Lo bello es noble, digno y eterno si viaja al corazón del hombre

jueves, 6 de diciembre de 2007

LOS PERROS

Creo que son criaturas de Dios. Lo dice un agnóstico que en medio de su larga ruta los eleva a la altura religiosa.

No es para menos ni por comparación. Son el paradigma del amor; y si los estimulas, creativos y profundamente artísticos.

Yo comparto la vecindad de dos hembritas maravillosas. Khata y Nora.

Son the maravilles of my life.

No creo, como dicen muchos, que se ame a los perros más que a los hombres a medida que se conoce a los últimos. Eso lo sentenciaba Perón, reduciendo el ejemplo a una mera cuestión de lealtad a su liderazgo. Quizá por eso mismo confesaba tratar a sus mascotas "como a perros".

Yo en cambio les hablo. Ellas retribuyen mis requiebros, acompañados de caricias, con lambetazos e invitaciones al juego o la siesta, compartida con mimos.

Saben que las amo aunque no distingan mis palabras. Captan mi mirada y el tono de voz. Me leen los ojos. En realidad son muy, pero qué muy listas. Y cariñosas.

Les sigo hablando a toda hora, aunque sé que jamás emplearán mi lenguaje. Hasta creo, es de lo más probable, que yo, de seguir en mis trece, termine mis días ladrando.

El amor por la humanidad y estas criaturas, es interdependiente.

Quién ama sinceramente a sus congéneres -no a todos, sí a los que uno admira o respeta- está más cercano a fraternizar con los animales domésticos.

El gato es el colmo de la sensualidad. Los canes, el de la devoción y una fidelidad sin límites.

Ante el talante de un perro se advierten, eso sí, las artes -buenas o malas- de su dueño.

Dicen que perro que ladra no muerde.

Si el dueño muerde, muerden ellos, aunque ladren.

Leo en los periódicos que los asesinos de Capbreton resolvieron ejecutar a nuestros guardias civiles al descubrir que Raúl (Centeno) y Fernando (Trapero) integraban el cuerpo en misión especial.

Eran tres hienas hambientas de sangre. Y al ver que los nuestros eran muy nuestros, uno de ellos gritó: "¡Son txakurras"! , abriendo fuego concertado a sus espaldas.

Los etarras llaman perros en eusquera a nuestros policías y guardias civiles.

Imagino que tratarán a los suyos en forma equivalente. O quizá no. Depende.

Hitler, por ejemplo, tenía una perra que constituía la luz de sus ojos. "Blondi" era en su consideración, superior en rango sentimental a la mismísima Eva Braun. Nada extraño si recordamos que asesinó a su sobrina Geli Reubal, en un previo ataque de celos sepultado en el forzoso silencio alemán de Weimar.

Puesto a suicidarse, el canalla exterminó a"Blondi". La ovejuna Eva compartió el final del Fhürer por sumisa voluntad. La perra alsaciana no. Fue asesinada vilmente, como los muchachos nuestros llevados a ese plano, en nombre de una patria cualquiera que justifique el instinto asesino, hijo de la frustración existencial.

Sartre esbozó la teoría del ser y la nada. Ellos, la del ser y la muerte.

Los cazadores, esa especie abominable del vulgar asesino serial, no hacen distingos. Matan a sus presas y en la mayoría de los casos destinan una muerte cruel a los galgos que flaquean en la persecución.

Los etarras, asesinos seriales declarados de la especie humana, han fusionado a las presas con los galgos en su imaginario.

El desprecio por la vida no exime a las especies. Tal el credo indigenista del boliviano Evo Morales.

Por ahora degüella cahorros. Pero es una advertencia del homínido sobre los homos erectus que le combatan las leyes y el primitivismo autoritario.

Este rudimentario gañán es otro que odia a los perros. Le importan un carajo; cómo a los etarras.

Él y ellos permanecen ciegos ante los delicados matices de la vida.

Digo yo, elevando a un primer plano la vieja Ley del Talión: cuenta combatirlos, y de ser posible, borrarlos de la faz de la tierra.

Para que nosotros, los valientes que preservan nuestra seguridad y los perros, vivamos en paz.




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