Lo bello es noble, digno y eterno si viaja al corazón del hombre

sábado, 18 de octubre de 2008

CALLE CORRIENTES. 1936



Cierro los apuntes de este sábado lluvioso en Barcelona, colgando una imagen reservada en mi equipo.


La foto, verdadera obra de lienzo altamente artístico, pertenece al maestro Horacio Coppola en su insuperable catálogo de la ciudad de Buenos Aires, realizado en el lejano calendario de 1936.

En fechas cercanas, el ya centenario don Horacio - profesionalmente tallado en el Berlin de Weimar y en el París de los iniciales ´30-, visitó en Madrid la exposición de su obra, patrocinada por La Sala de Exposiciones de la Fundación Telefónica, y reiterada después en el Centro de Cultura Contemporanea de Barcelona.

Hoy, de su Calle Corrientes nocturna, de atmósfera urbana tan bien captada en la distante perspectiva que ofrece el emblemático Obelisco tramo arriba, con el reluciente automóvil de la época avanzando y un cercano tranvía sobre sus rieles mordiéndole los talones, nada queda, salvando el tránsito multitudinario de vehículos entre semáforos, la gente que va y viene, los cafés y las librerías; por fortuna abiertas a casi toda hora.

Lo que no siendo poco, avergüenza el esplendor de un pasado que lejos estaba de presagiar este presente, simbolizado por aceras quebradas que escupen fango a tu paso, junto a fachadas sucias, desprolijamente empapeladas y ruinosas.

En aceras donde antes transitabas con amigos, te lustraban los zapatos o comprabas el periódico, mendigan los indigentes, y los niños de hambre mal entretenida que, librados a su suerte y tu caridad ofrecen la consabida estampita de la Virgen por una moneda.

Sobre la Avenida del que fuera centro rugiente en una moderna capital de estilo europeo, aún permanecen -a Dios gracias- las multisalas del prestigioso Teatro Municipal General San Martín, el otrora colosal Cine Ópera, y algunas otras salas entregadas a una que otra peli, y la comedia más o menos bufa.

No faltan, eso sí, las pizzerías que hicieron famosa la especie italiana, mejorándola absolutamente, ni las luces de neón o los restaurantes que sirven el churrasco como manda la mejor parrilla del mundo si median los billetes.

La antigua magia de la Avenida, con sus arrebatadoras leyendas de tango, amores malevos, copas y tertulias que se apagaban con el sol dejando ceniceros repletos de puchos apagados en los bares de cualquier esquina, se desvaneció estragada por un paulatino retroceso económico y cultural.

El grande y querido Coppola vivió esta espeluznante transformación de calles y ochavas con gente adentro, sin retratarla. Quizá, digo yo, por que no era lo suyo.

A los que transitamos la Calle Corrientes en mejores tiempos -por ejemplo, doce años después de la foto y por espacio de unos treinta y tres abriles- siempre nos quedará el referente a mano de esta imagen, fundida a las nuestras.

Eso sí, éstas menos relucientes, aunque siempre entrañables en la memoria de los que, arrastrando el fardo de los años acostumbramos desandar senderos.



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