
Expulsado incialmente de su gobierno por el mariscal, no tardó en ser repuesto bajo claras amenazas.
Las tragaderas del jefe de la Revolución Nacional eran anchas. Con o sin Laval Francia era tierra conquistada por la soldadesca nazi y estrechamente vigilada, palmo a palmo por los agentes de la Gestapo, con el auxilio de los discípulos de Charles Maurrás.
Una vez liberado el país, Pétain y Laval dieron con sus huesos en prisión. Mientras el segundo fue ahorcado, al mariscal se le perdonó la vida, muriendo en el confortable encierro de una isla militarizada, en 1951.
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