miércoles 8 de julio de 2009

A PROPÓSITO DE HAMLET, ZEFFIRELLI, GIBSON Y CLOSE.

La carátula videográfica de una cinta memorable.

Al redactar estas líneas confieso haberla visionado en dos ocasiones. La primera en el cine, en épocas de su estreno; la última el pasado domingo.

Probablemente yo haya consumido la versión de Laurence Oliver diez veces o más. El deleite fue tan enorme que conservo su formato en DVD, para volver a ella ni bien me apetezca.

Pero la de Franco Zeffirelli es deslumbrante y abrasadora. Se conjugan en favor de tanta pasión narrativa, varios factores. El de una pieza teatral que es joya mayor entre las mayores, brinda el marco adecuado. La atmósfera y los diálogos de Shakespeare siguen vivos, señalándonos cimas de ambición, crimen y engaños como propios de la naturaleza humana.

Su Hamlet cinematográfico se une el espíritu de la venganza frente a todo ello. Si en la versión de Oliver la sustancia británica y algo circunspecta del autor se preserva en una puesta en escena eminentente teatral, digna del talento del gran actor y sus grandes camaradas de escena, en Zeffirelli, se agrega al dramatismo clásico del Gran Bardo el torrente de sangre latina que enciende aún más la tragedia del texto.

A la presencia de un Mel Gibson extraordinario, desvelándonos tensión creciente y especial vigor, matizado por cuotas elevadas de tormento y rebeldía en cada parlamento, se unen la gran Glenn Close, más erótica y vulnerable que nunca en su papel de Gertrude, una madre traidora e incestuosa desde el fondo de un alma tan turbia como frágil en decisivos instantes.

Alan Bates, representando a Claudio, tío de Hamlet y asesino de su padre -el noble monarca de Dinamarca (fantasma que escenifica con propiedad el veterano Paul Scolfield)-, está a tono desde el primer fotograma, cuando su rostro en contrapicado ante el cadáver funerario de su víctima semeja el de una fría estatua de piedra.

Quizá desentone ante estos tres grandes intérpretes Helena Bonham Carter componiendo una Ofelia desprovista de encanto, con su cara de pequeña manzana golden. Oteando sus tenues remilgos echamos sin duda en falta el supremo atractivo de una joven Jean Simmons.

En cambio, la Close supera en atractivo a su ilustre antecesora, Dame Judith Anderson, gran figura teatral a juego con la cierta gelidez de Oliver; aunque menos impactante. Notable villana en "Rebeca", esta trágica de la escena británica no proyecta ni un ápice de turbio erotismo. Quizá su condición de lesbiana se lo impida, aunque haga juego con el pulcro despliegue escénico de su colega de rodaje y director.

En Zeffirelli el marcado acento vengativo del héroe se une a la pasión incestuosa por la Reina Madre, redimida gracias a Shakespeare hacia el desencadenamiento de la tragedia final y sus víctimas.

La flojedad de esta Ofelia acentúa el contraste del personaje entre una y otra versión, reflejando el único desnivel dramático que se percibe en el filme.

El apasionado beso en la boca que se brindan Gibson y Close tras una escena de gran tensión, plena de reproches y morbidez, apenas amaga una distante mueca de cariño entre él y la Bonham Carter. Es probable que la homosexualidad de Zeffirelli haya acentuado el rush entre madre e hijo, amortiguando el pálido ensayo entre el novio y su prometida sin revelársenos por ello misógino.

Personajes secundarios de envergadura como Polonio (el fisgón padre de Ofelia, muerto involuntariamente por Hamlet), y Horacio (amigo del alma del héroe), reconocen respectivas (y excelentes) interpretaciones de Ian Holm y Stephen Dillane.

Hay otro factor a destacar, y el mismo radica en la clara influencia que Orson Welles y sus versiones de "Macbeth", "Otelo" y "Campanadas de Medianoche" (compendiando esta última tres obras de Shakespeare) han desempeñado en el enfoque estético del director peninsular, de por sí algo flojo en la tan comercial "La fierecilla domada" (sirviendo a Elizabeth Taylor y Richard Burton), o las más artísticas "Hermano Sol, hermana Luna" y"Romeo y Julieta".

Aquí, los sabios chiaroscuros domeñan por instantes el color estableciendo un precioso equilibrio entre drama y escenario.

La atmósfera del filme es sombría e impactante, propia de un cine de alta calidad. La música de Ennio Morricone mima una vez más el celuloide con espléndidos acordes a tono con la tragedia y sus momentos culminantes.

Estimo que insertaré de nuevo este Hamlet supremo y emotivo muy pronto en mi DVD. Esta clase de néctares merecen ser degustados entregando la voluntad y el interés. No creo que la presente mirada fílmica del atormentado Príncipe, morador sombrío del castillo de Elsinor, sea superada en muchas décadas.

De momento lo han probado Kenneth Branagh y su bostezante ensayo.

Hoy considero, pese a las alteraciones que Zefirelli introduce en la estructura teatral y el desarrollo original de la pieza, que el suyo es el mejor Hamlet del cine. Imagino que, de revivir Shakespeare, lo aplaudiría calurosamente...






EL CONSIGLIERO DE BERLUSCONI Y SUS PRONTAS RESPONSABILIDADES.

Hételo ahí, a Paolo Vasile, el "Padrino" y Delegado supremo de Telecinco.

Ayer noche desde el feudo berlusconiano se perpetró otro atentado contra la cultura. Quizá sea el mayor del hasta hoy conocido en cualquier emisión.

Corrió a cargo del abominable Risto Mejide, experto en vaciar el intestino en sus juicios sobre los concursantes, profesores, y colegas del Jurado.

En la ocasión, el vertido se centró en la homofobia militante, al más rabioso estilo nazi.

Sostener que los jóvenes concursantes "chupaban el culo" de sus profesores comportó una de ellas. La segunda cargó contra Llacer y su gente, reprochándoles usar a los chicos como objetos de excitación sexual en vez de alquilar "strippers" para saciar sus instintos. En el tercero y más bestial de todos les previno sobre los agujeros que se tapaban en el área docente del concurso.

Aquí es dónde la paciencia de Jesús Vázquez se agotó. El presentador, notable profesional, Alto Comisionado de la ONU y gay dignísimo, cargó contra el miserable esgrimiendo argumentos contundentes.

Ponemos punto final a la reseña de un evento degradado, con alumnos desanimados -y constantemente sometidos al terror de galas, que Mejide manipula a voluntad sin que nadie lo eche-, destacando a su auténtico valedor.

Pues sin la aquiescencia del antropólogo y "Padrino" Vasile, esta manifestación de incultura y falta absoluta de respeto por concursantes, Academia, especialistas del Jurado y una audiencia mayoritariamente joven, no sería posible.

De cara a la juventud española y su formación, el ejemplo no puede ser más nefasto. Operación Triunfo pasó, de ser un concurso canoro y juvenil aceptable, a este esperpento gore, de horrenda entraña.

La televisión es un espacio público desde el que no pueden acometerse tamañas vejaciones sin una respuesta oficial. ¿De qué sirven los controles estatales si no proceden a actuar cómo Dios manda, sobre la higiene mental ciudadana?

Llamo a todas las organizaciones humanitarias, a la Conferencia Episcopal, las formaciones políticas y a todos aquellos ciudadanos que respeten los valores culturales verdaderos, a repudiar este espacio de Telecinco, en tanto ampare a este protégée degenerado y sus vertidos.
La alarma social se extiende a espacios del corazón o la mañana, dónde, los contertulios de pago suelen comentar frívolamente asuntos como éste, de especial gravedad.
Al hacerlo, asumen el código, trasladándolo a la audiencia y sus hábitos. De forma tal que, el latrocinio, su vocabulario soez y la ofensa a la dignidad de las personas, se estabiliza en los medios con la mayor desvergüenza.
El proceso degradante no lo inician Vasile, Gestmusic ni este agresor de mala película; un maltratador de cuidado que de hecho estimula todo tipo de agresión social. Nació mucho antes, parido por los regímenes autoritarios y trasvasado hoy a países democráticos.
Las causas de la venenosa filtración son diversas; sus efectos, invariablemente letales.
El respeto por la dignidad humana que aguarda a nuestro hijos y nietos en el futuro está en juego merced al perverso mecanismo. Será inútil elevar, tan luego, los programas educativos en escuelas, Institutos y universidades si, desde un medio tan accesible y poderoso como la TV, se autorizan estos experimentos de peligroso contagio.

En manos de jerifaltes sin escrúpulos y sus tenebrosos validos, la pobre Italia de hoy, en horas bajas, está para nosotros, los españolitos, a la vuelta de la esquina.



lunes 6 de julio de 2009

PERÓN. LUZ Y SOMBRAS. TOMO I. CAPÍTULO 14

Prometedor oficial de Inteligencia y miembro del Estado Mayor del Ejército, probado en la Guerra del Chaco, Juan Perón fue enviado a Chile con la misión concreta de espiar los avances armamentísticos de su Fuerza Armada.

Mi enfoque unió en la ocasión, el panorama social y político chileno con sus maniobras, a cubierto parcial merced a su agregaduría militar en la Embajada argentina, y las simpatías que despertaba el criollo en el entonces Presidente Arturo Alessandri, un caudillo civil de larga tradición en la escena política del país trasandino. La posterior aparición del Mayor Eduardo Lonardi, futuro derrocante de Perón en 1955, introduce un ingrediente curioso y trágico de cara al porvenir.

En el capítulo interviene Aurelia "Potota" Tizón, la primer esposa del Mayor Perón, colaborando en su trama de espionaje. En cierto modo despunta una operativa que el futuro Líder criollo aplicará a sus dos restantes esposas.

De personalidad modesta, esta pundorosa maestra de escuela primaria, diplomada en piano y solfeo, será superada en envergadura histórica por Evita, destacando en materia de honestidad y sencillez sobre las dos restantes.

El contraste que Aurelia presenta con la última (me refiero a Isabel Martínez Cartas, alias "Isabelita") acompañará el periplo que media entre la etapa juvenil del biografiado, y la de su declinación final...

PERÓN EN CHILE. EL POPULISMO CHILENO DE ALESSANDRI. LA SOCIEDAD TRASANDINA. LAS MANIOBRAS MILITARES DE JUSTO Y LOS PRIMEROS ROCES ENTRE PERÓN Y LONARDI, REMATADOS POR EL FRACASO DE LA TRAMA.

“En octubre de 1935, Rodríguez, ya consumido por el cáncer, me recibió en su casa”. “Mi general –le dije— quiero irme de aquí. Lo he servido por tres años. Gracias a usted he roto el cascarón y necesito probar fuerzas en el mundo”. Y aquel hombre que jamás sonreía entornó los labios fraternalmente”.”Está bien, váyase”, me ordenó”

Juan Perón

En este párrafo, evocativo y teñido de atmósfera paterno filial, propia de las reinvenciones históricas que a veces nos ha destinado, la coquetería panamericanista de Perón enmascara en el apartado militar de su novela la naturaleza de las misiones que Rodríguez y el Alto mando le encargaban, desde al menos dos años antes...

En apariencia la diplomacia de Justo procuraba pacificar a los vecinos en guerra desde junio de 1932, en esfuerzo simétrico al que desarrollaba su “amigo” Getulio Vargas desde el norte. Intereses comerciales y realidades geopolíticas de Argentina y Brasil, conducían objetivamente al sendero opuesto. Es decir, a la rivalidad y la venta de armas, con avituallamiento a dos bandas de Paraguay, Bolivia y sus 100.000 caídos en combate, mediante operativos militares secretos. Así, los primeros días de enero de 1933 encontraron al mayor (según documentos que obran en poder de Paraguay) coordinando envíos a los guaraníes, calzando uniforme de ese Ejército —para no ser fusilado en caso de ser descubierto por oficiales del Altiplano—, en la zona fronteriza de Paso de los Libres.

Tres años después, éste curtido cuadro de Inteligencia militar fue nombrado agregado en la Embajada Argentina en Santiago de Chile, por orden del Estado Mayor, y hacia allí partió acompañado por su mujer, que seguía desconsolada por la mala salud de su influyente madre.

Siempre remiso a volar en avión, viajó cruzando los Andes por el Paso de Uspallata en su descapotable.

Del paseo quedó una imagen elocuente del matrimonio. En absoluto primer plano, con ropa deportiva de la época y recostado contra la voiturette, nuestro hombre repite la pose que le conocimos en aquella otra, que comparte siendo un niño con su hermano. En ambas, la distensión le ampara el gesto. En la última, más resignada que sentada, asoma la presencia algo oscura de Aurelia Tizón, de la que se conservan pocos retratos. Perón sonríe y domina como astro absoluto en todas partes. Pero en Chile tendrá que sofrenar algún ímpetu si quiere llevarse el gato al agua.

Las relaciones con el largo país bañado por el Pacífico eran oficialmente cordiales. Sin embargo, la realidad de un viejo pleito limítrofe en el Sur por las islas del sureño Canal de Beagle, unido a la rivalidad militar, empañaban con frecuencia la hermandad histórica entre los vecinos.

Tras el éxito de su contrabando de armas y de la misión rastreando tipografía y límites en 1935 —unida a la correspondiente publicación de su meticuloso trabajo—, el mayor había disertado en el ministerio de Guerra sobre el valor estratégico de aquellos territorios, impresionando a los mandos. Si algún alto oficial estaba capacitado para evaluar la importancia de la delicada misión que debería cumplir en el país trasandino, ese era Juan Perón. Por cierto no se equivocaban; continuaría siendo un buen espía.

Arropado por su cargo en la embajada, debía obtener fotos reveladoras del poderío militar chileno, además de girar a Buenos Aires informes confidenciales sobre movimiento de tropas, compras de armamento y posibles planes de invasión a través de la Cordillera de los Andes. La misión requería pies de plomo, mucho tiempo y gran habilidad para no ser avistada por los servicios secretos chilenos, en cuyo caso la cierta estabilidad entre los vecinos cedería ante el encono, y el prestigio del mayor se iría al garete junto a su carrera militar.

En verdad, el peligro de guerra estimulado por la rivalidad histórica era relativo. Pero los Estados Mayores, sin mucho empeño en imitar la del Chaco entre paraguayos y bolivianos en el Cono Sur, apostaban con ese riesgo, a que los diputados y senadores de sus países votasen sin dificultad cuantiosos presupuestos para su milicia. Activo as de esa partida, el “topo” debía agenciarse los contactos que le brindaran informes estratégicos celosamente custodiados. Munido de paciencia y de una tentadora maleta con sesenta y siete mil pesos fuertes, esperaba encontrar su chivato ideal entre la tropa vecina.

El piso ocupado por los Perón en el centro de Santiago era sencillo, y según la costumbre de Aurelia no hubo personal de servicio. Desde allí se veían la Catedral y la Plaza de Armas, perpetuamente unidas a sus peatones y visitantes.

De los trotes junto al Pacífico del nuevo Agregado militar argentino, se conservan varias instantáneas. La más significativa destaca de nuevo su sonrisa inconfundible en uniforme de gala, junto al plantel de la embajada. Se observan varias personas, y él es el más distante; pero su luminosidad es tal que las restantes se desdibujan. Esta es una característica invariable que el Perón uniformado conservará de por vida, merced a las galas de un atrezo que parece inventado para su lucimiento. Es como una segunda piel, que resalta su personalidad desbordante de milico de alma, junto a ese arrollador ímpetu de los que nacieron para fertilizar la Historia.

En tanto esparcía las primeras semillas, empleaba la mejor estrategia para conocer gente y ganarse su confianza. Con ese fin se paseaba muy orondo con “Potota” por el centro de Santiago, acudiendo a recepciones escoltando al embajador Federico Quintana. Y mientras leía “El Mercurio” o los periódicos argentinos que llegaban recién por la tarde, apoltronado en la confitería del club “Ñuñoa”, se bebía barriles de “Panimavida”, una popular gaseosa que le adosó el apodo de “che Panimavida”.

En apariencia su vida social era relajada, pero su rutina laboral empezaba puntualmente a las siete de la mañana, prolongándose a menudo hasta la medianoche. Periódicamente era su mujer (a quien adiestró en el manejo de armas de fuego) quien viajaba en avión a Buenos Aires cargando maletas rebosantes de investigaciones y trabajos, que él le alcanzaba a último momento en la escalerilla del avión. Era el apartado más concentrado y subterráneo de toda la misión. De él dependía el visto bueno de sus jefes y la luz verde para continuar con todo el resto, si bien ese resto era como bailar el Cascanueces en la cima del Aconcagua.

Desde otro ángulo, los virtuales dos años que el mayor revistó en Chile, le agudizaron la mirada política al confrontar dos experiencias de organización de estado, partiendo de límites comunes. El tercer censo efectuado en 1930, declaraba en la república 4.287.445 habitantes.

En el centro de esa década la democracia atravesaba una fase de estabilización, tras la crisis política de los ´20, con su interregno cívico–militar y la presencia del votado Gobierno autoritario y reformista del general Carlos Ibáñez del Campo, finalmente derrocado por las grandes movilizaciones populares de 1931. Entre julio de aquel año y setiembre de 1932, el furioso oleaje cívico militar en medio de la depresión económica desató una crisis de tal magnitud, que en su marejada institucional arrastró el mandato de ocho presidentes.

Tras una brevísima experiencia socialista que duró semanas —encabezada por el Comandante en jefe Marmaduke Grove— y en medio de una enorme balcanización militar, el cargo retornó al firme pulso de Arturo Alessandri Palma, abogado y político perteneciente al Partido Radical (chileno) que había inaugurado un primer mandato en 1920. Luego, el creciente intervencionismo del Ejército y las intrigas de Ibáñez, a la sazón ministro de Guerra, forzaban su renuncia y exilio. Pero los extrañamientos territoriales no eliminarían el patriarcalismo en la política chilena, ni el ascendiente más o menos alternativo de los omnipresentes Alessandri e Ibáñez, en los siguientes cuarenta años.

El primero era un hábil político y agitador de masas del norte industrial, apodado “León de Tarapacá”, por apoyar con gran ímpetu y empuñando una “Smith y Wesson” la huelga de los obreros del nitrato en esa localidad, mientras atacaba a la oligarquía. Ya mandatario se escoró prudentemente a la derecha, conservando posiciones de centro que refrendaban las leyes sociales impulsadas durante su primer gestión. Sin embargo, en 1921 ordenó al Ejército reprimir a sangre y fuego a los combativos obreros que él mismo había agitado, causando 73 muertos y 600 heridos.

Perón llegó a Chile, cuando al borde de sus setenta años el viejo “Leon” había domado al fin a los Cuerpos armados en nombre de la burguesía con medidas de excepción, promediando una segunda presidencia más pacífica, aunque no menos enérgica, en medio de la que germinó un Frente Popular resuelto a ganar las elecciones de 1938. De hecho, fue Chile el único país de América donde acrisoló la fórmula, desarrollada en aquel momento en Europa Occidental.

La clase obrera, encolumnada en la “Confederación de Trabajadores” desde 1936, junto a la pequeña burguesía más influida por la poderosa izquierda socialista y los comunistas, eran la columna vertebral de este frente reformista, que el agregado Militar argentino observó avanzar ante las narices de un Ejército impotente. Alessandri se había encargado de castrar su poderío, oponiéndole una “Guardia Republicana de Carabineros” convenientemente armada en la mitad de los ´30, como medida cautelar para impedir cualquier liderazgo en los pleitos políticos.

En el pasado, los militares chilenos se habían plegado a las tendencias de cambio que ansiaban las clases medias, sin guardar las acusadas fobias antiobreras de los pares argentinos, desde al menos 1907, cuando varios oficiales jóvenes formaron la “Liga Militar”, presionando a los parlamentarios de la oligarquía y arrancándoles algunas reformas sociales descompresivas.

La burguesía chilena no generó un caudillo liberal al estilo de Irigoyen, pero gracias a las peculiaridades del país el entonces jacobino Alessandri desempeñó un rol equivalente, aliándose en un tira y afloja constante a este sector de la oficialidad poco comprometido con la vieja clase política. Así, echó a andar el bloque cívico-militar impulsando reformas sociales con la decisión de modernizar el país.

Ibáñez, oficial nacionalista con acusados matices corporativos, surgió de aquel núcleo, liderando el enfrentamiento con los primeros fracasos de un socio civil que, jaqueado además por los legisladores reaccionarios de la vieja república parlamentaria, había renunciado en 1925 tras disturbios políticos y sociales reprimidos con más de tres mil muertos. Sin amilanarse por las frecuentes masacres que conmovían sus protestas, ya a finales de los años 20 y en parte gracias al desarrollo industrial, los proletarios chilenos contaban con mas de 200 sindicatos, ampliados ya los beneficios sociales a las masas, la educación popular, las obras públicas y las condiciones de empleo. Todo fue acordado por Ibáñez a cambio de una tolerancia política poco amplia hacia los comunistas: perseguidos, deportados y, en no pocas ocasiones, torturados o asesinados.

El subsiguiente desarrollo económico de Chile llegó a ser espectacular durante tres años. Pero el crac financiero sumó malas nuevas a la economía de un territorio que dependía de sus menguadas exportaciones minerales, en manos de empresas multinacionales. La crisis que liquidó al civil Irigoyen en la Argentina, hizo otro tanto en 1931 con este militar —formado como Perón por los instructores prusianos que modernizaron el Ejército chileno–, al que también le toco el turno de exiliarse en Buenos Aires hasta principios de 1937. El agregado militar tomó nota de las reformas sociales impuestas por Ibáñez y Alessandri sin pasar por alto la sinuosa táctica de ambos, coincidente en puntuales aspectos con las que empleó luego.

Los iniciales años ´30 fueron muy duros para las naciones del continente y no perdonaron a Chile, que soportó altísimas cotas de paro y dramáticos retrocesos en las exportaciones del cobre, tanino, nitrato y carbón; sus mayores riquezas en un mundo atenazado por el retroceso de sus fuerzas productivas. Alessandri no se amilanó y con la ayuda del economista Gustavo Ross, junto a la tranquilidad militar que le aportaron la creación de la“Guardia Republicana” y el profesionalismo del circunspecto general Oscar Novoa, desarrolló planes industrialistas, subiendo los aranceles a productos importados que muy pronto fueron reemplazados por manufacturas nacionales con las que se abasteció al 97% del mercado.

Para fortalecer las arcas estatales, gravó además la exportación de minerales y monopolizó las divisas extranjeras, obligando a los exportadores a vendérselas a un precio bajo para luego beneficiar las arcas del Estado con su venta a otro más elevado.

La burguesía chilena apoyó sin reservas estas medidas claramente intervencionistas, que duplicaron en pocos años el parque industrial y expandieron a una clase obrera organizada en sindicatos legales, amparados en su funcionamiento por las leyes dictadas en los años ´20.

El gobierno del último Alessandri era fuertemente presidencialista, según una nueva constitución promulgada en 1925, que había eliminado la vieja omnipotencia del parlamento; aunque sus ramalazos autoritarios de caudillo latino no vacilaran en reprimir rebeliones campesinas, como la provincial de Cautín, donde sus carabineros masacraron a más de cien ocupantes de tierras. La instauración del Estado de excepción y el cierre congresual por tres meses con el fin de eliminar una desestabilizadora Huelga ferroviaria, fueron medidas complementarias que aseguraron la paz social mediante el consabido chaleco de fuerza.

Pese a las dificultades que conoció este segundo asalto presidencial, los planes ordenancistas del caudillo navegaron viento en popa desde la segunda mitad de los años ´30, cuando las riquezas minerales de Chile dispararon sus precios gracias al crecimiento de la demanda externa. Con el auge exportador se consolidó el mercado interior, dinamizándose el sector de la construcción y mecanizándose el campo, que en un 20% extendió las tierras cultivables. Paralelamente se regularon los precios de los productos básicos para el consumo popular, a través de un organismo heredado de la fugaz “República Socialista” del comodoro Grove.

Sin embargo, tras la fachada de progreso que ofrecían los organismos gubernamentales, un estudio de la “Sociedad de Naciones” sobre la economía y la sociedad había hecho público un dato escalofriante: el 75 % de los chilenos recibía una alimentación deficiente.

El mayor Perón tomó nota de las medidas industrialistas y de las maniobras financieras estatizantes de Alessandri, así como de su maquiavélica actitud, siempre a caballo entre los terratenientes, la burguesía industrial y las clases populares. Tampoco pasó por alto el factor de riesgo que comportó para las ambiciones de poder de un militar y la buena salud de los cuerpos armados, la presencia de un caudillo civil implantado en la sociedad. Por ello, y sin dejar de estimar la habilidad del mandatario Perón se identificó mucho más con el general exiliado, y así lo acreditó, cuando ya ejerciendo la Presidencia de la Nación por segunda vez, el anciano Ibáñez retornase al poder constitucional en 1952.

El capítulo de sus relaciones con los pares vecinos dieciséis años antes resultó óptimo, debido a la común raíz prusiana en la formación de los dos ejércitos y en los lazos que sin duda estableció, con una tendencia ibañista que, pese al exilio del jefe y tener que obrar en continuo repliegue ante el celo presidencial, oscilaba entre el populismo de su inminente adhesión al Frente Popular y la admiración por los regímenes autoritarios de Hitler, Mussolini y Oliveira Salazar. Ésta dispar fusión de ideologías opuestas, sería eje central de la llamada “Doctrina Peronista” y el credo personal de su líder.

La evaluación de la política y la sociedad en el país trasandino fueron de gran utilidad para la formación de Perón, aunque a tal efecto se mencione más a menudo su experiencia posterior en Italia.

Por lo pronto, había descubierto un Estado dispuesto a paliar los peores efectos de la miseria de las masas, y a un Ejército que en su momento supo jugar un papel algo más avanzado que el de sus pares argentinos. Por eso declara en 1944 ante periodistas chilenos: “que la legislación social observada en su país durante su agregaduría militar influye en su gestión como Secretario de Trabajo y Previsión”.

Empero, la diferencia social real entre los cultivados amos de la tierra y los peones agrarios, era en el fondo semejante a la de Argentina y Brasil; aunque al igual que en este último país, la oligarquía y sus personeros no constituían —como en la tierra de Perón—, una fuerza política dominante y excluyente. En la comparación, los medios materiales argentinos, tan superiores en la época a los de Chile o a los del gigante carioca, resultaron a éste oriundo de la pobreza cruelmente fastuosos y peor empleados que en el caso de los vecinos atenuando la miseria de las masas. El eterno contraste entre pobreza y opulencia, su vieja obsesión heredada de la infancia y reflejada palmariamente en los cuarteles, los campos y los talleres de su patria, sería pues un tema cotidiano al que siguió enfrentado el agregado Militar; conquistado durante más de dos años por aquel sencillo pueblo que en poco tiempo lo había vuelto cosmopolita.

¿Qué diferencias de fondo, separaban al “roto” chileno del “croto” argentino, en el alfabeto de la miseria a la que les relegaban la injusticia de los poderoso de allá y de aquí? ¿Qué distanciaba físicamente a unos de los otros, sino fronteras que debían fundirse en una sola nación, emergente y altiva frente a oligarcas e imperios a cuya voracidad sería menester poner coto mediante la unión de los pueblos?

Su panegirista oficial Enrique Pavón Pereyra exalta este aspecto americanista (a menudo bastante idealizado) al referir un interés permanente por los problemas cotidianos de las mayorías populares, cuya tradición política y sindical es aquí masivamente socialista, a pesar de haber nacido parcialmente impulsada por el comodoro Grove, primer presidente de la formación que luego llevó al poder a Salvador Allende.

Empeñado en proteger a los pequeños lustrabotas y canillitas que merodean por el centro de Santiago, Perón les alquila un local para que practiquen deportes. Casa dentro de las aficiones que ya vimos reflejadas en el personaje y su tendencia a proteger, desde su investidura, a los que siendo aún débiles, sembrarán el camino del futuro. La actitud amistosa hacia la tierra que lo hospeda asoma también en los discursos que debe pronunciar en sus fiestas patrias. Independientemente de una misión concreta que le obliga a espiar, Perón es (como Alessandri) un entusiasta teórico de la fraternidad latinoamericana (en éste caso, bajo control argentino) y en la verba de aquellos días el protocolo cortés y frío de sus predecesores enmohece, ante el vigor de enunciados que arriman en vez de enfrentar, sentando un precedente de notable habilidad diplomática en un militar.

El rasgo es uno de los más marcados y trascendentes de su personalidad, anunciando envolventes relaciones con países vecinos y otros afectados por la Guerra Mundial.

En ocasión de celebrarse un nuevo aniversario de la independencia, el estado mayor del ejército lo invita a disertar sobre su tema favorito: la estrategia. Los oficiales de la guarnición de Santiago quedarán muy impresionados, y el profesor de Historia de su Academia de Guerra no duda en calibrar su talla, ensayando una profecía con estas palabras: “El magnetismo que irradia la personalidad del señor agregado argentino le ligará, tarde o temprano, a un destino político. En él hay algo más que un cerebro bien organizado; hemos escuchado a la cabeza visible de un pueblo”.

Ésa cabeza política estaba todavía lejos de visibilizarse, pero los deseos existían embastándose con un mérito profesional que apuntalaba su carrera militar, junto a grandes ansias de protagonismo. Los esfuerzos iniciales y el prestigio ganado en la nueva misión se vieron recompensados, de momento, con el ascenso a teniente coronel el 31 de diciembre de 1936, mientras en Buenos Aires nuevos disensos militares que ahora no provenían del irigoyenismo insurreccional, se manifestaban ya con cierto ímpetu.

En los primeros días de Chile había podido leer la encendida carta abierta que su amigo, Fasola Castaño, dirigió al presidente Justo luego de pasar a la reserva. Herido como ya se ha dicho en septiembre del ´30, alcanzó el generalato, pero las secuelas de aquellos balazos en la pantorrilla interesaron zonas motrices y su salud declinó con el tiempo, en la proporción que crecía su indignación ante la situación política y social del país. Las frases destinadas al inventor de la “Concordancia” constituyen una radiografía de la infamia, en la que no se priva de llamarlo “presidente de la oligarquía” e “hijo espurio del 6 de setiembre”.

Pero además de denunciar el fraude patriótico y las maniobras del mandatario con políticos venales, éste maestro ideológico de Perón anticipa conceptos que su alumno desarrollará luego.

“Si el pueblo supiera que V.E. tortura sus horas e interrumpe su sueño pensando en sus problemas y lo viera luchando titánicamente como lucha el presidente Roosevelt para resolver los suyos, lo seguiría como a un redentor, con la fe y la esperanza de un apóstol. El señor Irigoyen, con todos sus defectos, tenía esa virtud: parecía condolerse de los males de los humildes, y a su manera, les tendía la mano cada vez que ellos acudían a él. Por eso reinó y manda todavía desde su sepulcro en algunos corazones argentinos. ¿A qué humildes tiende usted la mano?...”.

Justo reacciona y en pocas horas ordena su arresto, ampliado en medidas que alcanzan a suspenderlo un año del servicio en reserva, sin goce de sueldo y con prohibición de usar el uniforme.

Pero Fasola Castaño no era el único general díscolo. El jefe del EM del Ejército, Ramón Molina, diserta sobre la situación política y social del país, reclamando mejoras para las clases humildes además de una serie de medidas que contemplen el interés nacional en el comercio exterior y el tema del petróleo. Molina es uno de los oficiales con más prestigio y se sabe que simpatiza con los socialistas y el radicalismo. Consciente del peligro que lo amenaza por su izquierda el presidente lo destituye, arrestándole dos meses en un buque de la Armada, sin llegar a los extremos empleados con Fasola. Empero, ambos casos son claros ejemplos del ensañamiento con el que el amo del poder premia la sensibilidad social de sus camaradas, apoyándose en la desvertebración política de la sociedad argentina.

Perón respeta de lejos a Molina, otro de sus maestros militares. En cambio aprecia a Fasola desde más cerca, y de inmediato le escribe.

“Siempre he creído, mi general, que los hombres no pueden atarse a un incidente de su vida. Los tropiezos son obstáculos para algunos hombres. El hombre de los valores reales encadenará siempre algo de las veleidades de su propio destino a su voluntad; hará y vivirá su vida por encima de las miserias fisiológicas y morales. El éxito, el triunfo y la gloria están muchas veces ocultos en caminos que jamás se nos hubiera ocurrido recorrer; para alcanzarlos se necesita EL HOMBRE, NO LOS HOMBRES”.

De nuevo se dirigía a otro pensando en sí mismo. En la simbiosis establecida con el superior, los elogios y sugerencias dirigidas le retornaban. El antiguo mentor, enfermo y lleno de amargura se había quemado para siempre en el patio de casa. En cambio, su protegido del EM hacía patria en la casa de al lado, sumando un mérito profesional francamente prometedor al serle otorgada por el gobierno chileno la Gran Cruz de O’Higgins. Al tiempo que ésta cruz pendía de su pecho, otras menos honoríficas sembraban la historia del otro lado de los Andes. La honda penuria popular agitaba el avispero social en aquel año de emergencia obrera y popular en Buenos Aires, con una huelga general en enero, un primero de mayo de masas en la calle, y el eco de sus disensos militares apuntando desgarramientos en un orden que, pese a todo permanecía inconmovible.

Perón se había solidarizado con discreción y a través del correo con el desuniformado general, sin atacar abiertamente a Justo. Él también resultó defraudado por la larga astucia del más zorro entre los modernos generales del Ejército, pero ahora estaba lejos y en comisión, felizmente inhabilitado para intervenir en las polémicas interiores de las FFAA y sometido a las decisiones de un nuevo ministro de Guerra: el general Basilio Pertiné.

Con la muerte de Rodríguez había desaparecido otro de sus valedores de mayor peso. Su reemplazante no era precisamente hostil a Perón, aunque tampoco le dispensó los favores del finado. Pertiné era un aristocrático mandón que había desempeñado en el Berlín de los años diez las mismas funciones que él en Chile, constituyéndose poco después en uno de los pilares del proceso de prusianización en la formación militar. Su prestigio nacionalista y las simpatías por Alemania no le impedían llevarse bien con Justo por la vieja amistad que los unía; factor generacional muy importante en los asuntos internos de la institución.

Pertiné era para el presidente un miembro algo atípico de su equipo centrista. En materia de alianzas políticas o militares se mostraba contemporizador con las variantes de centro y aún con las de derecha; frente a las que tenía la partida ganada de antemano, valiéndose de ellas para equilibrar cualquier emergencia por su izquierda. Por eso toleró durante tantos años la oposición sostenida del coronel Juan Bautista Molina, encabezando desde el fundamentalismo labores conspirativas que al fin habían deflagrado sin pena ni gloria en 1937. En la emergencia, Justo ni siquiera se tomó el trabajo de expulsarlo del Ejército y aplicando una perversa estrategia lo ascendió a general, al tiempo que lo destinaba al arma de Ingeniería, lejos de cualquier cuartel importante y sin mando de tropa. Molina llegó a presidir poco después el “Círculo Militar”, conservando su pálido rol como referente visible del fascismo “ligth” en las FFAA.

Ante un personaje de tales características, la figura del general-Presidente se veía comparativamente reforzada. En cambio, Fasola o el liberal de izquierdas Ramón Molina ponían sobre el tapete asuntos más conflictivos y peligrosos para la estabilidad de su tinglado.

Durante el verano de 1937, el espabilado mandón resolvió restar peligrosidad a sus rivales, afilando el dedo índice en busca de un sucesor civil que le cuidase el rancho durante seis años, tras los cuales pensaba volver. Entre tanto, el nacionalismo castrense seguía avanzando en los países vecinos. Con su soporte, la dictadura populista de Getulio Vargas había inaugurado en el Brasil de 1937 la etapa del “Estado Novo”, adaptación portuguesa de signo abiertamente corporativo.

En México, el general Lázaro Cárdenas ponía fin al caudillismo “revolucionario” del general Plutarco Elías Calles y sus predecesores, entre los cuales el más destacado fue el general Álvaro Obregón, ultimado por Calles en uno de los trágicos episodios que marcaron el turbión político durante los veintes. El viejo orden porfiriano había sido liquidado, pero las disputas entre caudillos militares partícipes de la revolución impedían estabilizar un nuevo régimen.

Cárdenas (a quien los humildes llamaban “El Tata”), elegido por voto popular en 1934 bajo el padrinazgo inicial de Calles, deportó a su protector a la Habana e inició un democrático proceso de consolidación de la nueva burguesía azteca, en alianza con los políticos civiles y los sindicatos obreros y campesinos, subordinando al Ejército con ayuda de los generales Joaquín Amaro Domínguez, Miguel Henríquez Guzmán y Manuel Ávila Camacho. El primero profesionalizó los cuarteles, el segundo reprimió con energía la rebelión derechista del general Saturnino Cedillo y el tercero sucedió a Cárdenas, una vez finalizado su mandato en 1940.

La creación del “Partido Revolucionario de la Revolución Mexicana” (PRM) —luego llamado “Institucional” (PRI)— apartó al país de las crisis militares que asolaron las tierras americanas durante el siglo, sin alejarlo de la baja política y la corrupción que sucedieron a Cárdenas, ya insinuadas durante el mandato de Ávila Camacho.

Los pequeños países que limitaban con Argentina no estaban eximidos de frecuentes convulsiones político militares. En Bolivia el presidente Salamanca debió ceder el poder a Tejada Solórzano, y éste a su vez fue derrocado por los coroneles David Toro y Germán Busch, animadores de un tibio programa de estatizaciones petrolíferas y minerales. Otro amago de solución política en Paraguay la procuró el coronel y héroe del Chaco Rafael Franco, mediante la implantación de una dictadura con rasgos asistencialistas, que fue derribada por la poderosa influencia de Buenos Aires.

En 1934 y más al norte, el sociólogo nacionalista José María Velasco Ibarra ganó las elecciones en Ecuador, pero fue expulsado por el ejército al querer imponer una dictadura populista. Lo sucedieron dos civiles breves hasta que los uniformados designaron presidente al ingeniero Federico Páez, que matizó el nacionalismo con algunas medidas sociales beneficiando a obreros y campesinos. Al ser derrocado en 1937 lo continuaron hasta 1940 siete mandatarios, que totalizaban 14 contados desde 1931.

El Perú se había estabilizado a medias desde 1933 mediante la dictadura del general Benavides, gracias a ciertos avances en la legislación social y la protección a los indígenas, a quienes se otorgaron tierras cultivables. La presión del APRA y su caudillo Haya de la Torre desempeñó un importante papel en los aspectos avanzados de un régimen que concluyó con las elecciones generales de 1939.

En Uruguay, donde la inversión de capital británico llegaba ya en 1910 a los 44.000.000 de libras esterlinas, el período democrático impulsado a comienzos de siglo por Luis Battle y Ordóñez se interrumpió unos años a partir de 1933, cuando los generales Terra y Baldomir reajustaron las cláusulas políticas hasta la nueva Constitución de 1942; si bien este interregno autoritario —comparativamente moderado— está lejos de parecerse al de otros países del área.

A medida que se avanzaba hacia al norte, las dictaduras militares latinoamericanas o sus remedos civiles tenían un carácter más represivo y francamente pro imperialista.

Rafael Leónidas Trujillo y Anastasio Somoza, eran en la República Dominicana o Nicaragua, auténticos legados consulares de una invasión armada. En lo concerniente al general salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez, el guatemalteco Jorge Ubico, el hondureño Tiburcio Carias Andino y el venezolano Juan Vicente Gómez, eran meros representantes del poder discrecional de la “United Fruit Company” o el de las grandes haciendas de los oligarcas nativos.

Sin duda la dictadura militar con mayor arraigo, pese a su carácter caótico y casi impersonal ofrecido por la brevedad de sus mandatarios, era la de Haití; media isla donde la miseria nacional compartía espacio con frecuentes incursiones punitivas de tropas dominicanas, intentando frenar el ingreso masivo de famélicos haitianos fugitivos de su infierno desde la frontera común.

Las secuelas de la invasión norteamericana habían facilitado en Cuba el ascenso al poder de Gerardo Machado, uno de los déspotas más sangrientos de la zona. Éste gobernó largos años apoyado por la “Enmienda Platt”, autorizando la presencia de gobernadores yanquis, siendo derrocado finalmente en 1933 por el sargento Fulgencio Batista, taquígrafo del Ejército. La enmienda colonial fue derogada en acuerdo con la administración Roosevelt, mientras Batista, ascendido a coronel saltándose seis graduaciones, manejó desde entonces los hilos de fugaces presidencias hasta asumirla directamente en 1940.

Frente al convulso panorama político y militar del nacionalismo en los alrededores, y la subordinación a EEUU de los países del norte y centro, salvando a México y en parte Cuba, Costa Rica y Colombia; la estable dictadura “liberal” de Justo había sentado un precedente contrario y casi balsámico para los negocios de la oligarquía argentina y su cohorte política. El problema que enfrentaba hacia el fin de su mandato era perpetuarlo conservando su registro espurio.

Los dilemas de Perón en Chile eran otros. Debía obedecer, actuando con enorme confianza en sí mismo en un delicado operativo desde su nuevo grado militar, para llegar más adelante a coronel, y después a general. ¿Realmente, todo terminaría allí?...

De aquel periodo tan poco mentado en su vida, sobrevivieron dos testimonios significativos que nuevamente aporta Tomás Eloy Martínez en “La Novela de Perón”.

“Lo conocí muy de cerca”—evocó mucho después la hija del embajador, María Teresa Quintana.

“Papá le profesaba un espontáneo afecto. Aún retengo su imagen fresca y patente. Era un hombre chispeante y sumamente refinado...Cuando partió se le brindó una despedida excepcional en la Embajada, a la que asistió el propio canciller chileno. Por esos días llegó el nuevo agregado militar, Mayor Lonardi. No era tan brillante como Perón y mi recuerdo de su estampa es vago. Por candidez o torpeza se vio luego enredado casi de inmediato en una historia de espionaje que afectó mucho a papá”.

La historia que afectó tanto al embajador dañó muchísimo más a Eduardo Lonardi, y sus ecos pervivieron durante casi dos décadas afectando por acumulación de otros factores el destino de Perón.

Antes de abordar el incidente, convendrá citar otro testimonio sobre el futuro Líder de los trabajadores argentinos. El de la esposa del cónsul en Chile, Enriqueta Ortiz de Rozas de Ezcurra.

“Se creía superior y pensaba que podía llevarse el mundo por delante. La embajada era por entonces un club de amigos: Ludovico Loizaga, Tulio de la Rúa, Adolfo Beccar y Federico, el embajador, con quien Perón tuvo un horrible incidente... Él lo invitó a comer. Todos fuimos vestidos de gala. Las damas de “soirée”. La mujer de Perón ¡pobre! resultó un fiasco. Era una cosita insignificante. Yo, de puro curiosa le pregunté qué impresión se había formado de nuestro cuerpo diplomático. Me contestó que a nuestros maridos los enviaban al exterior más por sus apellidos y relaciones que por sus reales conocimientos.”Hay muchos asnos sueltos”, dijo. Para rematar la frase con un: “Yo los arreglaría con un mes de instrucción militar...”. Con ademán elegante, el embajador nos insinuó que pasáramos por alto el atropello”.

Las dos semblanzas sobre la vida social de Perón en Chile se contradicen en apariencia.

El primer testimonio es fiable cuando puntualiza el afecto de su padre por él, correspondiendo además, con el talante del mayor hacia ambos. Es “un hombre refinado y chispeante” con quien le estimula ésas cualidades. Por lo general ninguno de los aristócratas que trató en su juventud de espadachín lo hacía.

Resultando ejemplar peculiarmente intuitivo a la hora de captar a las personas, quizá no era tan empeñoso a la hora de prodigarles afecto. En cambio, con bastante frecuencia podía ser atento, gentil y encantador. La hija del embajador completa sus recuerdos con una percepción de Eduardo Lonardi, coincidente con la que finalmente recogió la historia.

La Ezcurra critica en cambio duramente a Perón, muchos años después, probablemente influida por hechos muy posteriores al incidente en la legación. Pero la respuesta que pone en sus labios ante la interesada pregunta de la interlocutora, coincide con la fobia del personaje por la holgazanería de ciertos petimetres de doble apellido y escaso mérito profesional. En ellos, el mayor ya veía a los oligarcas que gobernaban fraudulentamente gracias al servil laissez faire de las FFAA, y ante los cuales era imposible refrenar un desprecio, que justamente le había sumado algunos enemigos cuando practicaba esgrima en el “Jockey Club de Buenos Aires”.

Con buen instinto de clase, la mujer del cónsul advirtió que detrás del “refinamiento y la brillantez” que apuntaba la señorita Quintana, había un fuerte carácter; poco conciliador con ejemplares que le rodeaban despreciando a su ejemplar y sencilla Aurelia; maestrita de párvulos tan piadosa con los niños desamparados, como entonces afectada por la muerte de su madre.

Las futuras batallas de Juan Perón contra la oligarquía argentina ya estaban presentes en aquellas escaramuzas de alto vuelo.

El “elegante ademán” de Quintana ante el exabrupto del agregado con la dama, fue el adecuado en un profesional de la diplomacia. Pero como padre de una hija inteligente y bien criada, estimaba las virtudes de aquel mayor, que constituía un lujo para la embajada y ante el cual los oficiales y diplomáticos que enviaba Buenos Aires no daban la talla, ni por asomo. En 1945, el hijo varón de Federico Quintana, diplomático de carrera, fue nombrado Encargado de negocios en España por el antiguo agregado militar; en estas fechas coronel y hombre fuerte del gobierno argentino...

La historia que en Chile terminó afectando tanto al embajador e hizo temblar la carrera de Lonardi, la había preparado con sigilo su antecesor en el cargo contactando con Diego Arzedo, que era el representante del sello “United Artists”, y con el ex miembro del Ejército Carlos Hainez. A su vez, obtenía éste la información a través del capitán Llabaca. Las tratativas giraron en torno a lo que el argentino esperaba comprar: copias microfilmadas de documentos originales de la Fuerza Armada chilena, documentando su actual potencia y sobre todo sus invariables proyectos anti argentinos. El plan dispuesto preveía que Perón fotografiase el material con una “Contax” en la embajada y pagase a Hainez con el dinero aportado por su EM. A él le importaba cerrar brillantemente la operación para impresionar una vez más a su superior, Abraham Quiroga, un duro general que sólo apreciaba la máxima eficiencia en los subordinados, y que por cuestiones envueltas en una formalidad imbécil ya le había apercibido en el pasado. Pero pocas semanas antes le llegó una extraña orden de retorno impartida por el ministerio de Guerra. Por la misma, su presencia en Chile tendría que remitirse a detallar el operativo a su reemplazante, para que éste lo ultimase.

El súbito cambio en los planes del alto mando argentino no está clara. Sin embargo Perón no fue relevado por incompetencia ni solicitó un cambio de destino, aunque varios historiadores insistieron durante años en este punto, arguyendo hábiles maniobras con sus superiores en previsión de un fracaso.

Nada de esto parece tener consistencia. En cambio la adquieren el empirismo y los caprichos de un alto mando menos homogéneo y técnico que en tiempos de Manuel Rodríguez. O bien la necesidad de resguardar a un oficial de Inteligencia del EM, probado en la riesgosa misión secreta de Paso de los Libres y apreciado como cuadro de reserva estratégico por sus jefes. Allí entra en escena el mayor Eduardo Lonardi, que acompañado por su mujer, Mercedes Villada Achaval, llega en tren a Santiago, fraternizando de inmediato con los Perón.

La distancia del país y la camaradería, sumados el grado y hasta la edad común de las parejas, les llevó a un buen trato que duró varias semanas. “Potota” y “Mecha” estaban encantadas entre sí, con aquellos maridos desfilando tan apuestos con sus uniformes por las alamedas que bordean las calles de Santiago.

Nada permitía adivinar entonces lo que preparaban los signos del destino entre Juan Perón y Eduardo Lonardi. Entre tanto, la inteligencia militar chilena había conseguido infiltrarse en el grupo de Hainez a través de Llabaca, y estaba al tanto del montaje, pasando al traidor falsos cebos sin detenerlo. Querían ver llegar la sangre al río para conmover al gobierno del“León de Tarapacá”, empeñado en no soltar un cobre a sus militares debido a las pésimas finanzas del Estado y a su permanente voluntad de someterlos. El cambio de agregado criollo en la embajada los desorientó por su pulso controlado. Duró dos meses largos, en los que el agregado saliente ajustaba las tuercas finales de operativo con el entrante.

Los oficiales trasandinos pronto advirtieron que este oficial era la contra cara del “che Panimavida”. Su perfil sobrio y cierta sencillez en las maneras de aquel hijo de un organillero, delataba un origen equivalente al de Perón. Como él, era además nacionalista, pero las semejanzas concluían donde empezaba su casamiento con una cordobesa de rancio abolengo, y una actitud más distante respecto de su entorno, a lo que agregaba un carácter apagado. Esa impresión dejó en la hija del embajador y será coincidente con la que la historia registró por breves semanas, y con mayúscula dieciocho años después.

Fuera de matizaciones, Eduardo Lonardi gozaba entonces de una merecida reputación como circunspecto oficial del EM, y disciplinadamente procedió a completar la misión con seriedad; o al menos lo intentó aquel penoso 2 de abril de 1938 en compañía de Hainez y Arzedo; aunque nadie aclaró porqué la reunión final se hizo en casa de este último y no en la Embajada, que era un lugar seguro.

Según el exiliado de 1966, se debió “a un error de Lonardi y en aquel momento arruinó el operativo”. La muy posterior versión de Hainez asegura que Perón convino que su reemplazante acudiría con el dinero “adonde vaya usted con los documentos”. Informes más fiables determinan el remate de la maniobra chilena a través de amenazas a Hainez por el contraespionaje. Su jefe, el general chileno Carlos Fuentes apareció luego en el preciso instante en que el mayor Lonardi apuntaba el objetivo de su “Contax” sobre papeles falsos —sobre los que se había sellado un fantasioso “Plan de la guerra contra la Argentina”—, y con una maleta conteniendo los sesenta y siete mil pesos fuertes entre sus piernas.

A esas horas Perón y su mujer llegaban a Buenos Aires con un flamante “Packard” rojo sangre, comprado en Chile gracias a las franquicias diplomáticas, enterándose del traspié y captura de Lonardi y sus contactos. Desde la prensa chilena se denunciaba a bombo y platillo el complot argentino, mientras sus vecinos difuminaban un gran escándalo que sólo el arbitraje inglés en el canal de Beagle fue atenuando, hasta que nadie se interesó en volver a mencionarlo. No obstante, la realidad se oscureció para Eduardo Lonardi.

Deportado en 48 horas a Buenos Aires por orden del presidente Alessandri, permaneció detenido quince días y por de pronto se le abrió un expediente disciplinario, tentándose la posibilidad de someterlo a un tribunal de honor. El EM creía que había obrado “con falta de resguardo e iniciativa personal” y el general Quiroga, cuya furia limitaba con el infierno, lo calificaba de“imprudente”, estimando que había“provocado un peligroso estado entre las relaciones entre los dos países”.

Rebasando las torpezas ciertas o imaginarias, el pobre oficial era la víctima de una farsa, de la que Perón —al que una carta girada desde Buenos Aires a Hainez de hecho incriminaba—, fue excluido por los trasandinos. En medio de las rivalidades que imperaban entre Chile y Argentina en aquellos años, nadie podía tomarse en serio que los servicios de inteligencia de los dos países fueran inoperantes ante el menor movimiento de un agregado militar. Todo el affaire comportó el nuevo fuego de artificio en medio de una chapuza, para que los vecinos se enseñaran los dientes y después volvieran cada uno a su rutina cuartelera más armados y fortalecidos como corporación. Lonardi quedó en cambio resabiado con el predecesor, cuyo prestigio permanecía inmaculado.

Si bien las causas de su posterior liderazgo “libertador” derrocando a Perón en 1955, no se remiten a lo ocurrido en Chile; desestimar la envidia y frustración de este perdedor frente al brillante camarada —librado del escarnio por un azar providencial [y el probable silencio de su amigo, el comprensivo Alessandri]—, ayuda a explicarlo mejor.

Es imposible saber, si de no ser reemplazado, la habilidad de Perón lo hubiese salvado el 2 de abril en Santiago; aunque por lo conocido, parece difícil.

En cualquier caso, el temible Quiroga había expedido un muy favorable informe anual de 1937 sobre el flamante teniente coronel, y éste se dispuso a recibir nuevas órdenes, sin imaginar lo que en muy poco tiempo le traería el crudo invierno de 1938...

domingo 5 de julio de 2009

MENTIRIJILLAS

En la asamblea de la OEA, la Presidenta volvió a disfrazar su propia realidad.
El segmento más conocido de su discurso fue aquél en que con vibrante acento sostenía que "el golpe de Honduras golpeaba el proceso de democratización en América Latina".
Su defensa "del ganadero Zelaya"se realizaba, pese a las diferencias políticas de origen. Con esto quiso decir que ella y su marido eran pobres o poco menos cuándo, probablemente, el peculio actual de los Kirchner tras su paso por la política, supere en mucho lo acumulado por el hondureño.
Otra de las mentirijillas de la dama consistió en negar el doble cable que su gobierno lanza a Hugo Chávez, belicoso sostenedor del ganadero y la economía hondureña mediante sus vitales envíos de petróleo (ahora suspendidos). La tercera y última afirmación, excusando la escolta de Zelaya (acompañado finalmente por el Secretario General de la OEA) y su preventivo aterrizaje en El Salvador, fue el "evitar que nuestra presencia sea manipulada".
Se refería a la amistad del ejecutivo criollo con el cuasi dictador bolivariano, aliado incondicional de Zelaya.
No era necesaria la advertencia. Sebemos que para manipulaciones, ella se basta sola (o casi).
Así lo refirió hace horas en un sendo reportaje periodístico Graciela Bevacqua, la ex directora del INDEC (Índice de Precios al Consumidor), organismo que verifica el alza real de los precios internos.
La rebeldía ante el constante falseamiento de datos contrastados por esta matemática, precipitó su reemplazo a finales del 2006 por un dócil Interventor, y un posterior amedrentamiento judicial.
Mientras el poder real de los Kircher retrocede más y más en la consideración pública, ya asoman los primeros nubarrones de la tormenta judicial que les caerá. Hoy son funcionarios periféricos, mañana se irá estrechando el círculo; pasado les tocará a ellos justificar el manejo de la economía, el desvío de fondos públicos y el contumaz ocultamiento de millones de dólares pertenecientes al tesoro provincial de Santa Cruz.
Ya lo aventuré en otros artículos. Le pasó al otrora poderoso Carlos Menem una vez caído en desgracia, y los Kirchner, con menos talento operativo y márgenes de maniobra, no salvarán la ropa. Al menos no toda, aunque les auxilien viejos aliados o conmilitones de una clase política tocada por la corrupción.
Este corto periplo americano de la Presidenta mientras la pandemia se multiplica, viene a ser una suerte de fuga exterior que en nada le evitará un mayor desprestigio en su tierra.
Es que la salud de una democracia no se ve sólo afectada por cualquier golpe de Estado. La desinformación o la ausencia de garantía sanitaria en un país también atentan contra el sistema. Son, por ende, claros síntomas de corrupción generalizada en una gestión de gobierno.
El bloque de poder presidencial perdió las elecciones legislativas por varias razones. De entre ellas destaca la tendencia a mentir, con todo lo que conlleva.
La corta pata de las mentiras, hace que hoy las del pasado empujen hacia el cubo de basura las del presente, transformándolas en eso mismo: mentirijillas.

sábado 4 de julio de 2009

LO QUE SE PRESIDE...

La Presidenta argentina, entre aviones que la llevarán ser escolta del hondureño Zelaya y la feroz pandemia gripal.

Un Presidente constitucional debe presidir su nación. A su vez deberá representar sus intereses, morales y materiales en el exterior.

Sin embargo, la prioridad marca espacios. La señora Fernández de Kirchner eligió, en plena pandemia -de las que se ofrecen partes oficiales de cifra pequeña, mientras su dimensión real supera guarismos de alcance planetario- viajar a Washington. De paso acompañará el azaroso retorno del depuesto Zelaya a su país.

Es decir que, en vez de quedarse en Buenos Aires capitaneando el combate contra la gripe feroz como Dios manda, y ordena el espíritu de la Ley Fundamental en emergencia semejante para sus compatriotas, esta dama, tácito símbolo de la maternidad, la hermandad, el amor y la belleza, escoge brillar allende las fronteras.

No es que el golpe militar oligárquico en Honduras no deba ser condenado y combatido por todos los medios. Encañonar con armamento pesado en plena siesta a un mandatario en ejercicio, fletándolo al exterior, diagnostica el procedimiento. Ante el mismo cabe manifestarse en Washington y la OEA.
Pero un enviado especial de rango ministerial (por ejemplo el Canciller) hubiese cubierto la plana exterior argentina.

En cambio, esta Presidenta de opereta, tan frívola como elusiva, sigue mecida en el columpio de la leve brisa, mientras la tempestad de la epidemia, que ya afectó a cien mil ciudadanos (entre ellos, el señor Gerardo Morales, Presidente de la Unión Cívica Radical) sigue su curso, con prisa y sin pausa.

viernes 3 de julio de 2009

EL GRAN VIRUS DE UNA MODERNA EDAD MEDIA.

Ciudadanos argentinos con mascarillas, protegiéndose de la gripe A.

Dicen que el virus ha infectado a más de 100.000 ciudadanos y que murieron cerca de un centenar. Sobre un segmento de trece millones de pobres e indigentes se abate la pandemia; una peste que afecta sobre todo a los que viven mal. El sistema sanitario argentino, otrora uno de los más avanzados de América Latina, hace agua por todos lados.
Los servicios médicos integrales sirven hoy a quienes pueden pagarlos. El resto está expuesto al dengue o esta gripe, de conocidas consecuencias en México y el sur de Estados Unidos.

El contraste de una población temerosa del contagio y los discursos políticos que jalonaron la reciente campaña electoral es patente, y penosa la tardía reacción gubernamental. Con la salud patas arriba desde hace años, en las grandes ciudades crece la alarma y una bronca que amenaza con pasar a mayores. Nadie en el área sanitaria preveyó que esto podía ocurrir, pese a sus previos y devastadores efectos en otros países del Tercer Mundo.

La oposición aprovechará la tragedia para desprestigiar más aún a este gobierno errático y debilitado tras la justa electoral. Pero culpables son todos. Los que gobiernan y los que no.

Durante años dieron la espalda a la alta tasa de mortalidad infantil y la creciente miseria popular, reflejada en la suciedad y dejadez reinante en las calles, edificios y espacios abiertos de las grandes urbes, los transportes públicos y vastos segmentos del conurbano.

Los partes de prensa refieren el bajón económico que supone el desbande ciudadano para comercios, restaurantes, shoppings y espectáculos. Las escuelas públicas suspendieron las clases hasta nuevo aviso por orden ministerial. El pulso económico se ha resentido.
El temor al contagio ataja la aglomeración de viandantes, acentuando la sensación de inseguridad provocada por la creciente violencia criminal en las calles.

Ahora, un gripazo de éstos equipara el navajazo o el disparo de cualquier asaltante.

La diferencia estriba en que el virus repta silenciosamente en el organismo humano, sin avisar.

En un país sumergido en la pobreza y la desigualdad cualquier plaga es posible. Sin prevención adecuada, la naturaleza opera del modo más salvaje. Como en la Edad Media; cuando la peste sofocaba la vida humana vaciando villas, castillos y hasta fortalezas, hasta saciarse.

A diferencia de aquellas épocas feudales, en esta República formal imperan la ley del voto y la teórica división de poderes.

De poco han servido para garantizar que la salud pública triunfe sobre el atraso, la miseria, y el elevado riesgo de sucumbir ante la aparición de un virus cualquiera.
Dadas las penosas circunstancias imperantes, éste es devastador...





miércoles 1 de julio de 2009

PERÓN, LUZ Y SOMBRAS. INTERIORES

Este capítulo de Interiores complementa los dos dedicados a la gestión presidencial del General Justo. Escribirlo fue emocionante en el sentido más íntimo de la palabra. La sustancia del mismo se adentra en la naturaleza de ciertas relaciones familiares, y los tempranos ideales que estragan la ambición y la sed de poder, o los que la humildad de espíritu jamás abandona.
Quizá no reproduzca esta pieza teatral (o corto cinematográfico en ciernes) la exacta realidad de una circunstancia; aunque sí el causal del hecho carcelario y las disputas de Liborio con su padre, entonces poderoso hombre de Estado.
Las mismas eran parte del debate nacional que empezaba a despuntar en el horizonte político tras seis años de dictadura, abierta con Uriburu, amparada en el fraude con Justo.
En lo personal, hubiera deseado que este espíritu indomable, luchador hasta el fin de sus días, leyese esta escenificación shakespeareana de la realidad.
Por desgracia, no pudo ser.
Editado hace unos años y publicado en el Blog tiempo atrás, reitero el envite a mis lectores. Creo que la insistencia se justifica.

EL GRAN ESCÁNDALO DE 1936



“Y cuando llegó el día solemne de la inauguración de la extraordinaria conferencia, en el instante mismo que iba a decir su discurso el Presidente de los Estados Unidos, por mi voz condenatoria, que resonó con toda su fuerza desde la galería del Congreso nacional —donde se realizaba el acto— y se escuchó por radiotelefonía en todos los ámbitos del continente, sentí que se expresaban ciento cincuenta millones de latino americanos que algún día habrán de repetir el gesto por otros medios. Tres palabras bastaron entonces para expresarlo todo....

Liborio Justo -1965-



-¡Abajo el Imperialismo!
Así gritaste, como si aquello fuese el estadio de Boca Juniors—, escupió con rabia amarga el varón maduro y enjaquetado contra el otro lado de las rejas.

El hombre joven y en mangas de camisa asintió maquinalmente sentado en su catre carcelario.

-En cualquier estadio se juega más limpio que en tu Congreso Nacional. Además, lo que dije es la verdad, y la verdad hay que gritarla en cualquier parte. Purifica el ambiente...

-Te colaste como una lagartija para hacerme esto nada menos que a mí, delante de Franklin Delano Roosevelt. Nuestro mejor huésped en cincuenta años.

-Será el tuyo. Yo no lo invité. Ni los obreros de los frigoríficos. Ni los peones de campo. Ni los pibes que lustran botines por una moneda. Ni los desocupados con sus familias, que viven de las “ollas populares”. Ni los que buscan algo para comer en los cubos de la basura. Si los contamos a fondo, son muchos los que no lo invitaron. ¿No te parece?

-No estás en esa situación. Sos el hijo del presidente. El personaje más importante del país. Y vos ofendiste al gran estadista. Un hombre notable...

-¿De cuál de los dos hablás: del que compra la patria o del que la vende?

El otro enmudece unos instantes, como si estuviese redondeando números. A cierta distancia, una breve corte de guardaespaldas y funcionarios custodia en silencio una escena, que el parentesco hace dramática.

-Te lo di todo. Cultura. Medios. Viajes. Un porvenir. Es lo que hizo tu finado abuelo conmigo...

-Claro. Ustedes perpetúan la tradición. Es la marca de fábrica que los hizo libres y fuertes con la gente débil. Yo sigo otra huella. Tengo mis propias costumbres. Es lo que el liberalismo que enunciás con bombos y platillos cuando inaugurás cuarteles, tendría que respetar. ¿No creés?

-También inauguro carreteras, puentes, hospitales y parques nacionales. Desarrollo el país y reduzco el déficit, que buena falta hace.

-No el que tenés con los que no pueden votar libremente o comen salteado.

-Contentar a todos en esta vida es un sueño imposible. Vagos hay muchos y pobres habrá siempre

-Entre tus amigo de doble apellido hay muchos mas vagos que pobres y nadie se mete con ellos. Ni siquiera vos, que no estás para eso. Lo tuyo es la maestranza de lujo. El esplendor aparente. Un brillo de fondo abortado por la sumisión.

-Lo que te enloquece es esa maldita peste comunista propia de las estepas. Un régimen atrasado en el que se vive mal y poco. No hace mucho Saavedra Lamas me presentó un informe horroroso sobre las masacres que están haciendo tus comunistas en Rusia...

El joven se incorporó y dio tres pasos hacia los barrotes que parecían un salto a la barricada.

-¡¡Stalin no es más comunista que vos y Saavedra Lamas!! El comunismo que yo quiero es otra cosa...

-No existe otra cosa más que lo que existe. Lo ideal es una pesadilla de la mala digestión, ni más ni menos que cartón pintado. Y aquello no es mejor que esto, por bueno que lo pinten. Si lo fuera, yo mismo sería comunista. Soy un hombre práctico.

-A menudo, ser práctico justifica la falta de ideales y demasiadas veces una falta total de escrúpulos, señor Presidente...

El otro se alisó las cejas y entrecerró los ojos tras las gafas de montura metálica. En aquella jornada, la gloria del estadista había quedado tan empañada como sus cristales. Quitándoselas con lentitud, les dio aliento y pañuelo seco.

-A quién odiás no es ni al capitalismo, ni a mi gobierno, ni al comunismo de Stalin. Es a mí...

-Nunca más que a Stalin. Al menos vos no traicionás nada. Estás convencido de que el mundo es la porquería que cuenta Discépolo y tratás de ordenarla, como buen milico que sos. Tarea inútil, porque la bosta que no fecunda la tierra se descompone rápido, y encima huele fatal.

-Así hablás del décimo país mas rico del mundo. ¡Si te oyera tu madre!

Al decirlo se apoyó en los barrotes. Como si el agobio lo mareara.

-¿Si oyera qué, papá? ¿Lo que ya conoce de mis ideas sobre el sentido de la riqueza, o lo qué no sabe de tu sentido de la lujuria?

¡¿Qué?!!

- Tu asunto con Leonor Hirsch...

Para el general llegó el momento tan temido. El que había tratado de evitar, tomando las precauciones grandes del secreto total. De los encuentros y fugas entre gallos y medianoche. En las citas laberínticas a las que acudía como un colegial, con las rosas cortadas de su propio jardín y las poesías de Bécquer asomándole en los labios, a falta de mayor audacia y envergadura romántica.

Él sabía poco de lances amorosos, besos robados y furtivas caricias. Esas cosas las había leído alguna vez y se quedaron allí, amarilleando papel en un rincón de su gran biblioteca. Dios sabe que hoy era un viejo soldado ingresado en la milicia a los once años, y casado pronto con la hija de un general —su novia de toda la vida—, siendo luego un marido fiel y oficial dedicado al estudio, la enseñanza y el Ejército.

En verdad, quería a su mujer con el alma. Pero las emociones del cuerpo no la acompañan siempre. Y menos, a cierta edad. Ahora, su semblante de padre severo se había encendido con la palidez de la vergüenza, y ésta le agitó el corazón, dejándolo sin aliento frente al hijo, que avanzó afilando las palabras contra la evidencia.

-Lo de esa chica no es ningún secreto, lo saben casi todos. Podría ser tu nieta, aunque sea la hija de un funcionario de “Bunge y Born”. Los gerentes del monopolio imperial más antiguo del país te la pasaron por delante para tenerte bien agarrado de las pelotas, y vos al final picaste, pobre viejo...

-Pero...¿cómo te atrevés... a...? —boqueó apenas.

-Alvear le comentó a tu amigo Botana, que sos un “tardío apetente de los placeres de la carne”. No te engañes, en el edificio de “Crítica”, pasa lo que en el país. El capitán del barco es tu cómplice, mientras en la redacción y los talleres, la muchachada de a bordo, enterada al minuto del romance que invadió tu otoño brinda por la mala salud de tus hojas caídas, para llamarlas de alguna manera...

Aguantó el castigo, apretando los dientes como si los quisiera quebrar. Era uno de sus sueños frecuentes de los últimos años. Cuando la fuerza de su mandíbula los desintegraba, despertaba sobresaltado y haciendo esfuerzos para no gritar.

-¡¡No!! ¡¡¡No, carajo!!! ¡¡¡Ese hijo de puta de Alvear, miente!!!

-En cualquier otra cosa, menos en esa. Conociéndote parecerá increíble, pero ése es el patético aspecto de algunas verdades. En el fondo, el problema es tuyo. Tuyo y de mamá.

La referencia lo sobresaltó con más fuerza que antes. Adoraba a Ana Encarnación.

-¡Vos no irás a....!

-A nada. En esto soy de palo, ahora y siempre. Y no es por protegerte, ni siquiera por ella, a la que quiero y compadezco tanto. Mi dignidad me impide usar estas cosas contra alguien. En eso, tampoco salgo a vos...

-¡¿De qué hablás?!

-De tus trucos para comprar voluntades a precios de saldo. De los amaños y trampas para someter o silenciar a los que se pueden rebelar contra tu poder. De como jodiste al viejo Yrigoyen usando las ambiciones de un loco y varios infelices. Del alzamiento militar que después alentaste en el interior del país, a través de tus laderos intrigantes en el Ejército para proscribir a los radicales, y de tu obra maestra, el repugnante pacto Roca-Runciman, del que te ufanás como si fueran a canonizarte.

Convencéte papá, tu “Concordancia”, la joya de tu corona de hojalata, no es más que un vulgar diccionario de usos y abusos del prójimo. Pronto será tu cruz, como ya fue para gusanos como De Tomaso y el general Rodríguez, los imposibles sucesores del próximo fraude...

El maduro ejemplar se recuperó en instantes, y al fruncir la nariz y bambolear el bigote blanco, jironeó el silencio.

-Estás loco y te saltaste la ley. Son dos buenos motivos para tenerte un tiempo a raya, m´hijo.

-Lo que de verdad enloquece a la gente es el poder. Yo carezco de poder, por eso estoy aquí. En cambio, a vos te sobra, aunque nada te alcance desde que el tipo que ahora se ríe de tu chochera te nombró su Ministro de Guerra en el ´23, y al fin pudiste llegar a casa gritando ¡¡Lo conseguí. Al final lo conseguí!!”... ¿Te acordás? Pues bien, para desgracia de los pobres, también conseguiste llegar a esto...

-Yo jamás me salté ni la ley, ni la Constitución. Tus ideas foráneas son las que la niegan.

-Mucho antes de enjaularme, te guardaste bien cerrada bajo llave la Constitución. Ahora es el pobre nombre de una calle y una estación ferroviaria, bajo cuyos rieles se arrojan al paso de sus trenes los que se mueren de asco, de hambre o de miedo en este infierno.

-¿De hambre?¿De qué hambre me estás hablando en la Argentina?¡Tendrías que ir al África, a la China, al Perú o a Brasil, cómo fui yo, para ver a la gente morirse de hambre en serio. Y no del hambre que declaman acá los comunistas y los socialistas!

-Raro que no hayas mencionado la India. ¿Será tal vez porque integra, cómo nosotros, la gloria consular del Imperio Británico?

-¡¿Y a quién carajo querías que le vendiésemos la carne. A los que no tienen con qué pagar, cómo tus amigos, los rusos, o a los qué no nos quieren comprar porque compiten con nosotros y encima nos acogotan cuándo pueden desde el norte?!

-Acabás de enjaularme, por decir esto mismo con voz bien alta ante su representante...

-A veces hay que mantener la boca cerrada. ¡Qué joder, la diplomacia se inventó para eso! Yo no puedo hundir a mi país en nombre de la verdad, cuando sus intereses están por encima de ella. Para mí el progreso vale más que todo. Eso es, Mitre uniendo la República y Roca modernizándola.,

-¿Ah sí . Y a vos, qué papel te tocó en la historia patria?...

-Sin duda el peor. Uno que el cagón de Alvear se cuidó bien de asumir, cuando lo que cuenta es apretarse el cinturón y negociar con el diablo para salir del infierno.

-Hablás en nombre de los tuyos y el nirvana. ¿Qué hay de los que seguirán viviendo en el infierno?

-No se puede repartir, sin antes acumular.

-Sobre todo acumular. Vuestra vieja manía, la gran obsesión que impone el instinto: el precioso verbo que empieza con el “Yo acumulo”, “Tú acumulas”, “Él acumula”; sigue con el “Nosotros...”, el “Vosotros...”; y se para en seco ahí, se detiene para siempre, porque “ellos”, los más alejados del perverso uso del verbo y del festín que montaron ustedes, no acumularán nunca. Sólo existen para trabajar y dar beneficios toda la vida. Éste es el estado de cosas que te gusta gobernar...

-La locura te llevó a una insensata fantasía, en la que la ética imaginaria está condenada a perecer frente a la realidad.


-Las credenciales de la cordura y la ética las dan ustedes cuándo les conviene. Cuándo no, meten bala, cómo tus pistoleros probaron con De la Torre, asesinando a Bordabehere en tu honorable Congreso de la Nación. ¡Ésa es la realidad!

-¡¡¡No te permito, mocoso. La acusación es una infamia. Una calumnia de malos argentinos!!!

El gesto y la voz, le han estallado de nuevo con ira.

-No calumnio a nadie, papá. Defiendo ideas. Principios. Porqué, de verdad, sin eso no somos nada. Yo, desde muy pequeño odio la injusticia y no soporto las desigualdades. Nací privilegiado y en realidad lo soy, pero sólo en la medida que las combato. Vos en cambio, las asumís desde el comienzo de tu vida como una fatalidad existencial, cuando el único drama del hombre, es aceptar que unos vivan de otros con todo lo que eso significa. Por eso, tené presente de una vez por todas, que yo, hasta que me muera voy a ser enemigo de ese sistema, aunque se te ocurra mandarme de por vida a Usuhaia o algún pistolero de tus amigos me pegue un tiro...

El general se sobresalta, quizá por que ahora sí recuerde la sangre de Bordabehere, y la imposible indiferencia ante un crimen que algún descontrolado “guardia blanco” pueda perpetrar contra su hijo izquierdista. Tras el instante de angustia, su voz llega sin ecos de guerra...

-Tengo presente que cumpliste treinta y tres años, Liborio. Tu padre quiere que vivas cien. Pero para eso, hay que cambiar. Y yo quiero que cambies.

El hijo suspira hondo y baja la cabeza. También él ha enterrado su hacha de guerra...

-No puedo ni quiero... y vos tampoco, “viejo”. Los Justo somos tercos con nuestros amores. Los tuyos te llevaron a ser jefe del Ejército y del Estado. Me contentaré con que los míos duren toda mi vida, porque son nobles y llenan de dicha mi corazón. Los dos bien sabemos, que ni vos cambiarás por nada del mundo tu amor por la realidad, ni yo mi amor por la justicia. Para bien o para mal, somos así...

El preso se sentó de nuevo en el catre y se contemplaron en silencio. El general, pensó entonces que su hijo era un obstinadísimo vástago, libre o encarcelado, pero corajudo y honesto hasta en la terquedad del error. Una señal de familia que venía de lejos. Y que sin querer recordó, viéndose de pronto a sí mismo, con seis o siete añitos, visitando al padre en la cárcel, de la mano de su madre.

Al doctor Justo también lo habían encerrado, en 1890 y por revolucionario, al apoyar entonces el alzamiento provincial del gobernador Carlos Tejedor, acérrimo defensor de la autonomía de Buenos Aires ante el poder central.

Ahora, un retazo del pasado proscrito por la memoria se le plantaba en el recuerdo, como si aquel otro preso volviera a mirarlo muy serio y grave, por entre los barrotes que custodiaba el cabo de guardia.

Sí. Sin duda aquel padre, con principios acertados o no, tenía la dignidad del nieto, dentro y fuera de los barrotes de una prisión. Él, tan pequeño, le entregó aquel día una hojita de papel carta donde le había escrito unas líneas que todavía guardaba entre otras hojas olvidadas, de alguno de sus 40.000 libros. En este instante podía, sin embargo, recordarlas perfectamente. La memoria es un archivo que a golpe de circunstancias desentierra cualquier muerto...

“MI AMIGO, MUY ENOJADO ESTOY CON LOS QUE TE HAN PUESTO PRESO. CUANDO YO SEA GENERAL LES HE DE DAR A ESOS PÍCAROS...”.

El relámpago del orgullo brilló entonces en los ojos del doctor Justo, tan parecido al nieto en el arrebato, como distante de aquella frialdad de alma del hijo, hoy padre y en el poder.

-Cuándo yo sea general...

La memoria le agrandó la frase, y ésta le bailó una larga ronda infantil en la evocación. En ella, él, con ropitas de general confeccionadas para unos carnavales, hacía la venia al amadísimo general Mitre, entre los aplausos de la parentela.

Ahí mismo, empañó de nuevo los anteojos en la mirada última al hijo rebelde, y pensó que su propio sueño infantil se había cumplido. Pero no en el sentido que debió. El general más poderoso de la nación, hoy había encarcelado al nieto revolucionario de otro, al que escribió una promesa sepultada para siempre entre el polvo y los ácaros.

Una vez más, en la historia de los hombres que llegaron a la cumbre las ambiciones no terminaban como empezaron.

-La nuestra es herencia de familia, muchacho. Tu abuelo no quería que yo fuese militar. Estuvimos tres años sin hablarnos, hasta que aceptó mi rebeldía. Espero que yo..., quiero decir que vos...¡Bueno, qué carajo, mejor no digo ni espero nada!...

-Es mejor así, “viejo”. Siendo como soy, igual se cumple tu deseo...

En el ánimo del general se encendió por un instante la esperanza.

-¿El que te olvidés del comunismo ?

-No. El de vivir cien años...

La respuesta del hijo, le llevó a suspirar hondo y resignar el gesto. Por unos instantes, los dos gallos de pelea se miraron mansamente entre los barrotes. Y allí, en los ojos sinceros del joven, el viejo entrevió reflejado el encierro de un ser cada vez más alejado de los suyos.

¿Fue sensación o era realidad? Poco importa, cuando ni una ni otra mitigan la soledad del poder y la cárcel del espíritu que lo habita...

Empero, en aquel callejón sin salida la función debía continuar. Amparándola de nuevo en altivo gesto, el general giró sobre sus talones y avanzó, dejando atrás el pabellón de celdas en la seccional de policía. Adentro quedaba el hijo. Afuera, el sol de la última primavera amanecía en Buenos Aires.

A medida que ganaba la calle y avanzaba hacia el coche oficial seguido de su séquito, el Presidente de la Nación se esforzó en parecer firme y sereno. Con voz segura, había dado instrucciones para una liberación posterior del preso. Así lo oyeron todos los presentes, y así quedó para la historia de aquella jornada.

Sólo él, supo entonces con qué clase de recursos pudo ir domeñando la enorme desesperación que se le encaramaba en la garganta, camino a labios encharcados por lágrimas invasoras, cerrados con obstinación, cómo para que ellas no pudieran fundirse con la carga del sofocado eincesante clamor, que acompañaba los fuertes latidos de su corazón.

-¡Hijo mío! ¡¡Hijo mío!! ¡¡¡Hijo mío!!!...



PD: Don Liborio Justo Bernal, eterno rebelde durante toda su vida, falleció en agosto del 2003 con 101 años, superando en un calendario los mejores deseos de su padre.