Lo bello es noble, digno y eterno si viaja al corazón del hombre

viernes, 7 de diciembre de 2007

EL SABOR Y EL REZAGO

Cuando en el previo post hablé del sabor, refiriéndome al diferencial catalán, no lo hice con ánimo de ofensa.

Todas, absolutamente todas las regiones y nacionalidades nuestras, tienen peculiaridades a destacar. En todas partes hay gente buena, regular o mala. Pero las señas de identidad en unas y otras son singulares.

Quizá uno de nuestros defectos nacionales sea la marcada prudencia ante lo que no se conoce. La reacción primera puede parecer menos cálida que la de un gallego, un sevillano o un canario. Sin lugar a dudas ellos son más espontáneos, y hasta puede que más coloridos.

Sin embargo, a la larga los catalanes somos gente fiable, y muy dinámica en los tratos.

Esto de ir por faena nos caracteriza. Pencamos, y además de ello tenemos palabra.

En mi otra profesión (que es la de comerciante, desde hace más de veinte años), no he precisado firma de mis clientes para el cobro.

La cuota de morosidad es bajísima.

Quizá en negocios más grandes o en los bancos sea diferente. Aunque lo dudo un poquitín.

También es falso que discriminemos a los castellanos. Otra cosa es el derecho a impartir y fomentar el uso del catalán. Nos cabe hacerlo como derecho inalienable.

Lo mismo sucede hoy en el País Vasco, Galicia o el Vall D´Arán (que pertenece al mapa de Lleida).

Contrariamente a lo que se menta interesadamente, en el terreno de la amistad no hay sectarismo alguno con la lengua que se emplee. En lo que a mi concierne, contesto en castellano a quien me dirija la palabra expresándola en el idioma de Cervantes.

Es más, lo escribo exclusivamente. La razón no es otra que la de mi crianza en otros lares.

Además, aclaro que siendo escritor tardío (empecé mi primer libro con cincuenta y cuatro años), no me queda otra. Por otra parte, respeto demasiado el idioma como para lanzarme a perpetrar textos poco pulidos, habiéndo traductores con arte y maña que pueden reemplazar esta carencia estructural.

En casa conservábamos la lengua, enriqueciéndola en los centros catalanes de la zona. Pero a falta de textos del país, ausentes de las revistas de actualidad que nos llegaban desde España, no registré su aprendizaje gramatical.

Mi problema es el de Rosa Regás, y el de tantos escritores nuestros, ya mayores. Nos expresamos con cierta riqueza idiomática, que no alcanza para urdir buenos textos.

Igualmente he intentado conservar las tradiciones que observé en mi hogar y en los centros aludidos; por otra parte muy abiertos al folclore y costumbre de otras regiones.

En ellos aprendí a bailar la sardana, la muñeira y la jota aragonesa. Los miembros de estos clubes eran exiliados o inmigrantes (bastante antifranquistas) que expresaban sus tradiciones y las intercambiaban sin complejo alguno.

El sabor catalán en ellos era bastante hegemónico; aunque nada excluyente. En los locales gallegos (más equipados y concurridos que los nuestros por su alta cota de inmigración) ocurría otro tanto, y es natural.

El amor por la tierra y sus regiones había emigrado con nosotros. Quizá por ello nunca adopté la nacionalidad de otro país, residiendo en el mismo muchos años.

De manera que mediante la diferencia en el sabor a la que aludí, y que siento como propia desde que tuve consciencia, lejos estoy de menoscabar la de gentes con las que me crié y cuyas tradiciones conozco bastante.

Creo en la Nación Española. No en la del Imperio o su imposible sucedáneo. También creo en el país nuestro.

Que lo sienta especialmente, no quita el otro amor que a muchos nos comprende.

En ocasiones, éste no es correspondido. La culpa no la tienen los madrileños, los vascos, los asturianos, andaluces, vallisoletanos o gallegos. La responsabilidad de exigir lo que corresponde a cada uno, lo determina cada uno.

No Madrid, ni Bruselas.

Echarle las culpas a los gobiernos nacionales del PP o el PSOE no hace más que absolver injustamente nuestro desinterés en la cosa pública.

El déficit cultural refleja, en dicho apartado, nuestra propia dejación. La crítica es óptima si cuenta con su propio fondo autocrítico. De no ser así, pasa lo que hoy.

Hasta ahora hemos dependido de la catástrofe de Cercanías y los malos informes sobre educación para caernos del guindo.

Uno de nuestros males es ser conservadores. La mejor forma de hacer país es acelerando su modernización.

Llegar a un acuerdo con Madrid será posible, si los equilibrios nacionales y/o regionales se establecen en forma equitativa. Hace tiempo que nuestro rezago lo desmiente. Y debemos afirmarlo recuperando posiciones. Las necesitamos y nos las merecemos. Nuestro aporte fiscal las justifica con amplitud.

Será de justicia. Pero el derecho hay que ejercerlo, y para eso no cabe aguardar sentados la hora del voto, ni la dependencia de los actores políticos, locales o no.

La democracia y sus frutos no se realizan sin una participación activa desde la base de la sociedad.

Es lo bueno que tiene la democracia. Nunca se realiza del todo. Siempre hay nuevos desafíos y problemas que resolver.

Si errar es humano, reconocerlo es un pleno ejercicio democrático.

Pero la observación pasiva del error nunca nos llevará más allá del antiguo estado de las cosas. Golpearse el pecho y soltar tacos ante rezagos e injusticias puede aliviar la tensión, sin mover una silla.


Progresar en serio es lo mejor. Mejora los sabores. Y no siempre es enemigo de lo posible.



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