Lo bello es noble, digno y eterno si viaja al corazón del hombre

viernes, 14 de marzo de 2008

IRA Y TEMPLANZA

Creo que la democracia es el mejor de los sistemas. Sostener que es el menos malo comporta rebajar su grandeza.

La democracia no es única. Las hay avanzadas, que son pocas, y las menos. España es una potencia planetaria, que en la materia se sitúa a medio camino. Emparejar el desarrollo económico con la democracia avanzada requiere mayor rodaje y cultura ciudadana. En treinta años avanzamos bastante; aunque todavía estemos a distancia al haber edificado una sociedad que apenas se implica en política, más allá del voto.

Nosotros intentamos progresar en este mundo desigual, hacia una que nos brinde la posibilidad de mejorar materia y espíritu, haciéndonos más solidarios con nuestros pobres y los del mundo.

Esa visión, ese enfoque, constituye el desafío a alcanzar. Del mismo depende que el nacionalismo español y el de sus naciones se equilibre y fusione en beneficio de la comunidad.

Ayer noche visioné a Josep Antoni Durán i Lleida en dos entrevistas. La de Antonio San José (en CNN+) y con Mónica Tarribas (en TV3). Su discurso atinado es el de siempre. Al mismo, agregó ante el primero que la encrucijada y superación de su cáncer le lleva a valorar mucho más los afectos.

Con Tarribas, el factor emocional se centró en su nacionalismo. Pidió respeto para Catalunya. Ahora bien; ¿hasta qué punto nos respetamos a nosotros mismos? En el fondo es la ausencia o mediatización del valor lo que bloquea el respeto por los demás.
Resulta cómodo echar la culpa a los otros de nuestra pereza. En la base de esta sociedad la autocrítica es un fenómeno desconocido. En cambio, acreditamos la falsa percepción de ser los mejores. Ello conduce a que, por ejemplo, si alguien (con frecuencia un inmigrante) nos habla en castellano, respondamos en catalán.
La arrogancia contradice las elementales normas del seny famoso. Me apena insistir de continuo ante mis compatriotas que ésta es una tierra de todos, y que nos corresponde en cualquier caso ser anfitriones cordiales y civilizados.

Cuando el señor Carod Rovira llama a la rebelión -supuestamente democrática- contra una España que nos mea, está insultado el buen gusto y la inteligencia. Ofende a quienes no sentimos como él, agraviando a nuestros hermanos de cualquier comunidad, y faltando a la convivencia.

Un par de mañanas atrás, el negado Jiménez Losantos definió "la autocrítica" como un patrimonio fiscalizador, propio del estalinismo.
Ademas de ser falsa y especialmente grotesca tal atribución, desnuda los extremos de su propia terquedad nacionalista, superior en densidad patológica a la de cualquier miembro del PP o ERC.

Sin duda alguna ambos polos de la ira abren fuego contra la templanza. Conscientes de perder gas, a menudo ensayan o promueven nuevos disfraces y marionetas.
Hace poco, Rosa Díez sostuvo muy suelta de cuerpo que nuestras naciones (se refería a catalanes y vascos) eran una fantasía. Representa cabalmente a una española del País Vasco que niega cualquier otro sentimiento nacional. Su vecindad con la extrema derecha en estos asuntos la sitúa en su grupo de pertenencia; a pesar de declararse izquierdista.

Sin formular con acierto las reales causas del rezago catalán, exige Durán en nombre de casi todos, la publicación gubernamental de las balanzas fiscales, el traspaso del Aeropuerto del Prat (considerando además que el 50% de las compañías extranjeras están radicadas entre nos, y sus ejecutivos y los nuestros viajan de continuo al exterior, en forzoso puente aéreo hasta Madrid), la sanción sin cortapisas del Estatut y la modernización en las hoy colapsadas comunicaciones inter territoriales.

El caso es que, aunque más valga tarde qué nunca, reaccionamos con gran pereza y retardo ante las carencias (entre las que incluyo, cómo no, la educación).

Si nuestro respeto se queda en la superficie del orgullo nacional, mal vamos. La realidad de los últimos veinte años es lo suficientemente expresiva al respecto.

Ahí están los límites del discurso ensayado tan machaconamente por nuestros respetables patriotas.

El caso de Esquerra mueve a menor respeto. Éso mismo decantan los recientes votos. La razón es fácil de entender, aunque sus ofuscados dirigentes, militantes, y quienes votan el programa independentista descarten asumirla. La generalizada ira estructural lo impide. No quieren pertenecer a España, y este rechazo dibuja los dudosos valores del rencor y el encono permanente.

No conozco personalmente a ningún capitoste de ERC; sí a muchos de sus simpatizantes, y en todos observo una característica común: la ira a flor de piel.

Ni siquiera hace falta que hablen de política. Su forma de encarar cualquier aspecto de la vida cotidiana delata una perpetua insatisfacción.
En los acérrimos nacionalistas españoles se observan rasgos semejantes: cerrazón, insistente querulancia, maneras autoritarias y desajustes neuróticos (o sicóticos) que acentúan cualquier obstáculo real o imaginario que se les presente.

Debe ser muy desagradable vivir en un país que no te gusta. A ellos les apeteceria poder residir en otro, refundando Catalunya a gusto y paladar. De momento no abandonan el barco. Se quedan, para bregar por lo que consideran justo; a pesar de que la inmensa mayoría de los catalanes acepten formar parte de España, como nación (es mi caso) o provincia (el de muchos otros) sin tenerles muy en cuenta.

Esta democracia les permite actuar en consecuencia, ajustándose teóricamente a leyes que en ocasiones respetan a regañadientes.

A diferencia de ellos, Duran i Lleida es uno de los políticos nacionalistas que con mayor equilibrio interpreta el vínculo entre Catalunya y el resto de España. Por ello respeta escrupulosamente la ley.

Sin embargo, ahora clama por el respeto ajeno, cuando a nosotros cabe el respetar otras comunidades menos desarrolladas, económicamente hablando.
Sería injusto olvidar la enorme contribución de los inmigrantes internos y ahora externos a nuestro desarrollo. El bilingüismo es un derecho y tradición que debe promoverse según lo establece la Ley Fundamental.

En ocasiones dicha ley no se cumple. Siempre es difícil que, existiendo dos lenguas en un territorio el fiel de la balanza sea equilibrado. Si en nuestros años de plomo el celo dictatorial se ensañaba con una de nuestras lenguas, sin llegar a tales extremos y en ciertas áreas (sobre todo la educativa) se observa el arrinconamiento de la otra.

Hasta ahora, las reivindicaciones lingüísticas -consideradas por Oriol Pujol "pilares del país"- han beneficiado nuestro idioma de entre casa. A no dudar que había un rezago en su práctica cotidiana por efecto del franquismo, y éste fue cubierto por la Inmersión. Pero los auténticos pilares de un país son una sociedad democrática, tolerante y abierta, no otra blindada a la diversidad.
Ahora, cabe elevar la enseñanza del castellano hasta un plano que permita el renovado despliegue lingüístico; eliminando cualquier vestigio de menosprecio por nuestro otro idioma, de gran valor histórico y vigencia internacional.

El PSC e IC comparten el discurso de Durán y parte del de Pujol (hijo), aunque no lo manifiesten por motivos políticos y espacios propios de poder en el Ajuntament y la Generalitat.

El "catalanismo" que alzan en su común discurso deviene excluyente, al valorizar la forma y no el fondo de las relaciones ciudadanas. Sin llegar al extremo de ERC, insisten en confrontarse con los españolistas acérrimos y los no tanto, promoviendo aquéllo que nos divide, y no lo que debe unirnos por mandato histórico y vigencia democrática.

Una cosa es reclamar al gobierno central competencias que, de correspondernos mejorarán nuestra pequeña nación. Otra negar a la nación de naciones o cuestionarla, pretextando ser blanco de ofensas que nos destinan la ultraderecha y sectores del Partido Popular.

Ya va siendo hora que, además de respetarnos mutuamente seamos fraternos. El extraordinario avance de España en las tres últimas décadas, superior al de toda su historia, debe centrarse en mejorar nuestra calidad democrática, favorecida por la creciente integración europea.

La fórmula radica en la templanza. Y ver más allá del morro, desterrando la ira, y su excrecencia: los ismos
Frecuente excusa para descargar sobre otros las frustraciones propias y el temor al mañana.









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