultimase.
El súbito cambio en los planes del alto mando argentino no está clara. Sin embargo Perón no fue relevado por incompetencia ni solicitó un cambio de destino, aunque varios historiadores insistieron durante años en este punto, arguyendo hábiles maniobras con sus superiores en previsión de un fracaso.
Nada de esto parece tener consistencia. En cambio la adquieren el empirismo y los caprichos de un alto mando menos homogéneo y técnico que en tiempos de Manuel Rodríguez. O bien la necesidad de resguardar a un oficial de Inteligencia del EM, probado en la riesgosa misión secreta de Paso de los Libres y apreciado como cuadro de reserva estratégico por sus jefes. Allí entra en escena el mayor Eduardo Lonardi, que acompañado por su mujer, Mercedes Villada Achaval, llega en tren a Santiago, fraternizando de inmediato con los Perón.
La distancia del país y la camaradería, sumados el grado y hasta la edad común de las parejas, les llevó a un buen trato que duró varias semanas. “Potota” y “Mecha” estaban encantadas entre sí, con aquellos maridos desfilando tan apuestos con sus uniformes por las alamedas que bordean las calles de Santiago.
Nada permitía adivinar entonces lo que preparaban los signos del destino entre Juan Perón y Eduardo Lonardi. Entre tanto, la inteligencia militar chilena había conseguido infiltrarse en el grupo de Hainez a través de Llabaca, y estaba al tanto del montaje, pasando al traidor falsos cebos sin detenerlo. Querían ver llegar la sangre al río para conmover al gobierno del“León de Tarapacá”, empeñado en no soltar un cobre a sus militares debido a las pésimas finanzas del Estado y a su permanente voluntad de someterlos. El cambio de agregado criollo en la embajada los desorientó por su pulso controlado. Duró dos meses largos, en los que el agregado saliente ajustaba las tuercas finales de operativo con el entrante.
Los oficiales trasandinos pronto advirtieron que este oficial era la contra cara del “che Panimavida”. Su perfil sobrio y cierta sencillez en las maneras de aquel hijo de un organillero, delataba un origen equivalente al de Perón. Como él, era además nacionalista, pero las semejanzas concluían donde empezaba su casamiento con una cordobesa de rancio abolengo, y una actitud más distante respecto de su entorno, a lo que agregaba un carácter apagado. Esa impresión dejó en la hija del embajador y será coincidente con la que la historia registró por breves semanas, y con mayúscula dieciocho años después.
Fuera de matizaciones, Eduardo Lonardi gozaba entonces de una merecida reputación como circunspecto oficial del EM, y disciplinadamente procedió a completar la misión con seriedad; o al menos lo intentó aquel penoso 2 de abril de 1938 en compañía de Hainez y Arzedo; aunque nadie aclaró porqué la reunión final se hizo en casa de este último y no en la Embajada, que era un lugar seguro.
Según el exiliado de 1966, se debió “a un error de Lonardi y en aquel momento arruinó el operativo”. La muy posterior versión de Hainez asegura que Perón convino que su reemplazante acudiría con el dinero “adonde vaya usted con los documentos”. Informes más fiables determinan el remate de la maniobra chilena a través de amenazas a Hainez por el contraespionaje. Su jefe, el general chileno Carlos Fuentes apareció luego en el preciso instante en que el mayor Lonardi apuntaba el objetivo de su “Contax” sobre papeles falsos —sobre los que se había sellado un fantasioso “Plan de la guerra contra la Argentina”—, y con una maleta conteniendo los sesenta y siete mil pesos fuertes entre sus piernas.
A esas horas Perón y su mujer llegaban a Buenos Aires con un flamante “Packard” rojo sangre, comprado en Chile gracias a las franquicias diplomáticas, enterándose del traspié y captura de Lonardi y sus contactos. Desde la prensa chilena se denunciaba a bombo y platillo el complot argentino, mientras sus vecinos difuminaban un gran escándalo que sólo el arbitraje inglés en el canal de Beagle fue atenuando, hasta que nadie se interesó en volver a mencionarlo. No obstante, la realidad se oscureció para Eduardo Lonardi.
Deportado en 48 horas a Buenos Aires por orden del presidente Alessandri, permaneció detenido quince días y por de pronto se le abrió un expediente disciplinario, tentándose la posibilidad de someterlo a un tribunal de honor. El EM creía que había obrado “con falta de resguardo e iniciativa personal” y el general Quiroga, cuya furia limitaba con el infierno, lo calificaba de“imprudente”, estimando que había“provocado un peligroso estado entre las relaciones entre los dos países”.
Rebasando las torpezas ciertas o imaginarias, el pobre oficial era la víctima de una farsa, de la que Perón —al que una carta girada desde Buenos Aires a Hainez de hecho incriminaba—, fue excluido por los trasandinos. En medio de las rivalidades que imperaban entre Chile y Argentina en aquellos años, nadie podía tomarse en serio que los servicios de inteligencia de los dos países fueran inoperantes ante el menor movimiento de un agregado militar. Todo el affaire comportó el nuevo fuego de artificio en medio de una chapuza, para que los vecinos se enseñaran los dientes y después volvieran cada uno a su rutina cuartelera más armados y fortalecidos como corporación. Lonardi quedó en cambio resabiado con el predecesor, cuyo prestigio permanecía inmaculado.
Si bien las causas de su posterior liderazgo “libertador” derrocando a Perón en 1955, no se remiten a lo ocurrido en Chile; desestimar la envidia y frustración de este perdedor frente al brillante camarada —librado del escarnio por un azar providencial [y el probable silencio de su amigo, el comprensivo Alessandri]—, ayuda a explicarlo mejor.
Es imposible saber, si de no ser reemplazado, la habilidad de Perón lo hubiese salvado el 2 de abril en Santiago; aunque por lo conocido, parece difícil.
En cualquier caso, el temible Quiroga había expedido un muy favorable informe anual de 1937 sobre el flamante teniente coronel, y éste se dispuso a recibir nuevas órdenes, sin imaginar lo que en muy poco tiempo le traería el crudo invierno de 1938...