Lo bello es noble, digno y eterno si viaja al corazón del hombre

lunes, 8 de septiembre de 2008

LAS TARAS DEL SÁBADO A LA NOCHE

Brillaron con fulgor propio en La Noria del pasado sábado.

La más manifiesta fue la de Violeta Santander, compañera sentimental del salvaje que hace más de un mes dejó en coma al profesor Jesús Neira, su defensor ante la clara agresión (filmada por la cámara de un hotel) del drogadicto Antonio Puerta.

El caso es que ella -alquilada por los productores del programa a un coste de 70.000 €uros- defiende con ojos obsesivos y boca desencajada al doble agresor, remitiéndose a lamentar en último término que Neira, esté entre la vida y la muerte, con tres costillas rotas y lesiones cerebrales de pronóstico reservado.

Para la Santander, con antecedentes de un anterior matrimonio con otro maltratador (policía de oficio), el episodio dejó tres víctimas, a saber: Puerta, drogata violento con foja de servicios comprobable; ella, paciente novia del susodicho; y Neira, a quien nadie le pidió que increpase al novio, recién salido de una desintoxicación. A esa versión agregó el que su caída, no provocada por el novio, sino por el vértigo clínico que padece, fue lo que confundió al profesor Neira.
Sin embargo, varios testigos del incidente señalan que en primer término su acompañante la derribó mientras la insultaba.

La dama permuta estos insultos por los que el profesor dirigió al sujeto; verdadera espoleta que activó la granada de los puñetazos y patadas que le propinó el innoble bruto.

O sea que, según se desprende del zafio argumento, quizá el valeroso Neira, enemigo jurado del maltrato a cualquier ser humano, no recibió otra cosa que su merecido (facilitado, eso sí por la reitereda ceguera profesional de los servicios hospitalarios de guardia)...

Al panel entrevistador y opinante del espacio circense lo conformaban tres periodistas. Pero no fue María Antonia Iglesias -pura pólvora- quien se salió de madre, sino Pilar Rahola. Su gestual indignación, potenciada aún más por el desgarro vocal y los argumentos dramáticos, no dejaron flanco sin hostigar a la Santander.

Que si "venía a lucirse con sus modelitos"; que "si cobraba por sentarse en La Noria"; etc, etc.
Es curioso cómo se enciende Rahola -en desfavorecedora versión rubiales- ante las taras de algunos, licenciando las de otros.

Me refiero a los sádicos que en el Ejército israelí masacran por doquier a los palestinos sin respetar a mujeres, niños y ancianos.

Aclaro que defiendo el derecho a existir del Estado Judío ante cualquier agresión; aunque también el respetable derecho de los palestinos a edificar su propio Estado.
Rahola lo sabe, pues durante un par de meses ya lejanos intervine bajo invitación en su Blog. Duró poco, por esto y otras cosas que se le parecen bastante.

Sus cargas contra Chávez y Castro coinciden con las de Jiménez Losantos, George Bush, José María Aznar y otros neocons de libreto a la carta.

Salvando la defensa de Catalunya y el programa social (o lo que queda del mismo en el proyecto socialista), la identidad de intereses entre ella y los aliados "liberales", y su enemistad con los tradicionales enemigos de los EEUU están a la vista.

Ante los referidos genocidios, los viejos y los nuevos, o las verdaderas causas de hambre, miseria e injusticia que promueven la eclosión del populismo prebendario y castrador, Pilar se indigna mucho menos, desvelando otra tara.

No es precisamente su caso un Síndrome de Estocolmo matizado por elementos propios, como el de la perturbadísima compañera sentimental de un drogadicto peligroso, quién, fascinada por la violencia delega su explosión en hombres que ama y odia a la vez.

Pero quizá la proverbial y destemplada gestualidad de esta ex política y antigua periodista, y algunos argumentos inadecuados que desgranó el sábado sxu línea de ataque (por ejemplo que la Salazar estaba guapa de la muerte, en vez de plantear que su amor por el victimario desvelaba en sí mismo un patético amor por la muerte), tengan origen en cierto sentimiento de culpa, y otros complejos no asumidos, aunque para mí evidentes.

Las taras son las sombras freudianas, los mitos desbocados hechos culpa y tormento que nos persiguen con prisa y sin pausa, desgranados a fondo por Carl Jung en sus mejores trabajos sobre el subconsciente.

La Noria se alimenta de ellas. El espectáculo suele exaltar este tipo de fórmulas. El diabólico y (falsamente) mesurado González (¡ah, bribón!), es uno de los que las sirve mejor. A más de ciertos entrevistados, algunos de sus panelistas, ya lo dije, acreditan las taras en llaga viva.

En ocasiones, el programa despliega espectáculos menos deplorables que el presenciado el sábado; con una pobre enferma cabalgando en la sinrazón y el grotesco, torpemente acosada por una periodista no muy cuerda.

Una cosa es el debate, otra el reñidero, pródigo en la exposición de taras y tarados. O de gente en crisis que no remediarán un cambio de look y la escenificación de una opereta.

Entre los pecados de Jordi González y su equipo de producción se cuenta el privarnos de la maravillosa dicción catalana y la riqueza lingüística de la atractiva y potente Gloria Serra en la radio. Ante el micrófono, es la que mejor regala nuestros sentidos.

Aquí, además de vestirla terriblemente mal, la remiten a una ayudantía menor; indigna de una gran comunicadora.

Debido a tan malas artes, nos falta en las mañanas, sobrándonos los sábados noche en una función que minimiza su talento.
Seguramente Gloria gana un pastón, y creo que personalmente lo merece por el esfuerzo que venía acreditando en los espacios de Com Radio y otros que recordamos, sin que le retribuyesen como ahora.

Somos nosotros los que sin duda alguna merecemos debates y ponentes más dignos en cualquier espacio televisivo.
La nuestra, es una retribución pendiente de pago.




























sábado, 6 de septiembre de 2008

PACK CECIL BLOUNT DeMILLE 1: THE SQUAW MAN (EL FUGITIVO/ 1914




DeMille rodó éste, su primer filme, a finales de 1913. Fue un exitazo que le consolidó ante sus socios y el público.
El Fugitivo es la historia de un noble británico del cuerpo de Lanceros que asume el robo de otro aristócrata -marido de la mujer que ama- e intentando proteger su reputación se fuga al Oeste americano. Allí se transforma en propietario de un Rancho y termina conviviendo con una india, que le hace padre de un pequeño mestizo.
Las cosas se complican cuando ella ultima a un cuatrero bravucón que amenazaba al protagonista, y el alguacil del condado quiere encerrarla. El ranchero inglés, paradigma de virtud y absolutamente americanizado, será salvado de nuevo por su fiel compañera, a punto de perecer en un pozo nevado que emite gases venenosos. De forma tal que su gratitud para con ella es absoluta.
En el ínterin el verdadero ladrón ha viajado junto a su mujer al Oeste, topándose con el fugitivo, tras lo cual, el primero tiene a bien de despeñarse mortalmente, confesándose autor del robo mediante una nota guardada en su chaqueta. La segunda muerte importante radica en el suicidio de la india (pecado mortal que la industria vetará más tarde). Impulsada por la vocación de servicio de una raza derrotada en Wounded Knee, quiso dejarle libre para que realice su paternidad del pequeño junto a la viuda inglesa.
La imagen última del relato enfoca al protagonista abrazando el cadáver.
"Ha muerto una madre"- dirá.
En el reparto de la cinta destaca su primitivo astro de entonces, Dustin Farnum; algo entrado en carnes y de calvicie mal disimulada. Le escoltan Monroe Salisbury (el ladrón), la menuda y nada glamorosa Winifred Kingston (su mujer y objeto de deseo de Dustin) y la chaparreta Red Wing (una genuina intérprete de piel rojiza, contrariamente a lo que Hollywood hará después maquillando a actrices blancas y estilizadas en el desempeño).
Si bien la copia es nítida, hay ciertos cortes e incoherencias en su metraje. Se extrañan intertítulos que aclaren parlamentos gestuales (a todas luces insuficientes) y sobra el olor a naftalina. Pero sin duda se trata de un documento importante en la historia del cine y sumándole el factor al propio mérito del filme se visiona con arqueológico interés.
Como detalle revelador de la minuciosidad con que DeMille encaraba sus productos, volvió a rodar dos nuevas versiones de El fugitivo.

La primera, con más experiencia, refinamiento y medios a su disposición, cuatro años después empleando al más atractivo Elliott Dexter, secundado por Jack Holt, Anne Little y Khaterine MacDonald en los roles principales. En la segunda y ya sonorizada versión de 1931, introduciendo a Warner Baxter, Paul Cavanagh, la mexicana Lupe Vélez (como glamurosa india de turno) y la bella Eleanor Boardman.



viernes, 5 de septiembre de 2008

LAS RAZONES DE LA SINRAZÓN

Me refiero a las que esgrime el señor Feinmann y reproduce en imágen You Tube; puro insulto.

Considera que los bloggers somos unos pelotudos por descalificarle.

¡Qué vanidad! ¡Cuánta sinrazón!

Nosotros somos la letra que silencian los poderes, apetentes de relamidas plumas de alquiler, gemelas de la suya.

Si a cada chancho le llega su San Martín, a este peronista progre -hijo de la soberbia montonera, tinta en sangre propia y ajena- le aterrizaron suavemente los Kirchner; usureros desde su fortuna, acumulada a base de ejecutar deudores hipotecarios morosos en los años ´70 y ´80; multimillonarios luego de la etapa santacruceña; omipresentes hoy en el gas, la banca, el petróleo (pronto quizá en las Aerolíneas), y para desgracia de los argentinos, apoltronados con iguales dosis de soberbia en la Casa Rosada.
El insaciable matrimonio y sus adláteres acopian bienes y dólares por doquier, con o sin retenciones a la soja.

Son usureros y apiladores de fortuna encaramados en el poder, a quienes sirve desde su levedad de izquierdas este abotagado profesional del sorbeteo.

La cumbre literaria de Feinmann abrevó en la crítica al gobierno de Carlos Saúl Menem; abiertamente corrompido. Con el zorreril Néstor Kirchner, vulgar encantador de serpientes que encandiló a muchas madres de Plaza de Mayo y a algunos contestatarios con su afán de justicia anti procesista, llegó su hora gloriosa.

Allí despuntó para Feinmann la encendida eclosión oficialista, basada en simplezas de corte antiimperialista, que abrevan (ya lo dije) en Jorge Abelardo Ramos y [también] en el pícaro y divertido Arturo Jauretche, sin recoger ninguna de sus virtudes literarias y conceptuales; productos de una época que no se repetirá.

El inconfeso discípulo se quedó en la superficie de las cosas, recibiendo su libra de carne, mientras los Kirchner y sus socios abultaban el monedero a costa del erario público y las comisiones de Chavez y cía, u otros delincuentes.

La turbia historia del peronismo es en sus estamentos de mando una sucesión de corruptelas mafiosas, sobrevividas por vía sindical a la defenestración de su líder en 1955, y tortuosamente prolongadas a lo largo de la historia reciente por la desvertebración social argentina y su penosa resultante política, desarrollada antes, durante y después de la última dictadura militar.

La carta de izquierdas, evanescente cortina de humo que desdibuja el saqueo, la prolonga hoy la mujer del mandamás -a cargo del Poder Ejecutivo- bajo aliento del susodicho.

Decir que el lobo nos acecha mientras ellos se meriendan las ovejas, es la forma de cuidar el negocio...

No hay mejor procedimiento para enmascarar el robo y la corrupción que los ideales, cuando son enunciados sin respaldo alguno en la praxis. A la clase media de izquierdas más o menos bien alimentada le sirve el discurso. Feinmann convalida el multimillonario botín por mera calderilla, como cabe a los sirvientes manumisos.

Caso único en la Historia Argentina, en medio de robos y corruptelas Juan Perón llegó a ser calamitosamente práctico equilibrando los factores de producción. Sus herederos -desde Isabel a Cristina- lo fueron y son mucho menos. Se han centrado en sus cuentas bancarias, debidamente resguardadas en paraísos fiscales.

El estalinismo resultó pródigo en las artes de representar un imago de justicia social, negándolo en la realidad. El populismo -esa mezcla de fascismo con rabiosos acentos bolcheviques- reitera el método, y Feinmann, en la ribera de los sesenta años y harto de matar pulgas entre los renglones, aprovecha el momento tarifando su pluma.

Por eso no precisa de un Blog.

Se lo ofrecen a otro nivel y consideración, gustosos a tanto la palabra, Página 12 o Clarín, hojas que el kirchnerismo observa congratulado, mientras ciertos editores brindan oficiosos, imprenta a sus textos, carentes de cualquier autocrítica o análisis serio.

El paradigma del vaciamiento conceptual se corporiza en él. Viene a ser una de las tapaderas caligráficas del timo económico, arropado por los votos mayoritarios de una sociedad desestructurada.

Decir que el peronismo es una obstinación argentina comporta -aparte de insultar la inteligencia- el obsequiar la virtud del coraje a una comprobada patología mediante la soterrada exaltación del despotismo nacional y popular.

El correspondiente intento de Feinmann pretendiendo humanizarlo en su realización práctica acrisola visible desfachatez.

Su peronismo es una fábula que la realidad contradice. Los funcionarios de izquierda que secundan al matrimonio corporativo de esta etapa son tributarios del método. Y, ¿qué otra cosa es el señor Feinmann, sino un tributario oficialista?

El supuesto de que los blogueros escribamos mal es otra de sus consabidas falacias. Habrá de todo, como en el periodismo y la vida. En lo que a mi respecta, podría enseñarle a escribir al felón. Lo que jamás procuraría, es estimularle el ser honesto y humilde.
Los perros se parecen a sus amos hasta en el ladrido...

De ahí que a un trabajo mío jamás pudiera ilustrarlo alguien tan ambiguo, iletrado e inconsistente como el repelente Rep; sobrado de veleidades parisinas al pedo.

Además, debiera observar el caballero que, para mal o bien de la literatura, los escritores vocacionales de cualquier blog -no festoneados por Miguel Repiso ni patrocinados por Página 12- somos en cualquier caso más libres.

Algo de lo que este canalla y farsante -un auténtico sirviente del poder ebrio de fama, al borde de un ataque de nervios- jamás podrá enorgullecerse.


jueves, 4 de septiembre de 2008

LA COMPAÑÍA LASKY, EMBRIÓN DE PARAMOUNT PICTURES, EN 1914


Jesse Lasky elegantemente aposentado en el centro; DeMille, con las manos en los bolsillos de su clásico breeche y las infaltables botas de su primera madurez, a la derecha. Los demás son actores y técnicos. Aplicando el zoom se apreciarán detalles. La página y media corresponden al imprescindible, voluminoso y esencialmente gráfico The Pictorial History of the Silent Screen, la joya de Daniel Blum.
Incluyo esta panorámica para situar a mis visitantes en la empresa que DeMille y sus socios de entonces edificaron para gloria de Hollywood, el Star System, los buenos negocios, y en algunas ocasiones el arte cinematográfico...

PACK 1: CECIL B. DeMILLE: JOAN THE WOMAN (JUANA DE ARCO/1917)





Notable esfuerzo de este descendiente de holandeses por hacer de Juana de Arco un producto artístico, a la vez que comercial.

Los éxitos obtenidos con Geraldine Farrar en Carmen y luego María Rosa (basada en un libro del catalán Ángel Guimerá, donde la Farrar pasaba por una pagesa) le animaron a realizar este excelente espectáculo, bien remasterizado para nuestra revisión. El estilo interpretativo y singularmente operístico de esta prima dona -histriónico en Carmen, bastante más mesurado aquí-, rinde sus frutos. Pese a que el cinema silente no le permiten lucir una calidad vocal venerada por los críticos y el público, la diva transmite con desusado vigor la fuerza de una personalidad que, ya hemos dicho, no se apoya en la belleza ni en un físico apetecible (su aspecto de matrona -prematuro para su edad biológica- debía alcanzar poco más de metro y medio).

El producto supera estos naturales obstáculos gracias a una indiscutible calidad narrativa. Por desgracia, así como su Carmen resultó oscurecida por la parodia de Chaplin, este otro buen hacer colisionará en la historia del cine silencioso con Carl Theodor Dreyer y su Pasión de Juana de Arco (1928); una gran obra maestra, menos comercial que artística.

Asimismo, la doliente y conmovedora performance de María Falconetti -la Juana de Dreyer- desbordó ampliamente los más convencionales recursos de Geraldine Farrar; digna de cantar junto a Enrico Caruso, menos efectiva como actriz de cine.

Mediando nueve años entre uno y otro filme, el drama humano remitió al olvido un brillante estereotipo.

Dreyer desarrolló su relato en las antípodas de lo que nuestro admirado De Mille, absorbido por su ímpetu de pionero y ejecutivo de una gran factoría (la naciente Paramount de Lasky, Zukor, Goldfish y él mismo) plasmó el suyo.

A la primera Doncella de Orleans de Hollywood (la segunda sería Ingrid Bergman), la escoltan Wallace Reid interpretando a un invasor inglés prendado de su encanto sobrenatural, y Raymond Hatton (Rey de Francia algo acobardado a quien por un instante influye la heroica guerrera, visionaria y santa); intérprete que reseñaremos en otro De Mille, inserto en este excelente pack.

En el fotograma superior que encabeza el post, la Farrar arde en su martirio final. En el inferior yace maltrecha tras una fiera y masiva batalla de espadas y lanzas; evento en el que DeMille, curtido en el desplazamiento de grandes masas de figurantes, sentaría reales a comienzos del periodo sonoro.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

PACK 1 CECIL B. DeMILLE: CARMEN/1915




De Mille adapta la famosa obra de Prósper Merimée empleando a la soprano y actriz Geraldine Farrar, de 33 años (Carmen), emparejándola con el galán Wallace Reid (Don José). De gran personalidad y brioso temperamento aunque de corta estatura y escasa belleza a causa de una cara demasiado ancha y una boca poco agradecida, la Farrar sobreactúa con enorme desenfado, mientras el modesto Reid luce su apostura de varón americano disfrazado de español, embutido en uniforme cuartelero.
Cabe señalar que, al sentarle tan bien el atrezo, a juicio de las espectadoras, el bello ejemplar se convirtió en un ídolo de la pantalla, hasta el penoso instante que la morfina pudo más que la fama y la fortuna, ocho años después.
El relato en sí, está mejor construido de lo que se podía esperar. No obstante, Chaplin se dio el lujo de parodiar el filme con una "Carmen" propia, empleando su ironía de costumbre.
Es la que se conoce y disfruta en todo el mundo, ensombreciendo el mérito de ésta.
La versión original es visionable y hasta cierto punto entretenida. Su proyección en los cines de la época cosechó aplausos, permitiendo que De Mille insistiese con Farrar en cinco nuevos temas. El que reseñaré en próximo post es "Joan The Woman" (Juana de Arco).

lunes, 1 de septiembre de 2008

PACK DeMILLE 1: THE CHEAT (LA ESTAFA/1915)



Traducida también como La marca del fuego en su estreno español, esta cinta de DeMille transpira sexo, un conato de prostitución a cambio de 10.000 dólares (de 1915) y la venganza del apetente príncipe birmano- encarnado con diabólica precisión y sex appeal por Sessue Hayakawa- al rechazar la dama (Fannie Ward) el cumplimiento del virtual contrato.
Entre medio aparece un marido en dificultades financieras, absorbido por las inversiones bursátiles (un insípido Jack Dean), y la cuota de racismo al retratar las bárbaras costumbres de un despótico y vengativo oriental.

El trato entre la dama de sociedad y el príncipe procuraba reparar la poca fortuna de ella perdiendo 10.000 dólares que no le pertenecían en una mala inversión. La ruptura del mismo, a un golpe de fortuna del marido en Bolsa.
Ward, que además de pactar sexo por pasta había coqueteado de lo lindo con el exótico varón, consigue que Dean le extienda un talón por los diez mil, que secretamente y de inmediato ofrece devolver al otro. Hayakawa se niega y ella, a punto de ser forzada se defiende baleando al agresor; no sin que antes éste le marque a fuego la espalda con su sello real, siempre a punto en su afán de acreditar la private property de jarrones y otras minucias.

La violenta escena antecede a la que treinta y ocho años después rueda Fritz Lang, haciendo que el despechado ganster Lee Marvin vuelque sobre el rostro de su amante Gloria Grahame una jarra de café hirviendo en Los sobornados.
La maestría de De Mille remata la escena mediante un primer plano del enfurecido Hayakawa desgarrando el vestido de Ward al tiempo que echa mano del sello al rojo vivo. De inmediato lo descarga sobre su espalda descubierta y visualizamos la humareda. El procedimiento nos permite imaginar el feroz marcaje.
Lang y Alfred Hitchcock han resuelto escenas violentas -paradigmáticas en el cine negro americano de los años ´40- empleando esta capacidad de sugerir, integrando al espectador en la acción.

Luego el filme abandona su erotismo original y algo de gas en beneficio del moralismo algo perverso que esgrime DeMille en todas sus películas de sociedad.

Herido en un hombro, el oriental monta un pleito al marido de la mujer (que asume haber usado el revólver para protegerla) y estalla el escándalo. Ella le visita ofreciendo echar un polvo (lo digo así para no alargar la cuestión) con tal de que retire los cargos.

Pero el otro rechaza la oferta.
"No me estafará dos veces"- dirá impertérrito, y en el fondo feliz por que encausen al consorte.
De momento el deshonor afecta al matrimonio. Él por cornudo y presunto asesino; ella por infiel.

Pero este no es un filme realista de Erich von Stroheim, ni acredita el aliento poético del maestro Griffith. El señor DeMille es ante todo un agudo comerciante, y como tal coje al vuelo lo que del cinematógrafo piden el público americano y la clase media europea. De forma tal que las convenciones resuelven en el último de los cinco rollos de entonces, el sentido de la fábula.

Por consiguiente, Ward revela la verdad y ante el jurado en gesto dramático desnuda su espalda. La cicatriz del sello imperial la señala marcada (como una vulgar res) por un miserable agresor de género. Disparó el arma para resguardar su virtud de esposa fiel. Entonces los conmovidos asistentes al juicio cambian de humor, abalanzándose indignados sobre el salvaje príncipe; al fin de cuentas un oriental de ésos, cuyo mayor mérito para los norteamericanos consistió en dejarse la piel y los huesos por unos pocos dólares en la construcción de las vías férreas que unieron el Este civilizado con el Oeste salvaje.

En la escala de trabajos forzados, los chinos eran víctimas propiciatorias, en cambio los japoneses disfrutaban de algún privilegio.En su mejor momento, Charles Chaplin pagaba 2.000 dólares mensuales a Kono, su chófer japonés. El ayudante karateka de El Avispón Verde, popular en la radio de los años ´30, también lo era. La excepción a regañadientes la cumplimentó el latoso detective Charlie Chan; aunque era un chino de Hawai; Estado americano del South Pacific.

En el apartado de villanos orientales que bosqueja el píncipe birmano de Hayakawa, cuentan el sombrío FuManchú y el Emperador Ming, su eco del singular planeta Mongo.

Como villanos se alzan con la representación, mordiendo el polvo en su final. En el Hollywood que fundaron DeMille y sus amigos judíos, los orientales (junto a los negros y los latinos) conocieron durante cincuenta años este destino, sólo fulgurante para lo peor.

Tras la extinción del drama reseñado (me refiero al específico de DeMille), la paz volverá al confortable hogar anglosajón del jugador de bolsa y su [casquivana] mujer. El American way of life ha vuelto a consumarse; al menos hasta el the end...

PD
Se aprecian en la cinta la vigencia de símbolos de género aún rudimentarios. La belleza de la actriz teatral Fannie Ward es algo bovina y se aleja bastante de lo que Gloria Swanson representará poco después como arquetipo de hembra irresistible y elegante, en las cintas de De Mille y otros directores (a la Swanson, el príncipe de Hayakawa no le hubiese despreciado el segundo envite).
Jack Dean representa un retroceso en comparación con la apostura y el buen hacer de Elliott Dexter proyectando al galán americano. En cuanto a Sessue Hayakawa, viene a ser un anticipo oriental del engominado italiano Rodolfo Valentino, luego en la cima del galanato hollywoodense. Durante algunos años, la vida privada de Sessue semejó la de un príncipe oriental de verdad. En 1920 ganaba 7.500 dólares semanales. Dicen que durante una vacación europea y en una sola noche de casino, el jueguista y mujeriego se dejó en el tapete verde 900.000 dólares. Durante unos años y ya curtido como característico, probó suerte sin demasiada fortuna en el cine francés.

A fuerza de fama pulverizada y ahorros menguantes, en su madurez el farrista sentó cabeza, criando tres hijos sanos y fuertes. Entregado al Zen y a algunas brillantes actuaciones como la del coronel Saito en El puente sobre el Río Kwai, partió con 83 años y rodeado de hijos y nietos en 1973.


En el fotograma superior, Fannie Ward y Sessue Hayakawa bajan de un lujoso rodado de la época. En el inferior, Sessue hornea el sello en su cálido fogoncillo.